Hay lugares que no se quedan fuera de una vida: entran por el oído, por el cuerpo y por la memoria. En la de Juanjo entraron pronto la ría de Solía, la sirena de Talleres y los bares donde el pueblo se reunía. Juan José Cobo Garmendia nació en Astillero el 19 de octubre de 1953, en la calle Industria número 25, segundo piso, frente a la ría y encima del bar Nené. Nació en casa, atendido por una comadrona, como todavía era habitual en muchas familias. Su hermana Asunción, once meses menor, ya nació en Valdecilla. En ese pequeño desplazamiento —de la casa al hospital— se resume también un cambio de época.
Hijo de María Garmendia León, nacida en El Astillero veinte años antes, y de Juan José Cobo Ruiz, procedente de Vega de Pas, con raíces familiares vinculadas a Carcabal, en San Roque de Riomiera. Juanjo creció entre dos ramas familiares muy presentes en su memoria. Por la rama materna de los Garmendia llegaba también la huella del País Vasco. De ahí procede una de las figuras más importantes de su infancia: su abuelo Juan Tomás Garmendia, alto, enorme para los ojos del niño, capaz de llevarlo al circo de los Tonetti, a los bares, a escuchar música y a estar con los mayores. Llevaba siempre una armónica en el bolsillo. En el bar de los Petit, Juanjo lo recuerda junto a un hombre al que en el pueblo atribuían una historia de huida de Alemania y de las SS, y que tocaba el piano. Aquella infancia tuvo mucho de calle, pero también de música, conversación y aprendizaje junto a los adultos.
Creció en un Astillero obrero e industrial, donde la ría, las fábricas, los comercios y los bares formaban parte de una misma geografía cotidiana. En la tienda de ultramarinos de Palmira se abastecían vecinas y trabajadores. En la Casona se juntaban los niños para jugar. En la Cantábrica, los depósitos vacíos se convertían en territorio de aventura. Había fuentes, prados, campos de tierra, balones improvisados, bicicletas, pescaderas, repartidores de leche, de pan y de miel. Iba a pescar camarón hacia San Salvador con cabezas de bonito como cebo y volvía con calderos que luego se cocían y se daban de tapa. Recuerda a Manolo “Pinchabichos”, que arreglaba los pinchazos de las bicis; a las manzanas y los higos robados; a los cines del pueblo y a las gamberradas con bombas de feria que terminaban con el acomodador echando a la fila entera. No era una infancia sin límites, pero sí una infancia donde el territorio se aprendía andando, jugando, escapándose y volviendo. La infancia no estaba separada del mundo adulto: ocurría al lado del trabajo, de los talleres, de los recados, de los oficios y de la necesidad.
Astillero era entonces un pueblo con horario de sirena. Los talleres marcaba el pulso principal, con el peso del dique y la llegada de trabajadores de Castilla, especialmente de Palencia y Burgos. Después crecieron Carburos, Mármoles, Industrias Sanju, las fábricas de calzado —como la alpargatería donde su madre trabajó por setenta pesetas a la semana— y otros negocios que hicieron de Astillero un municipio de empleo, movimiento y bares llenos.
Su primera escolarización fue en las Hijas de la Caridad, en párvulos. Allí iban él y su hermana Asunción; los llevaba y recogía una vecina, Blanquita, como parte de esa ayuda cotidiana entre familias que entonces era normal. Después pasó a la Academia Puente, fundada por Gumersindo Puente Llata y abierta en Astillero en 1950, primero en el entorno de las calles Navarra e Industria y más tarde en la Avenida de España. Su lema —“Hoy mejor que ayer, mañana mejor que hoy”— hablaba de enseñanza, pero también de una idea sencilla de progreso diario. Aun así, Juanjo no se recuerda como buen estudiante: los verbos de francés y los castigos de los sábados no estaban hechos para él.
Pero allí, donde los estudios se le atravesaban, la voz le abrió sitio. Llegó a dar el do de pecho y fue solista del coro de la Academia Puente, dirigido por José María Perales, que había estudiado para cura, tocaba el órgano y sabía de música. Aquel coro actuó en distintos lugares, estuvo a punto de grabar un disco en San Sebastián y llegó a cantar en el Teatro Pereda cuando cerró. La música, en Juanjo, aparece siempre ligada a los otros: al abuelo, al coro, a los bares y a esas canciones que hacen que una comunidad se reconozca.
Más tarde pasó por el Colegio Hispano de Maliaño. Allí, según recuerda, la cosa fue incluso peor, porque ya había empezado a remar y el cuerpo tiraba más que los libros. Cuenta que llegó a echar un pulso con el director y que lo ganó, provocando el pitorreo general. Poco hecho para la obediencia formal, fue encontrando cauces para su energía en el deporte, la música, la cuadrilla y el trabajo.
