Biografía

Historia de vida de Tomás Mantecón Pelayo

Algunas vidas condensan la historia de un lugar. La de Tomás Mantecón Pelayo (Riolangos, 21 de marzo de 1940) es un buen ejemplo. Su vida transcurre en el corazón de los Valles Pasiegos, entre cabañas, ganado, caminos de montaña y un oficio ancestral que durante generaciones ayudó a sostener la economía de muchas familias: la elaboración de cuévanos.

Nació en Riolangos, en San Pedro del Romeral, dentro del ámbito histórico y cultural de las villas pasiegas, en una familia profundamente ligada a la ganadería y a ese trabajo artesanal. Su padre, Conceso, dedicaba gran parte de sus jornadas a fabricar estas piezas de madera; su madre, Balbina, combinaba las tareas domésticas con la venta ambulante de fruta por Vega de Pas, Entrambasmestas y otros pueblos de la comarca. Él era uno de diez hermanos: siete hermanas y tres varones. 

El oficio del cuévano formaba parte de la vida familiar desde mucho antes de que Tomás naciera. En la memoria aparecen sus abuelos, Cayetano y Ángel, y su abuela Tomasa, de origen vasco. Según recuerda, ella habría llegado a la zona como ama de cría, una práctica habitual en otro tiempo, y terminó quedándose allí tras unirse a su abuelo, que había enviudado y tenía dos hijos. Su padre, sus abuelos, tíos y otros vecinos elaboraban cuévanos en casa, en un tiempo en que varias familias de Riolangos vivían del ganado y de este oficio. Entonces eran actividades muy extendidas también en los pueblos cercanos: en Pandacebo había varios artesanos y en Guzparras otros tantos. Hoy apenas quedan unos pocos vecinos que practican el oficio. 

Tomás recuerda a su abuelo trabajando todavía a los ochenta y tres años, haciendo uno con el cigarro puesto. Los cuévanos servían para casi todo: llevar leña, hierba, estiércol, alimentos, ir al mercado o transportar a los niños pequeños. En su casa, recuerda, los hermanos llegaron a criarse en uno grande, usado a modo de cuna. También existen distintos nombres y formas según el uso y el lugar —bombo, giro, cuévano grande o pequeño—, piezas capaces de resistir cargas enormes, siempre llevadas a la espalda o al hombro.

Desde niño, acompañó a su padre al monte, donde recogían la madera, y también en los días de venta. Primero elaboraban las piezas en casa y, cuando tenían varias hechas, salían de madrugada, hacia las cuatro y media o las cinco, cargados con diez o doce cuévanos para venderlos puerta por puerta por pueblos como Luena o Entrambasmestas. La vida cotidiana estaba organizada en torno a distancias que hoy parecen difíciles de imaginar. Los desplazamientos para acudir a ferias, vender, visitar familiares o mover el ganado formaban parte de la normalidad. Caminar decenas de kilómetros en una jornada no era una excepción, sino una necesidad. 

El primero que Tomás vendió valió tres pesetas; eran los tiempos de construcción del túnel de La Engaña, cuando había en la zona trabajadores venidos de Andalucía y de otros lugares. Mientras cuidaba las vacas de su padre, entre diez y catorce animales a su cargo, hacía uno o dos cuévanos pequeños, los vendía y así fue juntando sus primeras pesetas. “Yo siempre tenía mi dinero”, recuerda. Así empezó, casi sin separar el juego, el trabajo y la vida. 

“Nacer hoy y, mañana, al trabajo”. Como tantos niños de la montaña pasiega, aprendió pronto que la escuela compartía espacio —y muchas veces cedía el paso— a las obligaciones. Fue a la escuela de Riolangos, donde llegaron a juntarse más de cuarenta niños y niñas, pero su asistencia no fue constante: había que atender el ganado, ayudar en casa o ir al monte. Recuerda a varios maestros y maestras, entre ellos Vicente, Pili y Ascensión. La enseñanza era sencilla, “con encerado, cuaderno y poco más”, y Tomás conserva una memoria muy clara de su habilidad para las cuentas: todavía hoy calcula de cabeza con soltura, aunque leer y escribir le costaran más. De aquellos años conserva también el recuerdo de la Primera Comunión, cuando varios niños caminaron juntos hasta Vega de Pas, sin que les dejaran hablar por el camino. Hacia los doce o trece años, la escuela fue quedando atrás y comenzó a ir al monte con su hermano para plantar pinos en el monte El Pico. 

