Biografía

Historia de vida de Francisco de José Ursueguía Rodríguez

A Francisco la infancia le vuelve a pasar muchas veces por las manos. Recuerda que en verano el trigo estaba frío: le gustaba meterlas entre los granos y pasarlas después por las espigas. «Todo ese tipo de cosas son sensaciones que me han quedado». Conserva también colores y formas de aquellos primeros años en los que todavía veía. Mucho antes de conocer el braille, el tacto ya formaba parte de su manera de reconocer el mundo.

Francisco de José Ursueguía Rodríguez —Paco de Pepe— nació el 8 de enero de 1944 en La Cantera, una casería próxima a Merodio, en Peñamellera Baja, en el oriente de Asturias. Hijo de Manuel de José Ursueguía y Benigna Ursueguía Rodríguez, ambos vinculados a Merodio, creció junto a su hermano Manuel José, siete años mayor. Nació en casa —recuerda que su tía Carmen «tiró de mí»— y sus primeros años transcurrieron en una vivienda sin agua corriente ni electricidad, en una pequeña explotación familiar donde el trabajo y la vida doméstica apenas tenían fronteras.

Había huerta, frutales, gallinas y ocho vacas. Benigna hacía conservas de tomate, dulces de fruta, manteca y otros alimentos para aprovechar lo que daba la tierra. Francisco aprendió pronto a ayudar —llevando la leche o yendo a por agua— y recuerda especialmente hacer manteca, una de esas tareas que le dejaban la satisfacción de sentirse útil. «Tenía dos partes buenas. La primera, mi libertad de salir de la finca y la segunda ser útil». La leche de las ocho vacas se llevaba para Nestlé a La Penilla, Cantabria, donde desde 1905 funcionaba la primera fábrica de la compañía en España. De aquellos años conserva una frase que contiene una época entera: «Cuando no hay nada, poco es algo».

Había nacido en 1944, en la España de la inmediata posguerra. La Guerra de España había terminado en teoría cinco años antes, pero seguía presente en la vida de los adultos, en las carencias y, sobre todo, en los silencios. «La gente hablaba muy poco de la guerra porque se lo llevaban dentro». Su padre pasó un tiempo recluido durante aquellos años. Manuel no era creyente, pero al pasar ante la iglesia se quitaba la boina por respeto a quienes sí creían: «Tenía principios», dice Francisco.

La posguerra entró también en la casa de una manera más directa. Una niña que ayudaba a cuidarlo estaba emparentada, según recuerda Francisco, con personas del entorno de Juan Fernández Ayala, Juanín, y Francisco Bedoya, los últimos guerrilleros antifranquistas que permanecieron en los montes de Cantabria hasta 1957. Aquella relación despertó sospechas sobre la familia: Francisco recuerda registros y la presencia de numerosos guardias en la casa. Finalmente, sus padres compraron una vivienda y dejaron La Cantera para instalarse en Merodio. «Ahí no nos molestaron».

Merodio fue también el primer mundo social de Francisco. Las funciones, las fiestas de la Virgen del Rosario, la cucaña, las carreras de sacos, los animales, los caminos y las travesuras forman parte de aquel paisaje de infancia. Una mujer del pueblo que había trabajado fuera regresó con afición al teatro y organizó un pequeño grupo escénico; los domingos y las fiestas abrían otros espacios de encuentro dentro de una vida marcada por el trabajo cotidiano.

En aquellos primeros años, Francisco veía y conserva todavía recuerdos de colores, formas y dibujos. Después la visión fue disminuyendo poco a poco: «Se iba perdiendo, se iba perdiendo». Le diagnosticaron glaucoma. Muchos años más tarde convertiría aquella experiencia en palabras: «Cuando la luz se fue, se llevó casi todo de mi vida. Pero yo no sabía lo que se llevaba ni lo que me quedaba».

En la escuela del pueblo, la vista ya le dificultaba seguir la cartilla y algunas tareas. Francisco se acercaba para escuchar y llegó a aprender las capitales mejor que nadie. También encontró sus propias maneras de reconocer las letras: algunas las aprendió recorriendo con los dedos las que sobresalían en relieve sobre ciertas botellas de cristal.

La salida educativa llegó en 1951. Una tía de Madrid habló a la familia de la existencia de la ONCE, una organización que Benigna desconocía. La Organización Nacional de Ciegos Españoles había sido creada por el franquismo el 13 de diciembre de 1938 mediante la unificación de asociaciones anteriores de personas ciegas y contaba desde 1939 con el cupón prociegos como una de sus principales vías de sustento. El 21 de abril de 1951, cuando Francisco tenía siete años, su madre lo llevó a Oviedo para afiliarlo. Cinco meses después, el 21 de septiembre, ingresó en el colegio Santiago Apóstol de Pontevedra, en Campolongo. Permanecería allí hasta los quince años.

El cambio fue enorme: de una casa pequeña y conocida pasó a un internado con dormitorios colectivos, horarios estrictos y una vida organizada por la institución. Francisco resume aquel periodo con una expresión que une lo que recibió y lo que sufrió: allí estuvieron sus «primeras letras y sus primeras lágrimas».

