Biografía

Historia de vida de Pedro Luis Lobeto Santoveña

Pedro Luis Lobeto Santoveña nació el 5 de septiembre de 1942 en Otero, en el municipio de Herrerías, cerca del límite occidental de Cantabria con Asturias. Su memoria sitúa el comienzo en una precariedad concreta: una vivienda humilde que compara con «un portal de Belén» y una abuela, Andrea, que acudió desde Camijanes para asistir a su hija en el parto. «Nací en precario», dice. No es solo una descripción de la casa. Cuando Pedro llegó al mundo, su familia llevaba años aprendiendo a vivir entre desplazamientos, trabajos inciertos y consecuencias políticas que no habían terminado con el último parte de guerra de 1939.

Su padre, Alfredo Lobeto Areces, nacido en 1907 en el entorno de Infiesto, era carpintero, de formación en gran parte autodidacta, militante del Partido Comunista y, según lo que Pedro le oyó contar, había ejercido como comisario político durante la guerra. Su madre, Julia Santoveña Peláez, nacida en 1915 y procedente de Posada de Llanes, apenas pudo acudir a la escuela: el cuidado de otros miembros de la familia y el trabajo ocuparon pronto ese lugar. Antes de Pedro habían nacido Luisa, Pepe y Lenin. Lenin murió siendo todavía niño, después de una neumonía cuya falta de atención quedó en la memoria familiar como una pérdida evitable. Durante la guerra, Julia quedó al frente de los hijos y acogió además a su sobrina Aurina. Esta última conservaría durante décadas el recuerdo del exilio en Francia.

Al terminar la guerra, Alfredo pasó por campos de concentración y trabajos forzosos vinculados a obras públicas. Regresó alrededor de 1941. La familia se estableció primero en Otero y después en Puente Nansa, donde él encontró empleo como carpintero y encargado de encofrados en las obras hidroeléctricas de los Saltos del Nansa. Aquellos grandes trabajos transformaban el valle mientras España atravesaba una posguerra de escasez, control político y mano de obra sometida a fuertes desigualdades. En 1945 Alfredo fue detenido. Pedro tenía unos tres años. Él vincula aquella detención a la militancia de su padre y a sus contactos en un territorio donde continuaban existiendo redes de apoyo a la resistencia antifranquista. El relato familiar conserva los interrogatorios en el cuartel de Puente Nansa, los malos tratos, una grave lesión pulmonar, y el ingreso en Valdecilla, donde estuvo en riesgo de morir. Después regresó a la Prisión Provincial de Santander.

La ausencia paterna se prolongó aproximadamente once años: siete en prisión preventiva, a la espera de juicio, y cuatro más en El Dueso antes de recuperar la libertad en 1956. Había sido condenado a pena de muerte, luego a diecisiete años, pena que se fue reduciendo mediante los mecanismos de redención por el trabajo. Pedro aprendió que una cárcel podía extenderse mucho más allá de sus muros. «Tortura no solamente al preso, sino a la familia», explica. Las visitas exigían dinero, viajes y horas que apenas tenían. En Santander, las conversaciones se producían a voces entre dos rejas, separadas por un pasillo recorrido por un funcionario. Había jornadas especiales de visita, pero llegar desde el Nansa seguía siendo difícil. Pedro recuerda algo más íntimo: su padre fabricaba objetos de madera para los hijos y, desde prisión, seguía ejerciendo como padre y maestro. En las cartas corregía faltas, planteaba problemas y vigilaba la caligrafía.

Una de las escenas que mejor explica la infancia de los hijos de la represión ocurrió cuando Pedro tenía unos siete años. Julia le escondió un documento entre el pie y el calcetín y le ordenó entregárselo a Alfredo únicamente cuando estuviera solo. Ya dentro de la celda, el padre le preguntó delante de otros presos qué llevaba. Pedro miró a los hombres y contestó: «¿Y estos?». Las carcajadas deshicieron por un instante la tensión. Él no sabía qué contenía el papel; sí había aprendido que había cosas que no podían mostrarse. La clandestinidad llegó así a su vida antes de que tuviera edad para comprenderla.

