Buena parte de la vida de Esteban López Ruiz se ha desarrollado en movimiento. Antes de que pudiera elegir un oficio, ya caminaba detrás de los animales por los campos de Jaén. Después atravesó España en tren, recorrió durante décadas una fábrica de portería para dentro, transportó suministros en un carro por Burgos y pedaleó por las carreteras de Cantabria siempre que el trabajo le dejó un poco de tiempo. “A mí siempre me ha gustado andar y andar”, resume. Y en ese movimiento continuo se reconoce también la experiencia de una generación obligada a desplazarse para sobrevivir.
Esteban nació el 16 de enero de 1933 en Arjona, un municipio de la provincia de Jaén situado a unos treinta kilómetros de la capital. Vino al mundo de noche, en casa, como era habitual entonces. Era hijo de José María López y Dolores Ruiz Salcedo, ambos pertenecientes a un mundo campesino en el que se vivía de lo que ofrecían las temporadas: la aceituna, la siega, los olivos y cualquier tarea que apareciera.
Recuerda Arjona como un pueblo sin agua corriente ni electricidad, donde la oscuridad apenas se vencía con la llama de los candiles de aceite. El agua no llegaba hasta las viviendas: había que caminar hasta los pozos situados fuera del núcleo urbano. Las casas se levantaban con barro y, durante las noches más calurosas, el descanso se trasladaba a la calle. En esas imágenes permanece la vida material de una Andalucía rural marcada por la escasez y sostenida por unos saberes cotidianos transmitidos de generación en generación.
Su padre trabajaba en el campo, aunque Esteban lo recuerda como un hombre con una formación poco común para su entorno. Sabía leer y escribir con soltura, tenía conocimientos de latín y, según contaba, había llegado a un punto en que el maestro apenas tenía ya nada que enseñarle. Su madre trabajaba en la recogida de la aceituna y en otras labores cuando era necesario. Esteban conserva su imagen: una mujer morena, de pelo abundante, recogido en un moño, siempre ocupada y tratando de sostener a la familia.
La Guerra Española estalló cuando Esteban tenía tres años. Arjona quedó situada en una zona cercana al frente y sus primeros recuerdos aparecen unidos a imágenes que entonces no podía comprender: soldados, bombas, tanques pasando cerca de su casa y personas apresurándose para entrar en un refugio excavado bajo tierra. Para aquel niño, los vehículos militares parecían casi juguetes.
La guerra entró directamente en la vida familiar cuando su padre fue detenido y trasladado a Jaén. Estuvo encarcelado durante tres años, aunque Esteban nunca supo con certeza por qué se lo habían llevado. Durante aquel periodo, su madre se desplazaba para visitarlo y trataba de mantener unidos a sus hijos en medio de una situación extremadamente precaria. Esteban vivió entonces largas temporadas en Jaén que alternó con tiempos en casa de su abuela Isabel. Llegó a conocer sus calles con una precisión que, según dice, no ha alcanzado después ni siquiera en Torrelavega. Recuerda la estación, las obras de la plaza de abastos, los bomberos regando con sus mangueras y los recorridos que hacía siendo todavía un niño de cinco o seis años.
Parte de la familia se alojó durante algún tiempo en una cueva compartida con otras cuatro, cinco o seis familias. Dormían y se organizaban “como se podía”. La comida procedía en ocasiones de los comedores de ayuda que funcionaban en la ciudad. Su madre hacía cuanto estaba en su mano mientras su padre permanecía preso. Cuando él salió de la cárcel, apenas habló de lo ocurrido. Como tantas experiencias de la guerra, aquella quedó encerrada en el silencio.
Conoció a sus cuatro abuelos: Isabel y Esteban, por parte de madre; José y Carmen, por parte de padre. Sus nombres pertenecen a ese primer mundo familiar que la memoria conserva incluso cuando los detalles empiezan a borrarse. En aquella familia extensa, como en tantas familias rurales de la época, la vida convivía muy cerca de la pérdida. Su hermana Carmen murió siendo todavía una niña, después de enfermar. Entre 1937 y 1938 él mismo contrajo paludismo; conserva el recuerdo físico de las fiebres, los escalofríos, el sudor y un frío que parecía apoderarse del cuerpo. La enfermedad formaba parte de la infancia y se afrontaba en casa con los recursos disponibles.
La infancia de Esteban estuvo dominada por el trabajo. Desde los seis o siete años comenzó a cuidar animales para distintos “patrones” como su tío o Basilio Román. Llevaba cerdos —los “chones” de los que todavía habla—, cabras y ovejas por los lugares donde podían pastar según la época del año y el estado de los cultivos. En ocasiones iba acompañado por una persona mayor; otras veces permanecía solo.
