José Merino Arroyo nació en Benimaclet, Valencia, el 12 de enero de 1938, en medio de una guerra que no puede recordar directamente, pero cuyas consecuencias determinaron los primeros años de su vida. Valenciano casi por accidente y cántabro de corazón, su raíz familiar estaba en Bustillo del Monte. Fue el tercero de cinco hermanos y llegó al mundo mientras su familia se encontraba desplazada a las afueras de Valencia a causa de los bombardeos. Su hermana Herminia Merino Arroyo recordaba a su madre embarazada de Pepe durante los bombardeos, los perros que aullaban antes de que se escucharan los aviones, las carreras hacia el refugio y el mar iluminado por el incendio de los depósitos de combustible. José nació, por tanto, dentro de una historia familiar marcada desde el comienzo por la guerra, el desplazamiento y la necesidad de recomenzar.
Su padre trabajaba como guardia municipal en Valencia. Terminada la Guerra de España, fue expulsado del cuerpo por «desafecto al régimen». La expresión administrativa escondía una condena que alcanzaba a toda la familia: pérdida del trabajo, inseguridad y ausencia de futuro en la ciudad donde habían vivido. Sin recursos suficientes, regresaron a Valderredible, lugar del que procedían. Bustillo del Monte no fue para José únicamente el pueblo familiar, sino el territorio en el que se formó su primera conciencia del mundo.
El regreso significó empezar casi desde cero. Los abuelos prestaron a la familia unas ovejas y la subsistencia se levantó sobre tierras poco generosas, trigo, patatas, animales, trabajo y una administración minuciosa de cuanto podía aprovecharse. En aquellos años de racionamiento y escasez, la familia recurrió también al pequeño estraperlo. José recuerda la harina que se transportaba escondida bajo los asientos del tren de La Robla, camino de Bilbao, una forma de completar una economía doméstica sostenida con muy poco.
En aquel mundo rural de la posguerra, la infancia no estaba separada de las obligaciones adultas. José acudía a la escuela, pero también atendía el ganado y colaboraba en las labores del campo. Aprender a leer y aprender a sostener la vida sucedían al mismo tiempo.
Fue a la escuela mixta de Bustillo hasta los 14 años de edad. Del aula recuerda un encerado, un mapa de España, un armario con algunos libros y los bancos. Fuera de ella, buena parte del aprendizaje transcurría también en la vida comunitaria: el concejo organizaba trabajos comunes —como el arreglo de los caminos— mientras mozos y mozas representaban comedias y celebraban bailes. De aquellos domingos de música y bailes conserva también una imagen precisa: «La pandereta ha marcado una época». La experiencia de la comunidad, la cooperación entre vecinos y la obligación de valerse con pocos medios formaron parte del aprendizaje de José tanto como las materias escolares.
En aquel pueblo tuvo un primer amor. Sin embargo, a los dieciocho años su fe lo condujo a tomar otra dirección. En 1956 dejó el pueblo e ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Su hermano mayor, Emilio Merino Arroyo, había emprendido antes el camino religioso y misionero en África, y su ejemplo influyó en la decisión. Pero seguir una huella familiar no significaba necesariamente repetirla. José tuvo que construir dentro de la Orden su propia identidad, asumir los votos religiosos, y aprender una manera de vivir en la que no habría matrimonio ni descendencia, pero sí otras formas de vinculación, responsabilidad y pertenencia.
Su trayectoria dentro de la Orden comenzó en Palencia y continuó en Santurce, el hospital psiquiátrico de Santa Águeda, en Mondragón, Madrid y Burgos. Aquellos años lo acercaron a diferentes rostros de la enfermedad y a una asistencia sanitaria todavía muy alejada de la actual. Los hermanos hospitalarios desempeñaban tareas de cuidado, organización, acompañamiento y atención directa. En Santa Águeda conoció, además, la realidad de las personas con enfermedad mental en una época en que el ingreso prolongado y el aislamiento seguían ocupando un lugar central en la psiquiatría.
En 1963 fue enviado a Roma para estudiar Espiritualidad y Misionología. Allí aprendió italiano. Según recuerda, llegó cuando el Concilio Vaticano II estaba terminando, ya durante el pontificado de Pablo VI. Roma fue para José el tránsito entre el muchacho formado en una escuela rural de la posguerra y el sanitario que pronto tendría que trabajar en sociedades y lenguas muy distintas de las que había conocido. Años más tarde completó su formación en Enfermería en la Universidad Complutense de Madrid.