Con dieciséis años empezó a remar. Juanjo entrenó con personas que recuerda como importantes, quizá ya menos nombradas: Gancedo, Orlando, Luis Carral, Víctor Castanedo, Julián Verduras, entre otros nombres que aparecen en su memoria oral y forman parte del ecosistema deportivo de aquellos años. Remó a babor y a estribor, vinculado al Club de Remo de Astillero y a su trainera. Antes, recuerda, no había ligas como ahora: había regatas, desplazamientos, cesiones, apoyos de socios, industrias y personas del pueblo.
También remó dos temporadas en el Club de Remo Santoña, cedido con otros compañeros. Lo cuenta con humor porque en una regata llegaron a ganar a Astillero justo cuando su pueblo necesitaba clasificarse. Pero, incluso en esa anécdota, aparece su fidelidad al lugar: cuando desde Pedreña quisieron llevárselo, sintió que no podía marcharse, habría sido casi como romper un pacto invisible con el pueblo.
Después de la mili dejó el remo y se acercó al golf. De esa etapa conserva una historia muy especial con Severiano Ballesteros, con quien mantuvo amistad: unos zapatos, unas primeras correcciones de postura y la memoria de alguien que enseñaba sin darse importancia.
La mili lo llevó primero a Araca, en Vitoria, donde recuerda el frío de las tuberías congeladas. Después fue destinado a Capitanía, en Burgos, en el entorno del palacio del capitán general de la 6.ª Región. Allí trabajó en una oficina que citaba a soldados a juicio y vivió una etapa con mejores condiciones, buenos mandos y cierta protección. Pero aquella mili transcurrió en los últimos años del franquismo, en una España atravesada por tensiones políticas y militares. Estando de guardia recibió el parte de los fusilamientos de septiembre de 1975. Hasta última hora se había esperado una conmutación de las penas, pero no llegó. Recuerda la madrugada, el papel, el teniente en pijama, la frase “la que se va a armar”, las tanquetas, los hombres armados en las ventanas y la suspensión de permisos. También vivió el clima de inquietud de la llamada Marcha Verde de Marruecos en el Sáhara Occidental, los convoyes militares y los rumores de movilización. La historia grande pasó por allí en forma de partes, órdenes y espera.
Esa experiencia conecta con una memoria familiar anterior: la guerra que quedó en casa. Su abuelo materno, Juan Tomás Garmendia, estuvo preso tras intentar pasar por la zona de Irún y Hondarribia. Según recuerda Juanjo, lo detuvieron, lo llevaron a Santander y tuvo que ser operado en la cárcel por el esfuerzo realizado. También recuerda que a su abuela le quitaron la máquina de coser, dejándola sin herramienta de trabajo y sin forma de ganarse la vida. La familia quedó marcada. No solo por una ideología, sino por una experiencia concreta de pérdida y supervivencia. En su relato, la guerra no termina en una fecha: permanece en las casas, en las mesas, en las desconfianzas y en las personas con las que algunos todavía no se sientan a tomar un blanco.
En 1970 entró en el Banco de Santander en El Astillero. Tenía dieciséis años e hizo un examen, aunque su padre ya trabajaba allí como jefe de riesgos y subdirector. Juanjo insiste en ese detalle: había que examinarse. Él sabía escribir a máquina, algo que entonces no todos dominaban, y empezó desde abajo: ordenanza, cartas, recados y aprendizaje de cartera. Después fue conociendo comisiones, cobros, cambios de moneda, letras, balances, caja y clientes. Aquel Banco de Astillero era una institución local importante, con casi treinta empleados y cobradores que recorrían lugares como Escobedo, Puente Arce, Liaño, Villanueva o Sarón. Era una banca anterior a las pantallas, basada en la presencia, la confianza y el conocimiento del territorio.
Con el tiempo recorrió casi todos los puestos. Trabajó en vencidos, hizo balances, pasó por caja, sustituyó a directores los sábados, abrió oficinas, realizó visitas comerciales y acabó como apoderado y gerente de pymes tras cursillos en Madrid. En Guarnizo le tocó ayudar a poner en marcha una oficina y salir a buscar clientes con el coche: empresas, hostales, comercios y personas conocidas. Aquel oficio bancario tenía mucho de calle. Había que conocer empresas, familias, comercios y apellidos; saber a quién llamar, a quién visitar y cómo resolver una gestión antes de que todo pasara por una pantalla.
Su padre, Juan José Cobo Ruiz, después de trabajar en Montaña Quijano y en el banco, se metió también en la construcción. Juanjo recuerda las obras, los pisos y la lógica de una época en la que la vivienda se vendía con rapidez. Participaron en una cooperativa de empleados del banco en la calle Churruca de El Astillero y en otros bloques de viviendas de Astillero. Juanjo trabajaba por la mañana en el banco y por la tarde en las obras de su padre: hacía masa para los albañiles, metía azulejos en agua, limpiaba palas, servía materiales. Esa juventud entre la caja y el cemento habla de una generación acostumbrada a sumar esfuerzos.