De su primera etapa en Pontevedra conserva un recuerdo doloroso por el trato recibido: «Me causa bastante dolor». Con el tiempo, y tras un cambio en la dirección del centro, la experiencia fue distinta. Nunca contó a su madre hasta dónde había llegado aquel sufrimiento y, aun así, cada verano regresaba: sabía que estudiar abría una posibilidad que no quería perder.

«El recuerdo es ‘poeta’, nunca ‘historiador’. La historia es otra cosa», dice al volver sobre aquellos años. Su relato de Pontevedra no es uniforme: junto a la dureza conserva también profesores que recuerda con respeto, el aprendizaje, y la certeza de que aquel conocimiento acabaría formando parte de él. «La palabra es el ladrillo del pensamiento», dice al explicar lo que significó aprender a leer.

Benigna y Manuel, su hermano, habían aprendido Braille para poder escribirle durante los años de Pontevedra. En 1959 la distancia cambió: Francisco dejó Galicia y continuó su formación en Madrid. Estudió en el Colegio Inmaculada Concepción, donde cursó Bachillerato Elemental. Después estudió Magisterio en la Escuela Pablo Montesinos, heredera de la Escuela Normal Central de Maestros inaugurada en Madrid en 1839 bajo la dirección del propio Pablo Montesino. Realizó primero y segundo por libre y el tercer curso de manera presencial, además de hacer prácticas docentes en el colegio de la Inmaculada Concepción.

Aquellos estudios estuvieron también atravesados por el sistema educativo del franquismo. En Teruel realizó la ‘Formación del Espíritu Nacional’, entonces obligatoria. Francisco la recuerda sin dramatismo: «Era obligatorio, pero lo pasábamos muy bien».

En Madrid apareció también la música. Francisco conoció la bandurria. Un tío emigrado a México le regaló un acordeón, que acabó formando parte de sus regresos a Merodio. Los domingos tocaba en la plaza del pueblo mientras muchachos y muchachas bailaban. Con los años se aficionó el piano. Nunca ha sentido demasiada necesidad de colocar etiquetas a esa relación: «Yo no soy pianista. Soy no soy músico. Yo soy yo».

La adolescencia coincidió con una sociedad en la que la ceguera condicionaba de manera intensa las expectativas sobre una persona. Francisco lo expresa sin rodeos: «Un ciego no existía como persona. Éramos la caridad del pueblo». Su madre tendía a protegerlo por miedo y una relación con una muchacha del pueblo chocó con el rechazo del padre de ella a que saliera con un ciego.

De Madrid le quedó una convicción: «El estudio sirve para abrirte puertas». Terminó Magisterio, aunque finalmente no ejerció. Cuando se le ofreció una plaza vacante en Pontevedra decidió no aceptarla. «Los chavales no tienen la culpa», explica, no quería ocupar una responsabilidad para la que sentía que debía haber estudiado más. En esa decisión aparece también una forma muy suya de entender el conocimiento: estudiar no para obtener un título, sino para saber.

Terminada aquella etapa, Francisco abrió una nueva vida en Santander. Llegó el 1 de septiembre de 1966 para trabajar como vendedor del cupón de la ONCE, el mismo día en que comenzaba la demolición del Teatro Pereda, durante décadas uno de los grandes espacios culturales de la ciudad. Mientras Francisco empezaba a hacerse un lugar en Santander, la ciudad perdía uno de sus escenarios.

Fue aprendiendo Santander. No contando calles, como a veces le preguntaban, sino reconociendo inclinaciones del pavimento, pendientes, cruces y referencias que componían un mapa propio. «Decisión, decisión», responde cuando se le pregunta qué hizo posible aquella independencia.

Vendió cupones durante treinta y siete años y medio. Primero estuvo en la plaza de la Esperanza, después frente al comercio Ribalaygua y, finalmente, en Cuatro Caminos.

No presenta el trabajo como una vocación, sino como una actividad a la que fue haciéndose y que le permitió ganarse la vida, vivir de manera autónoma y mantener un trato permanente con los demás. «A mí me quería mucho la gente». La ONCE fue para él empleo, formación, tecnología y respaldo. No la idealiza, pero reconoce su importancia para su generación y la describe como un «paraguas» que estuvo detrás de muchas posibilidades de las personas ciegas.

Santander fue también el lugar de la vida adulta. En 1968 se casó con Lucila, santanderina, en la iglesia del Barrio Pesquero. Tuvieron dos hijos. El trabajo, la familia y la ciudad fueron formando una vida que no puede explicarse únicamente desde la ceguera, aunque la ceguera estuviera presente en ella. Esa diferencia importa. Francisco nunca habla de sí mismo como protagonista de una excepcional historia de superación. Tampoco evita la palabra. Al contrario: «Yo no soy invidente, yo soy ciego».