Tomás nació en marzo de 1940, apenas un año después del final de la Guerra de España. Aunque era demasiado pequeño para recordarla, la guerra estaba muy presente en los relatos familiares. Su padre había sido movilizado poco después de casarse y permaneció fuera durante más de tres años. Cuando regresó, apenas reconoció a la hija que había dejado siendo un bebé. 

En los recuerdos transmitidos por los mayores permanecían también las historias de quienes se refugiaron en cuevas de la zona durante el conflicto, saliendo de noche para buscar patatas o alubias con las que sobrevivir. La escasez marcó los años posteriores. En casa se cultivaban maíz, patatas y alubias, pero la harina de trigo seguía siendo un bien preciado. Su padre recorría largas distancias con un burro para intercambiar cuévanos por harina en la zona de Soncillo, aunque en ocasiones la mercancía era requisada en La Paloma antes de llegar a casa.

Como ocurría en buena parte de los Valles Pasiegos de mediados del siglo XX, la economía familiar dependía de sumar muchos esfuerzos distintos: ganado, fruta, pequeños intercambios comerciales, trabajos agrícolas y cuévanos. 

La familia practicaba las tradicionales mudas, características de los Valles Pasiegos desde siglos atrás: el ganado se desplazaba entre distintas fincas y cabañas según la estación, obligando a recorrer continuamente caminos de montaña. Algunas de las cabañas donde vivieron carecían de las comodidades más básicas. Dormían sobre camas de hierba o colchones rellenos con hojas de maíz, se alumbraban con candiles de petróleo, carburo o gas y el agua debía transportarse desde las fuentes cercanas. 

La llegada de la luz eléctrica a Riolangos, hacia mediados o finales de los años cincuenta, fue recibida con mezcla de asombro y desconfianza. Algunos vecinos no querían que los postes atravesaran sus fincas y otros miraban aquella novedad con miedo: la electricidad era algo que aún no se había visto. La vida social también cambió, la casa de los Mantecón fue una de las primeras en contar con radio y televisión, convirtiéndose durante años en lugar de encuentro para buena parte del vecindario. 

La vida comunitaria también se sostenía en los trabajos compartidos. Tomás recuerda cómo, hacia el mes de abril, los vecinos se reunían para limpiar los caminos durante uno o varios días, una obligación colectiva imprescindible en un territorio donde los accesos eran parte de la supervivencia diaria. 

Como ocurrió con muchas familias pasiegas durante las décadas de 1950 y 1960, la emigración también atravesó la historia familiar de Tomás. Un hermano marchó primero a Asturias, donde vendió barquillos, y después se fue a Francia. Varias de sus hermanas también pasaron años allí; según recuerda, fueron a servir, como tantas jóvenes de zonas rurales que entraban en casas de familias siguiendo redes ya abiertas al otro lado de los Pirineos. En esa memoria aparece también el trabajo del helado, tan ligado a la emigración pasiega: su padre, después de casarse, había ido a Francia con un hermano, cruzando por el monte y sin papeles.

Al llegar a la juventud, Tomás siguió combinando la ganadería, los trabajos del monte y la elaboración de cuévanos. Como tantos hombres de su generación, también tuvo que cumplir el servicio militar, una experiencia que lo sacó por primera vez de su mundo más cercano. Lo hizo a comienzos de los años sesenta: primero en Vitoria, donde pasó tres meses de instrucción en el campamento de Araca, y después en Santander, en el cuartel de El Alta. Recuerda el frío, la nieve y el rancho de aquellos primeros meses, pero también el contraste de llegar a la ciudad y moverse por Santander vestido de paisano. Durante la mili fue destinado también a Santoña, donde pasó unos cuarenta días haciendo guardias en el penal. Aquella experiencia le mostró otra cara de la España franquista. En Santander trabajó como asistente, llevando leche desde el cuartel a un mando que vivía cerca de Valdecilla. Aquel periodo terminó con su ingreso en el hospital por un fuerte dolor de espalda. Recuerda todavía Valdecilla organizada por pabellones y con presencia de religiosas; desde allí acabó siendo licenciado. 

