Datos biográficos
Hay lugares que no se quedan fuera de una vida: entran por el oído, por el cuerpo y por la memoria. Juan José Cobo Garmendia nació en 1953 frente a la ría de Solía, en el número 25, encima del bar Nené, en un Astillero donde las sirenas de Talleres, los barcos, los cines y los comercios marcaban el ritmo cotidiano. Nació en casa, atendido por una comadrona; su hermana Asunción, once meses menor, ya nació en Valdecilla, como señal de un tiempo que empezaba a cambiar. Hijo de María Garmendia León y de Juan José Cobo Ruiz, creció en un pueblo donde la infancia convivía de cerca con el trabajo, el río y la calle.
Primero estudió en las Hijas de la Caridad, después en la Academia Puente y finalmente en el Colegio Hispano de Maliaño. No fue, según dice, buen estudiante; pero la escuela, que tantas veces se le resistía, también le dejó una puerta abierta: la voz. Llegó a dar el do de pecho y fue solista del coro de la Academia Puente, dirigido por José María Perales. Con dieciséis años empezó a remar en el Club de Remo de El Astillero y también lo hizo dos temporadas en el Club de Remo Santoña. Remó a babor y a estribor, y defendió la trainera de Astillero como se defienden algunas cosas en los pueblos: no solo por deporte, sino por pertenencia. Tras la mili dejó el remo y se acercó al golf y a las lecciones con Severiano Ballesteros.
En 1970 entró en el Banco Santander en El Astillero tras hacer un examen. Empezó desde abajo: ordenanza, cartas, cartera, comisiones, cobros, cambios de moneda, letras, caja, clientes. En paralelo, trabajó por las tardes en las obras de su padre: cemento, azulejos, cooperativas de viviendas y billetes de cien pesetas ganados al final de la semana. Su padre trabajaba allí como jefe de riesgos y subdirector, pero Juanjo fue aprendiendo el oficio en una banca anterior a las pantallas, cuando un ingreso se escribía a máquina y los cobradores salían con la cartera por Escobedo, Puente Arce, Liaño, Villanueva o Sarón. Llegó a ser apoderado y gerente de pymes, abrió oficinas como la de Boo de Guarnizo y conoció la primera huelga de banca privada y la llegada de la tecnología. Sus últimos años en el sector pasaron por la Agrupación Mútua y por Nationale-Nederlanden, ya en Santander.
Como quien no sabe quedarse quieto, Juanjo abrió también varios negocios de hostelería en el pueblo: el Bruma, donde llegó a tocar Bloque; La Estafeta, que convirtió en lugar de blancos por la mañana y buena música por la tarde; y, finalmente, el Trasgos, ya sin socios. Casado con Rosa María del Barrio desde 1978, tuvo dos hijos. Tras la banca y la hostelería regentó durante quince años un quiosco frente a la Segunda Playa del Sardinero: prensa, lotería, cambios de moneda, pequeños recados, helados, sombrillas, veraneantes del tren playero, temporales y clientes habituales, muchos ya amigos. Hoy dice que se encuentra tranquilo, aunque ya no está tan bien como antes. Los años —resume— pasan deprisa: vuelves de la mili, te casas, llegan los hijos y la vida corre. En la suya quedan la ría, la música, el remo, el banco, los bares y una manera muy suya de estar con la gente.
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Equipo de realización
Entrevistadora: Zhenya Popova
Operador de Cámara y montaje: Txatxe Saceda