Su manera de explicar la autonomía parte de la experiencia cotidiana. Explica cómo ofrecerle el brazo, cómo se sitúa mentalmente respecto a otra persona o por qué nadie necesita disculparse por decirle «mira» o «¿no ves?». La inclusión, en su pensamiento, no consiste en borrar las diferencias ni en exigir que alguien pueda hacerlo todo solo. Para explicarlo vuelve a menudo a los ríos. «Para que el Pisuerga llegue a la mar tiene que buscar el Duero. Si no, no llega». La imagen le sirve para hablar del encuentro. Las personas ciegas tienen que poder explicar cómo leen, cómo se orientan, qué necesitan o cómo quieren ser ayudadas; y la sociedad necesita estar dispuesta a escuchar y conocer formas diferentes de desenvolverse. «Vamos a darnos a conocer para que nos conozcan». Autonomía y relación no son, para él, ideas opuestas.

También las herramientas fueron cambiando. El braille que había aprendido de niño siguió acompañándolo. Ha escrito con pauta y punzón, con máquina y después con dispositivos electrónicos y sistemas de voz. Entre sus máquinas estuvo una Perkins Brailler, regalo de un responsable de la ONCE. Para Francisco, la explicación puede ser mucho más sencilla: «El braille es una de las cosas fundamentales para nosotros, igual que para vosotros [personas que ven] lo es el bolígrafo».

La palabra acabó abriendo otra etapa. Desde 1988 escribe, ordena y reúne poemas, recuerdos y vivencias. Había escrito antes, pero a partir de entonces la escritura adquirió continuidad. Él mismo rebaja cualquier solemnidad: dice que escribe «más bien poemas» o, inmediatamente matiza: «Trato de que sean poemas». Se autodefine como “enpuercapapeles”, porque “escritor es ser una vida muy seria”. En esa duda hay también una manera de entender la creación: escribir primero y discutir después qué nombre merece lo escrito.

Entre sus libros y manuscritos aparecen Gracias por existir, Flores de zarzamora, Perlas y acuarelas, Brumas, Pinceladas, Desandando caminos, Canción para Selene, De la raíz del manzano, y Mi rosa de los vientos. Esta última fue publicada en 2011 por Ediciones Tantín, con una ayuda del Fondo para Iniciativas Culturales de la ONCE. De la raíz del manzano, uno de sus trabajos más recientes y queridos, vuelve de manera especial a la tierra, a las vivencias y a la necesidad de no perder el lugar de procedencia. «Uno no debe olvidar de dónde ha nacido».

Sus poemas nacen a menudo de cosas pequeñas que se han quedado mucho tiempo dentro. La infancia reaparece, igual que la pérdida de visión, la tierra o los afectos. «Son vivencias. Son de mis errores, de mis cosas que pasan a veces en la vida». No entiende la escritura como una espera pasiva de inspiración. Usa una fórmula que ha hecho suya: «Diez por ciento de inspiración y noventa por ciento de transpiración». Lo demás es trabajo y trabajo.

Se jubiló a los sesenta años. Lucila todavía estaba a su lado y aquella nueva etapa les devolvió algo sencillo: tiempo. Tiempo para estar en casa, salir, comer juntos los fines de semana, compartir una vida. Cuando Lucila murió, en 2008, también cambió la forma de volver a casa. «El tiempo lo arregla todo», dice, aunque enseguida enumera aquello que también ayudó a atravesarlo: «Mis cosas, mis libros», la escritura, el piano, escuchar música. El piano, asegura, le ha quitado «muchas horas malas» y  el acordeón que de joven llevaba a las fiestas del pueblo permanece, aunque ahora pesa demasiado para tocarlo con la misma facilidad. En un solo objeto parecen encontrarse dos edades: el muchacho que hacía bailar a los demás y el hombre que reconoce, sin dramatismo, que el cuerpo cambia.

Desde hace veintidós años, Montse trabaja con él y se ha convertido también en una amiga y una presencia importante en su vida cotidiana. Francisco habla de esa relación desde la confianza y desde el cuidado. «Cuando una persona mira por otra, es muy importante». Y después añade: «Te das cuenta de que eres alguien».

A los 82 años observa el paso del tiempo con una mezcla de ironía, lucidez y aceptación. Los primeros veinte años, dice, tardan muchísimo en pasar; después los años empiezan a correr y, entre los sesenta y los ochenta, casi «han desaparecido, van de dos en dos». Tampoco quiere vivir pendiente del final. «El miedo al miedo es el peor miedo de los que hay». Su manera de mirar atrás no persigue construir una vida perfecta. «La vida es lo que queremos que sea y lo que nos deja».

Quizá por eso tampoco intenta resolver qué habría sido de él si hubiera visto. Lo formula de otra manera: «Se sabe lo que ha sido, no lo que pudo ser». Y eso parece bastarle: su vida real no necesita medirse contra una vida imaginada.

Cuando al final de la entrevista se le pregunta qué parte de su historia querría que no se olvidara, Francisco tampoco busca una gran conclusión. Dice primero: «Mi paso por la vida». Y después encuentra una frase que reúne los libros, la memoria y también el sentido de contar una historia a otros: «Mientras haya una persona que me recuerde, estaré aquí».

Ahí quizá esté su legado. No en dejar una vida convertida en ejemplo, sino en dejarla contada: con lo que tuvo de tierra y de ciudad, de pérdidas y aprendizajes, de palabras tocadas con los dedos y palabras escritas para que otro pueda encontrarlas.