Su memoria bancaria está llena de escenas de época: arqueos imposibles, atracos casi de chiste, guardias civiles acompañando a buscar dinero a Santander, teléfonos con candado, bolígrafos bajo control y cajas fuertes con sus trucos. Vivió también la primera huelga de la banca privada, hacia finales de los años setenta. Recuerda oficinas cerradas, compañeros movilizados, sindicatos, reivindicaciones y mejoras progresivas. También vio cambiar la profesión: la entrada de mujeres en un mundo al principio muy masculino, la llegada de la tecnología, los ordenadores, la presión comercial y la transformación del trato bancario.
Rosa María del Barrio Antón es su compañera de vida y la madre de sus dos hijos, Asbel y Nahúm. Se casó con ella el 1 de mayo de 1978 en Nuestra Señora de Muslera, en Guarnizo. Juanjo habla de la paternidad con sencillez, sin grandes palabras, pero con una frase clara: disfrutó mucho de ellos y está orgulloso de su familia.
Hubo una oferta que pudo cambiarle el destino. Emilio Botín hijo le propuso incorporarse al equipo de seguridad de su padre. Le hablaron de pruebas físicas, entrenamiento, artes marciales, tiro con pistola, chaleco antibalas y una cantidad de dinero muy alta para la época. Juanjo dijo que no. Tenía los hijos pequeños y no quería una vida con pistola, riesgo y exposición. Esa renuncia dice mucho de su biografía: no todas las oportunidades son un destino deseable.
Después del Banco Santander pasó por la Agrupación Mutua en la capital cántabra y más tarde por Nationale-Nederlanden/ING, el banco holandés, donde trabajó como comercial. Pero antes, durante y después de la banca, Juanjo fue ampliando su vida hacia otros trabajos.
También se movió en la hostelería, sin dejar de ser trabajador del banco. Primero abrió el Bruma con Chuchi y Sari. Allí quedó una escena muy suya: Bloque tocando en pequeño formato, con Juanjo Respuela a la guitarra y Félix con la batería, el local lleno y las botellas acabándose. Después llegó un mesón restaurante que pronto empezó a llenarse para las cenas. Más tarde reformó la Estafeta y le cambió el pulso: por la mañana, blancos; por la tarde y la noche, copas y buena música. El Trasgos fue la última parada, ya sin socios. En todos esos lugares, la barra fue algo más que un negocio: fue conversación, discos, cuadrilla y una forma de seguir haciendo pueblo.
Después de la industria, la banca y los bares, llegó el azul abierto del Sardinero. Juanjo y Rosamary cogieron un quiosco frente a la Segunda playa y lo llevaron durante unos quince años. Allí la jornada era larga: madrugar, ir a buscar prensa a Santander, comprar mercancía, repartir periódicos, atender clientes, vender helados, sombrillas, sillas, mesas y, sobre todo, lotería. El quiosco no era solo un punto de venta. Era una pequeña institución cotidiana: prensa a domicilio, recados, cambios para negocios cercanos, clientes de todo el año, veraneantes y gente de paso. La máquina de lotería dio algún premio importante, entre ellos uno de más de cien millones de pesetas.
El Sardinero le abrió otro escenario. Allí conoció a personas conocidas, clientes habituales, deportistas, visitantes, trabajadores y veraneantes. Recuerda el tren playero que traía gente de Valladolid y Palencia con sus cestas a la playa. También recuerda temporales duros, noches en que el mar amenazaba con arrasar el quiosco. Fue un negocio vivo, pero también exigente. Con el tiempo, el cansancio, la salud y la vida familiar fueron marcando la necesidad de parar.
Vista en conjunto, la vida de Juanjo habla de una forma muy concreta de dejar huella. Erik Erikson llamó generatividad a esa etapa de la vida en la que una persona siente la necesidad de producir, cuidar, transmitir y sostener algo más allá de sí misma. En Juanjo, eso no aparece como teoría, sino como práctica diaria: abrir una oficina, levantar una obra, servir un blanco, poner un disco, hacer un recado, atender un quiosco, criar a sus hijos, cuidar los vínculos. No se trata de grandes gestos, sino de esa continuidad pequeña con la que una vida va quedando en los demás.
Hoy Juanjo dice que se encuentra bien, aunque sabe que ya no está como antes; ahora el cuerpo obliga a otra medida. Los años, dice, pasan rápido: “vuelves de la mili, te casas, llegan los hijos y de pronto la vida ha corrido”. Pero en su relato no hay derrota. Hay humor, memoria, oficio y una manera muy viva de contar. Queda el niño frente a la ría de Solía, el joven que remaba por Astillero y cantaba entre amistades, el bancario que conocía a todo el mundo, el hostelero de los blancos y la buena música, el hombre del quiosco del Sardinero, el padre y abuelo orgulloso de los suyos, y el cantor que todavía guarda El Empordà como una canción que no se olvida.