En 1965 llegó a África. Su recorrido se desarrolló principalmente entre Liberia y Ghana, con destinos en Monrovia y Asafo (Ghana). Permaneció allí treinta y seis años, más de la mitad de la vida que había vivido cuando regresó definitivamente a Cantabria. Aprendió inglés, asumió responsabilidades sanitarias y comunitarias, y construyó buena parte de su identidad adulta en aquellos lugares.
En Liberia trabajó en el Hospital Católico de Monrovia, donde aprendió otras maneras de entender la enfermedad y la comunidad. Cuidar exigía colaborar con el personal liberiano y reconocer cuánto tenían que aprender quienes llegaban de fuera. La falta de medios y las dificultades propias del contexto condicionaban también el trabajo sanitario.
El trabajo de José se orientó cada vez más hacia la prevención. En la región ghanesa de Sefwi Asafo, donde la Orden de San Juan de Dios había fundado un hospital en 1956, los equipos recorrían una media de diez poblados cada semana. Comenzaron campañas de vacunación para reducir el tétanos neonatal y, posteriormente, ampliaron la inmunización frente a otras enfermedades. La visita a los poblados permitía además detectar desnutrición, tuberculosis, enfermedades infantiles y situaciones que difícilmente habrían llegado por sí mismas a la consulta hospitalaria. José recuerda aquellos desplazamientos acompañado por una enfermera, un conductor y una traductora.
Aquella experiencia le mostró que atender a quienes conseguían alcanzar el hospital no era suficiente. Era necesario acercar la sanidad a los lugares donde vivía la población. De esa convicción nació el proyecto NSOROMA, palabra traducida como «Estrella Guía». Desde 1987 se desarrolló una red de atención primaria formada por pabellones, diez ambulatorios y distintos centros supervisados desde Asafo. El proyecto contó con ayuda de la entonces Comunidad Económica Europea a través de la organización PROSALUS. Su importancia residía no solo en construir edificios, sino en establecer una estructura estable de prevención, seguimiento y atención comunitaria.
José participó también en la respuesta a la elevada incidencia de tuberculosis pulmonar. Las malas cosechas, la falta de una alimentación suficiente y las dificultades para mantener tratamientos largos hacían que la enfermedad se propagara. Los medicamentos eran proporcionados por el Gobierno de Ghana, pero las dificultades para mantener el tratamiento y asegurar una alimentación suficiente complicaban la recuperación.
Para atender a estos pacientes, la Orden impulsó un pabellón específico de treinta y dos camas, financiado con la participación del Ministerio de Salud de Ghana, PROSALUS y la Agencia Española de Cooperación Internacional. Comenzó a funcionar en diciembre de 2000. Pero conseguir fondos para construirlo no resolvía otra necesidad cotidiana: alimentar a los pacientes y a una veintena de niños con desnutrición severa. Los medicamentos eran indispensables; poder comer también formaba parte del tratamiento. En la última etapa en Ghana asumió también tareas administrativas y fue superior de la comunidad de Hermanos de San Juan de Dios.
En Asafo conoció también la situación de numerosas personas con enfermedades mentales que eran llevadas a un recinto dirigido por el denominado como profeta Simon Kawaku. Allí algunas permanecían encadenadas a troncos o vigas y eran sometidas a ayunos y ceremonias destinadas a expulsar una supuesta posesión. José visitó aquel lugar en distintas ocasiones e intentó aliviar el sufrimiento de quienes se encontraban allí. Cuando su estado empeoraba y la muerte parecía próxima, algunas personas eran trasladadas al hospital de San Juan de Dios. Para él, que había trabajado antes en Santa Águeda, su trayectoria reúne así dos experiencias distintas de atención a la enfermedad mental. «No me sentía como un héroe. Me sentía un trabajador con dificultades. La gente del pueblo me ayudaba», confiesa.
Su presencia en África no estuvo limitada al espacio sanitario. En 1967 fundó en Monrovia el Saint Joseph Warriors Football Club, vinculado al Hospital Católico y establecido en New Kru Town. El equipo reunió a jóvenes alrededor de una afición que José vivió con enorme intensidad y, con los años, alcanzó la primera división liberiana y ganó la liga en 1976, 1978 y 1979. También conquistó la copa nacional en 1982 y, mucho después, en 2007. Con el tiempo, el fútbol llegó a ocupar una parte importante de su vida en Liberia. José explica que estaba «muy liado con el equipo» y que su vida religiosa le pedía un cambio. Por eso solicitó marchar a Ghana, donde comenzaría la etapa más larga de su trayectoria africana. El club continuó después de su marcha, quizá la forma más clara de comprobar que una obra ha dejado de pertenecer únicamente a quien la inició. Su relación con el fútbol alcanzó también Cantabria. José facilitó la llegada a España de dos jugadores africanos, Aloysius Nimene y David, que disputaron una temporada con el Naval de Reinosa y durante su estancia se alojaban en Bustillo del Monte.