La familia fue mudándose de Otero a Puente Nansa, Cades, Cabrojo, Ganzo, Camijanes y Viérnoles. Pedro habla de aquella infancia casi como de un nomadismo. Los traslados seguían las posibilidades de trabajo, alojamiento y ayuda. También arrastraban la marca de la familia políticamente señalada. «Nosotros éramos los apestados». No todos los vecinos actuaron igual: hubo personas que ayudaron y hogares que sostuvieron a los Lobeto cuando más lo necesitaban. En Ganzo llegaron a convivir cuatro familias en una misma casa; cuando aquella situación se volvió imposible, los miembros del hogar se repartieron. Pedro se fue con su abuela Andrea a Camijanes.

Allí la economía doméstica descansaba en lo que podía producirse o intercambiarse: una vaca, una novilla, alguna tierra, trabajos pagados a veces en especie. Andrea no sabía leer ni escribir, pero manejaba las cuentas. Pedro, con diez u once años, recorría por la mañana unos tres kilómetros repartiendo diez o doce panes y acudía a la escuela por la tarde. Ayudaba además con el ganado y las labores del campo. Ese régimen de vida hacía que la educación dependiera tanto de la voluntad familiar como de la existencia de una escuela cercana. Doña Adela lo había incorporado a clase en Cades antes de la edad reglamentaria; desde Cabrojo caminó hasta Puente Nansa, a veces con alpargatas de esparto que la lluvia deshacía; y en Camijanes recuerda a Mari Carmen Martínez, una maestra que organizó una función teatral para reunir dinero con el que comprar libros de uso común.

La insistencia en estudiar venía también de casa. Julia, que apenas había tenido escuela, no quería que los hijos la perdieran; Alfredo ejercía la tutela desde prisión. Pepe, siete años mayor que Pedro, asumió mientras tanto responsabilidades de adulto y se convirtió, en palabras de su hermano, en «un padre prematuro». Fue pastor, trabajó en los Saltos del Nansa y entró como aprendiz en carpintería. De él quedó una enseñanza que Pedro coloca en el centro de su manera de vivir: «No hay que rendirse, que hay que luchar y luchar y que no te dan nada si no peleas». Antes de convertirse en una convicción política fue una ética familiar de supervivencia.

En 1955 los Lobeto pudieron reagruparse en Viérnoles, en una comarca del Besaya que estaba creciendo al ritmo de fábricas, minas, talleres y construcción. Julia encontró trabajo en la fábrica textil de Las Caldas de Besaya y Pedro entró allí antes de cumplir los catorce años. Trabajó con sacos y arpilleras, algunos destinados a Solvay, y pasó por tareas repetitivas y frías mientras esperaba una oportunidad para aprender un oficio mecánico que no llegaba. Lo que quería era aprender, avanzar y cobrar por un trabajo reconocido.

De Las Caldas pasó a Bodegas Ventureira. Le habían hablado de acompañar al camión de reparto y aprender a conducir, pero recibió una bicicleta con remolque para transportar garrafones por Torrelavega. Cuando entendió que las horas y el salario no se correspondían con lo acordado, se marchó. Entró después en la construcción como pinche. Aprendió albañilería practicando junto a oficiales y terminó realizando tareas que no se correspondían con la categoría por la que cobraba. Catorce jóvenes hablaron de reclamarla; tres llegaron a pedir la cuenta y dos se fueron. Pedro encontró trabajo en la obra de la Clínica Alba, donde una prueba práctica le permitió obtener la categoría profesional y mejorar de manera decisiva el salario. Mucho antes de ocupar un cargo sindical, ya había aprendido que la diferencia entre ser peón u oficial se traducía en dinero, autonomía y dignidad.