Su familia no tenía ganado propio ni tierras suficientes. Trabajaban para otros y se trasladaron entre varias casas de la misma zona dependiendo de las circunstancias. No había espacio para imaginar qué quería ser de mayor. El día empezaba con el ganado y, cuando no tenía que salir al campo, podía jugar un rato a las canicas con algún vecino. La soledad, sin embargo, estuvo muy presente desde aquellos primeros años.
Nunca pudo ir a la escuela. Sabía dónde estaba, pero solo podía verla desde fuera. «Allí no te enseñaban nada más que trabajar, trabajar y se acabó», explica. Mientras otros niños asistían a clase, él contribuía a la supervivencia familiar. La falta de escolarización lo acompañaría durante décadas, aunque, asegura que aprendió a desenvolverse con soltura.
La posguerra siguió ofreciendo pocas oportunidades. El campo andaluz estaba, en palabras de Esteban, «muerto». A su padre le hablaron entonces de Torrelavega, una ciudad donde la industria necesitaba mano de obra. En 1949, la familia emprendió el viaje hacia Cantabria. Esteban tenía dieciséis años. Salieron de Arjona, tomaron el tren en Andújar, pasaron por Madrid y continuaron hacia el norte.
La llegada a Torrelavega significó un cambio radical. Frente al campo empobrecido de Jaén, se encontró con una comarca en plena expansión industrial, con fábricas, ganado, mercados y un continuo movimiento de personas. La familia se instaló en el barrio de La Inmobiliaria, donde cuatro familias y parientes compartían vivienda para afrontar el alquiler. El hacinamiento, la solidaridad y las redes familiares formaban parte de las primeras estrategias de asentamiento de quienes llegaban del sur. A pesar de aquellas estrecheces, Esteban sintió que la vida empezaba a ofrecer otras posibilidades. Su padre logró entrar a trabajar en SNIACE, principalmente en tareas de limpieza y en los lugares donde era requerido, mientras Dolores permanecía al cuidado de la casa.
El primer trabajo de Esteban en Cantabria volvió a estar relacionado con los animales. Durante un breve periodo cuidó las vacas de Jandro, un conocido carnicero del Puente de La Barca. Pasaba gran parte del día en el monte y recibía una peseta, además de manutención. También ayudaba con el carro y acompañaba el traslado de animales hacia Requejada.
Poco después surgió la posibilidad de entrar en SNIACE. Al principio existieron dificultades porque pesaba apenas treinta kilos y alguien consideró que no reunía las condiciones necesarias. Su madre intervino para defenderlo y finalmente fue admitido, comenzando así una relación laboral que se prolongaría durante cuarenta y cuatro años.
Entró como pinche y después pasó por la estufa, los talleres, los trabajos junto a mecánicos, los montajes, los depósitos de pasta y la brigada que enviaba operarios a distintas secciones. «De portería para dentro, hice todo lo que me mandaban», afirma.
Durante algunos años vivió en el poblado de SNIACE, donde la empresa proporcionaba viviendas a parte de sus trabajadores. Conserva el recuerdo de una casa cómoda, desde la que podía contemplar el río y las instalaciones industriales. A lo largo de aquellos años residió en distintos puntos de Viérnoles, La Montaña y Torrelavega; una geografía familiar y obrera enteramente ligada a la comarca del Besaya.
Antes de casarse cumplió el servicio militar en Burgos, en la Academia de Ingenieros. Tenía unos veinte o veintiún años y permaneció allí alrededor de dos años. Tras la instrucción fue destinado como carretero. Conducía un carro tirado por dos caballos y recorría Burgos recogiendo pan y otros suministros para el cuartel. Durante la mili hizo también la primera comunión, que no había podido recibir de niño debido a que pasaba casi todo el tiempo trabajando en el campo.
De regreso en Torrelavega, un compañero de la SNIACE le presentó a Ángeles Canal Bueno. Fue su primera compañera y con ella construyó una familia que se prolongó durante décadas. Esteban tenía alrededor de veinticuatro o veinticinco años cuando se casaron.
Tuvieron seis hijos, tres mujeres y tres hombres: Ángeles, Dolores, José, Maite, Esteban y Fernando. La muerte de su madre, en 1971, y, muchos años después, la pérdida de su esposa fueron dos de los golpes familiares que marcaron su vida adulta.
Además de su empleo en SNIACE, trabajó durante algún tiempo en un taller de Cudón dirigido por Enrique Salas, donde se fabricaban remos; con un cepillo y una lija daba forma a las palas de madera. Cuando libraba o después de terminar su turno en la fábrica. Ese trayecto lo hacía en bicicleta.