En torno a los veintinueve años se casó con Valvanuz, natural de San Pedro del Romeral. El noviazgo también se vivía a pie: para verla tenía que subir y bajar andando nueve, diez o doce kilómetros. Se encontraban en bailes y visitas breves, siempre condicionadas por el ganado y las tareas de cada día. La boda reunió a amigos y familia; se casaron en la iglesia de San Pedro del Romeral y la comida se celebró en Vega de Pas. Al año, en 1970, nació su primer hijo, Conceso, que recibió el nombre de su abuelo paterno.

La vida de matrimonio comenzó con muy poco y se fue levantando paso a paso. La pareja terminó asentándose en San Pedro del Romeral en 1995, donde Tomás continuó vinculado al ganado y a la elaboración de cuévanos. Salía a venderlos, primero a pie y más tarde en una moto, recorriendo Luena, Ontaneda, Entrambasmestas, San Martín y otros pueblos donde pudiera colocar alguna pieza. En verano trabajó dos o tres temporadas ayudando a un vecino en la hierba. Con ese trabajo y con lo que iba reuniendo, la pareja empezó a formar su propia ganadería: primero una vaca que le dio su padre, después otra que le dio su suegro, y más tarde otras dos que pudieron comprar, hasta tener cuatro en total. “Y así fuimos tirando”, resume. 

Con los años, logró formar una pequeña ganadería propia que llegó a reunir en torno a veinticuatro o veintiséis vacas. No era una explotación grande, como él mismo insiste, pero sí suficiente para sacar adelante a la familia a base de trabajo constante y de una economía en la que cada peseta contaba. La organización seguía marcada por las estaciones y la familia continuó viviendo de cabaña en cabaña durante décadas, al ritmo de las mudas y de los pastos. Solo mucho más tarde, ya en la vejez, aquella vida de desplazamientos fue quedando atrás. También quedaron en la memoria algunos accidentes: una caída de un cerezo lo tuvo sesenta y dos días en cama y otro percance con una yegua volvió a lesionarle. En los últimos años, entre la leche que recogía Nestlé y una economía a veces muy justa, el trabajo siguió siendo exigente.

La elaboración de cuévanos siguió siendo una ayuda imprescindible. Tomás hacía las piezas por la noche, después de atender el ganado, muchas veces con la caja de tabaco al lado, como su abuelo. El oficio exige conocer el monte y la madera. Hay que escoger varas rectas, con pocos nudos, cortarlas, pelarlas, dejarlas secar durante meses y volver a meterlas en agua antes de trabajarlas. Después llega el trabajo de rodilla, trapo, navaja y regla: labrar, sacar costones, preparar las manos y empezar a tejer. Nada va clavado. Todo depende de la tensión de la madera, de la veta y de la experiencia acumulada en las manos. No es solo un oficio heredado: ha sido una forma concreta de sacar adelante a su familia. 

De aquella vida no habla con nostalgia fácil. Recuerda el frío, la nieve, la lluvia, los caminos y alguna vez la niebla cerrada. “Aquí el campo es duro”. Tomás se jubiló a los sesenta y cinco años, aunque todavía continuó algunos años más con el ganado, hasta rondar los setenta. Más que una elección, fue una forma de vida: moverse, trabajar y seguir adelante. 

Los cuévanos, como él mismo dice, le han acompañado toda la vida: hacerlos, venderlos, volver a hacerlos. No lo presenta como una vocación idealizada, sino como una tarea aprendida desde niño, abandonada a veces por cansancio y retomada después con gusto. Hoy sabe que quedan muy pocos capaces de continuar este oficio y que apenas hay relevo para un saber transmitido durante generaciones. En sus manos, el cuévano no es una reliquia: es memoria viva. Una técnica, una economía y una forma de habitar los Valles Pasiegos que todavía resiste.