A los diecinueve años comenzó el bachillerato nocturno en el Instituto Marqués de Santillana. Estudiaba después de trabajar, en una trayectoria educativa hecha de interrupciones. El servicio militar fue una de ellas. Lo define como «un paréntesis» que suspendía empleo e ingresos. Pasó por el Regimiento de Infantería Flandes n.º 30 en Vitoria, ejerció como instructor de nuevos reclutas y terminó destinado a La Remonta, donde el trabajo cotidiano consistía en cuidar grandes caballos sementales. Se licenció en octubre de 1965. Para entonces llevaba varios años con Sara Herrera, a quien había conocido en una romería de San Felices de Buelna cuando él tenía diecinueve años y ella diecisiete. Se casaron el 17 de diciembre de 1966. Su hija Begoña nació en 1967 y luego Pedro, en 1970. Mientras formaban la familia fueron también levantando su casa en Viérnoles.

El 20 de diciembre de 1965 Pedro había entrado en La General, la industria del neumático que en Puente San Miguel había iniciado ese año una nueva etapa fabril y que después pasaría a ser Firestone y Bridgestone. Empezó en trabajos físicos de producción y pronto se presentó a una promoción interna para tres plazas de laboratorio. Fueron catorce aspirantes; consiguió una de ellas. Allí controlaba las mezclas de caucho y sus parámetros físico-químicos. La promoción le permitió unir experiencia obrera y formación técnica. Retomó los estudios, completó el bachillerato y acabó titulándose como ingeniero técnico de Minas. Permanecería treinta y nueve años en la empresa.

La fábrica fue también uno de los grandes espacios de politización de la España industrial. En el caso de Pedro, esa conciencia venía de casa, pero se convirtió en militancia propia durante los años sesenta. Se vinculó al PCE y al movimiento de Comisiones Obreras. La actividad clandestina se sostenía con reuniones pequeñas, propaganda, ejemplares de Mundo Obrero, nombres de guerra y reglas de seguridad. Parte de la estrategia consistía en utilizar los resquicios del sindicato vertical para ocupar puestos de enlace y jurado de empresa desde los que defender intereses obreros. En ese territorio coincidieron comunistas, sindicalistas y sectores de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC). La represión franquista convirtió reuniones, asociación y propaganda en materia policial y judicial.

El 1 de mayo de 1968 Pedro participó en Santander en una de aquellas acciones fugaces: gritos de «Libertad» y «Amnistía», dispersión inmediata y vigilancia. En noviembre llegaron las detenciones. El día 20, al salir del instituto nocturno, sabía que podían ir a por él. «Estoy expuesto y dispuesto», respondió a un compañero. Dos policías lo esperaban antes de llegar a casa. En la comisaría de Torrelavega lo esposaron a un radiador cuyas fijaciones había colocado él mismo años atrás como trabajador de la construcción. Después pasó por dependencias policiales y la Prisión Provincial de Santander, dentro de una operación que alcanzó a militantes comunistas, trabajadores y personas vinculadas a espacios obreros cristianos.

Su causa llegó al Tribunal de Orden Público, el órgano creado por la dictadura para juzgar determinados delitos de naturaleza política. La petición inicial de condena fue mayor, pero tras el proceso y las reducciones quedó en un año y medio. En octubre de 1972 ingresó para cumplirla. Pasó por Burgos y unos días por Carabanchel, donde coincidió con presos relacionados con el Proceso 1001 —abierto contra la cúpula del entonces sindicato clandestino Comisiones Obreras—, y terminó en la cárcel de Jaén. Las medidas de indulto y la redención de pena redujeron el tiempo efectivo y salió en abril de 1973. Pedro relativiza esos meses cuando los compara con las condenas mucho más largas de otros compañeros. Lo que no relativiza son las consecuencias familiares.

Sara se marchó a Bélgica con Begoña y Pedro y trabajó limpiando casas mientras su marido estaba en Jaén. Cuando cuenta este episodio, Pedro se detiene para corregir una forma frecuente de narrar la oposición a la dictadura: demasiadas veces la historia se ocupa de los hombres que fueron detenidos y deja fuera a quienes hicieron posible que las familias siguieran existiendo. Julia había quedado con sus hijos cuando Alfredo entró en prisión; Sara sostuvo después otra ausencia. En su memoria, la política clandestina se apoya también en trabajos mal pagados, crianza, cartas, viajes y cuidados que rara vez produjeron documentos oficiales.