La bicicleta fue mucho más que un medio de transporte. Representaba el tiempo propio después del trabajo, el movimiento sin órdenes y la posibilidad de recorrer el territorio a su manera. Serafín le construyó una de sus primeras bicicletas por 3.000 pesetas. Nunca sintió interés por competir seriamente: prefería pedalear solo y elegir el camino. Admiraba a Federico Martín Bahamontes y seguía las grandes vueltas. En una ocasión llegó a completar una ruta de unos cuatrocientos kilómetros pasando por Vitoria y Burgos. También se desplazaba con frecuencia hasta Portugalete y otros puntos del norte.
La fábrica fue escenario de algunos de los principales conflictos laborales de la historia reciente de Torrelavega. Esteban recuerda la convivencia de distintos sindicatos —Comisiones Obreras, UGT y el Sindicato Unitario—, las huelgas y un encierro que se prolongó durante más de cuarenta días. Trabajadores y familiares se organizaban para sostener la protesta. En otra movilización caminaron desde Torrelavega hasta Santander, recorriendo unos veinticinco kilómetros para hacer visibles sus reivindicaciones. A los sesenta años, Esteban salió de SNIACE en medio de un proceso de reducción de plantilla. Él insiste en que no se jubiló voluntariamente: «Me echaron». Después de cuarenta y cuatro años, todavía conservaba energía, pero el mercado laboral ya no tenía un lugar para él. Volvió entonces a dedicar muchas horas a la bicicleta, recorriendo carreteras y caminos mientras el cuerpo se lo permitió.
La falta de escuela dejó una herida que tardaría décadas en empezar a cerrarse. Ya adulto, SNIACE organizó clases para los trabajadores que no habían aprendido a leer y escribir. Esteban asistía cuando los turnos se lo permitían. Durante una hora abandonaba su puesto y recibía formación básica. Aprendió, pero la falta de práctica hizo que con el tiempo olvidara buena parte de lo aprendido. Muchos años después retomó ese camino. En la residencia Alborada de Torrelavega, Tamara comenzó a ponerle deberes y ejercicios con una cartilla. Esteban copia palabras, reconoce letras y lee textos, aunque a veces le cuesta retener el significado o distinguir las letras pequeñas. Lo importante no es solo el resultado, sino la perseverancia de un hombre que, después de haber pasado toda la infancia trabajando, volvió a sentarse ante una página con más de noventa años.
Sus seis hijos pudieron asistir a la escuela, algo que para él representó una diferencia fundamental respecto a su propia infancia. La familia ha seguido creciendo: Esteban cuenta con ocho nietos, nueve bisnietos y una bisnieta. Es el último superviviente de su generación familiar y contempla en esa descendencia la continuidad de una historia que comenzó en una casa humilde de Arjona.
Tras el fallecimiento de su esposa, en 2015, continuó viviendo solo durante algún tiempo. Varias caídas en casa hicieron evidente que necesitaba apoyo, por lo que pasó varias temporadas con dos de sus hijas y residió también en un centro de Vega de Pas. Más adelante acudió al centro de día La Alborada, antes de ingresar, en 2025, en la residencia donde vive actualmente. Allí mantiene una rutina propia: escucha la radio desde primera hora, camina por Torrelavega, pasa por La Llama, la Plaza Mayor o Cuatro Caños y visita con frecuencia el Bar Estadio, regentado por uno de sus hijos.
El envejecimiento le ha traído dolores, pérdidas y momentos de desánimo. Un atropello afectó a la buena salud que había conservado durante casi toda su vida y le dejó molestias en la cabeza y en la espalda. Sin embargo, procura seguir andando porque sabe que detenerse significa perder movilidad. La soledad continúa siendo una constante: “Perro solo bien se lame”, dice, mezclando independencia y resignación.
Después de más de setenta años viviendo en Cantabria, Esteban conserva su acento de Jaén. «De allí no tengo nada más que el habla», explica. Cuando le preguntan si algún día lo perderá, responde que no se le quitará mientras conserve la cabeza. En ese acento permanece la huella del niño que cuidaba ganado, del joven que llegó en tren a Torrelavega y del trabajador que recorrió durante cuarenta y cuatro años las instalaciones de SNIACE.
En la entrevista, con noventa y tres años, Esteban mira hacia atrás sin idealizar lo vivido. Habla de calamidades, trabajo y obligaciones, pero también de las carreteras recorridas en bicicleta, de los lugares descubiertos y de la posibilidad de seguir aprendiendo. Su biografía es la historia de una generación que empezó a trabajar antes de aprender a leer, que emigró para buscar un futuro mejor y levantó con su esfuerzo buena parte de la Torrelavega contemporánea. Quizá por eso su vida puede resumirse como un largo recorrido. Desde los campos secos de Arjona hasta las calles húmedas de Torrelavega; desde el niño que conducía animales para otros hasta el hombre que todavía abre una cartilla y trata de descifrar sus palabras. Esteban ha seguido avanzando así, paso a paso, entre el trabajo y la intemperie, buscando siempre una forma propia de continuar el camino.