La historia de José también quedó atravesada, desde la distancia, por la guerra civil liberiana. El 15 de octubre de 1992, las fuerzas del Frente Patriótico Nacional de Liberia, dirigidas por Charles Taylor, lanzaron la llamada Operación Octopus contra Monrovia. Durante semanas, la capital quedó sometida a combates, bombardeos y desplazamientos masivos. La neutralidad de hospitales, iglesias y espacios religiosos no garantizaba ya la seguridad de quienes trabajaban en ellos.
En aquellos días fueron asesinadas cinco religiosas estadounidenses de las Adoratrices de la Sangre de Cristo. El crimen mostró hasta qué punto se habían roto los límites que hasta entonces podían ofrecer alguna protección a religiosos, sanitarios y población civil.
La guerra afectó a los hospitales y comunidades de la Orden en Liberia. José recuerda la salida de los hermanos, la ocupación del hospital y los daños que obligaron después a reconstruirlo. Entonces él se encontraba en Ghana. Allí pasó la última gran etapa africana y sufrió malaria en varias ocasiones. Tras décadas cuidando, tuvo que depender del conocimiento y de las manos de otros. Él insiste, sin embargo, en el carácter colectivo de aquel trabajo: «Todos trabajábamos con un fin, que era el bienestar de la gente».
Regresó a Cantabria en diciembre de 2001 porque, explica, empezaba a hacerse mayor y quería estar cerca de Bilbao, de Bustillo y de su familia. El retorno no fue inmediato en un sentido emocional. La España a la que volvía era muy distinta de la que había dejado y Bustillo tampoco era ya el pueblo de su infancia. Mientras a su alrededor se hablaba de política, fútbol o asuntos domésticos, él sentía que su cabeza y su corazón continuaban en Asafo. «Sigo siendo africano», afirmó en 2004 en La Revista de Cantabria. Más de veinte años después matiza aquellas palabras: «Yo no me sentía africano porque no lo era. Pero me identifiqué con ellos en muchas cosas». Entre ambas afirmaciones queda la profunda vinculación con los lugares en los que transcurrió buena parte de su vida adulta.
Tras su regreso continuó colaborando en la atención sanitaria: durante unos meses trabajó en el quirófano del hospital Santa Clotilde, en el área dedicada a las intervenciones de cataratas. Con el tiempo llegó la jubilación, aunque siguió formando parte de la vida cotidiana de la comunidad y manteniendo el contacto con pacientes y trabajadores del centro.
Fue también en su nuevo hogar, Santa Clotilde, donde la escritura ocupó un lugar cada vez más importante en su vida. Escribe sobre la experiencia africana, la memoria, la fe, la enfermedad, la familia y los acontecimientos que afectan a su entorno. Durante el confinamiento de 2020 convirtió en versos la soledad, el cansancio, la fragilidad y el recuerdo de quienes le habían acompañado en su camino. En 2022, el Hospital Santa Clotilde dio noticia de Imágenes del ayer, entonces su cuarto poemario publicado. José cuenta que ha escrito ya doce libros de poesía, entre ellos Vidas sin rumbo (2020), Imágenes del ayer (2022) y Árbol florecido (2025), y continúa escribiendo.
La vida religiosa implicó para José la renuncia a formar una familia en el sentido tradicional. Sin embargo, su trayectoria permite comprender la generatividad —la necesidad de cuidar, crear y dejar algo a quienes vienen después— de una manera mucho más amplia que la descendencia biológica. Quedan proyectos colectivos en los que participó —la atención primaria, las campañas de vacunación o el pabellón para personas con tuberculosis—, un club de fútbol que continuó después de su marcha y varios libros en los que ha depositado parte de su experiencia. Su legado no está formado solamente por lo que hizo de manera directa, sino también por aquello a lo que contribuyó y continuó funcionando sin necesitar ya su presencia.
José Merino Arroyo no cabe por completo en un único lugar ni en una sola palabra: religioso, enfermero y misionero, pero también vecino, compañero, impulsor deportivo y poeta.