Al recuperar la libertad volvió a la fábrica. La empresa había descontado de su antigüedad el tiempo de prisión y Pedro reclamó después su restitución al amparo de la Ley de Amnistía de 1977. Aun así, las huellas administrativas de la represión tardaron en desaparecer.

La vida sindical entró entonces en una fase abierta. Pedro fue enlace, representante de los trabajadores y dirigente de CCOO. Vivió el cambio empresarial de mediados de los setenta y los 586 despidos que acompañaron aquella reestructuración, observando cómo un conflicto colectivo podía fragmentarse cuando cada trabajador sabía si estaba dentro o fuera de la lista. Con la legalización de Comisiones Obreras, recibió, según su recuerdo, el primer carné de CCOO expedido en Torrelavega. En 1978 afrontó una huelga de dos meses en Firestone. Con el tiempo llegó a presidir el comité de empresa y a ejercer como liberado sindical. Convenios, negociaciones, cambios de propiedad, enfrentamientos entre modelos sindicales y la defensa de instrumentos como los fondos de pensiones formaron parte de una trayectoria en la que nunca separó la condición de trabajador de la responsabilidad colectiva. Incluso jubilado continúa ligado a Comisiones Obreras.

La entrada en la política municipal llegó en 1979 a través de la Candidatura Popular Independiente, una agrupación heterogénea surgida en la primera etapa democrática local. Pedro no obtuvo el acta en el momento inicial, pero en 1980 sustituyó a Florencio Enríquez y se incorporó a aquella corporación. Recuerda especialmente una Comisión Permanente de composición proporcional, un modo de organización que, con el tiempo, ha valorado como especialmente democrático. Recuerda un Ayuntamiento en el que «estaba todo en mantillas», con muchas necesidades de una ciudad y unos barrios que habían crecido con rapidez. Entre las tareas de aquellos años estuvo la escolarización y la búsqueda de suelo para nuevos centros. Para alguien que había repartido pan antes de ir a clase y había retomado el bachillerato de adulto, garantizar plazas escolares tenía una dimensión que iba más allá de la gestión administrativa.

Tras la descomposición de la candidatura independiente, regresó al PCE. Fue concejal entre 1983 y 1987, junto a Emilio de Mier y Jesús Cos. En 1987 ocupó el tercer puesto de la lista y no obtuvo acta. Volvió en 1991 con Izquierda Unida, acompañado por Jesús García Díaz, y permaneció hasta 1999. En total fueron quince años en el Ayuntamiento. Durante sus últimos ocho años asumió Ecología y Medio Ambiente, en un momento en que la gestión ambiental municipal empezaba a adquirir un lugar propio y conceptos como recogida selectiva, contaminación acústica o educación ambiental todavía debían convertirse en hábitos, servicios y normas para la ciudadanía.

Su manera de recordarlo es material. Habla de poner en marcha la recogida de papel y cartón; de redactar, con el trabajo técnico de funcionarios municipales, ordenanzas sobre residuos, ruidos, tenencia de animales y convivencia urbana; de intentar que un problema de ruido pudiera medirse. Habla también de un punto limpio instalado en dependencias municipales detrás de Correos, inspirado en una experiencia que había visto en Suiza. Pedro lo recuerda como el primero de Cantabria.

Otra campaña consistió en repartir árboles entre la población bajo el lema «El árbol es vida». Pero el proyecto del que habla con mayor orgullo es el Aula Itinerante de Educación Ambiental. La idea partió de una inversión sencilla: si los colegios acudían al Ayuntamiento para saber qué hacía la Concejalía de Medio Ambiente, ¿por qué no llevar el Ayuntamiento y sus servicios hacia los colegios? Pedro asistió también a las primeras ediciones del Congreso Nacional de Medio Ambiente de la UNED, nacido en 1992, donde se presentó la experiencia. Lo más significativo es que el Aula sobrevivió a sus impulsores: veinte y veinticinco años después el Ayuntamiento seguía describiéndola como una experiencia pionera y uno de los ejes de su educación ambiental.

En 1993 Pedro figuró como número cuatro de la candidatura de Izquierda Unida de Cantabria al Congreso de los Diputados. No obtuvo escaño. Su forma de hacer política siguió, sin embargo, mucho más cerca del municipio y de los problemas cotidianos. Participó en movilizaciones y trabajos ciudadanos por la sanidad pública y colaboró durante años con la Asociación de Vecinos Virgen de las Nieves y con José Manuel «Manel» Echaves, una de las figuras centrales del asociacionismo de Tanos. Las asociaciones de barrio fueron, en la Torrelavega de la Transición y las décadas posteriores, espacios fundamentales para reclamar alcantarillado, alumbrado, centros educativos y sanitarios, aceras o equipamientos comunitarios. La política dejó también desencantos, divisiones y conflictos internos, pero Pedro no reniega de aquellos años. Su definición del servicio público sigue siendo deliberadamente modesta: aspirar a «ser eficaz, nada más».

El 1 de noviembre de 2004 dejó el trabajo. Pedro vacila incluso al nombrar aquel momento —«me jubilo en el 2004 […] o prejubilo»—, pero recuerda perfectamente lo que vino después. Un mes más tarde nació su primer nieto y el tiempo empezó a organizarse de otra manera. Él y Sara asumieron buena parte de los cuidados y, cuando años después nació otro nieto en Santander, se desplazaban allí a diario mientras sus padres trabajaban. «El nacer los nietos es una experiencia única», dice; «dan unas alegrías enormes». Después de décadas atravesadas por la fábrica, los estudios nocturnos, el sindicato, la política y las reuniones, comenzó a alejarse de aquel ritmo sin hacerlo de golpe: «Te vas apartando poco a poco».

Apartarse no significó desaparecer de la vida pública. En 2007 volvió a encabezar una candidatura al Ayuntamiento de Torrelavega, esta vez por Convocatoria por Cantabria, coalición formada por IU y Bloque Regeneración, y continuó vinculado al sindicalismo y al movimiento vecinal. En 2014 participó como antiguo concejal en unas jornadas municipales sobre la Transición. Para entonces podía mirar atrás desde muchos lugares a la vez: el niño que había repartido pan antes de acudir a la escuela, el obrero que estudió de noche, el militante clandestino, el preso político, el sindicalista y el concejal. Sin presentarse como héroe, resume aquel recorrido de una forma sencilla: «Yo creo que he hecho lo que tenía que hacer»; «mi conciencia está libre». Y conserva otra herramienta que considera imprescindible: «Que no me falte [el] sentido del humor, porque es un arma de futuro».

Los últimos años trajeron también pérdidas y otra conciencia del tiempo. Pedro había atravesado un cáncer, una experiencia que interpreta como «la segunda oportunidad» y de la que extrae una idea sencilla: «Hay que vivir cada momento». En septiembre de 2018 murió Sara Ángeles Herrera Díaz, con quien había compartido más de medio siglo de vida. Pedro no se retiró de la vida colectiva. En 2022 fue una de las voces que impulsaron la entrega de 929 firmas para que el Centro Cívico de Tanos llevara el nombre de José Manuel «Manel» Echaves, reconociendo una trayectoria inseparable de la historia vecinal del barrio.

A los 83 años, Pedro parece medir la vida menos por los cargos que ocupó que por aquello a lo que pudo contribuir. Desde la infancia conoció una educación conquistada con dificultad: una madre empeñada en que sus hijos fueran a la escuela, maestras que buscaban libros donde apenas los había y un padre que, incluso desde prisión, seguía corrigiéndole ejercicios y faltas de ortografía. Quizá por eso, cuando después de tantos años de trabajo, militancia, cárcel, política, familia y aprendizaje se le pregunta qué dejaría a quienes vienen detrás, no elige una consigna política. Vuelve a los libros: «Que lean. Que lean».