María Martina Múgica de la Mano decidió contar su vida cuando acababa de cumplir cien años. Lo hizo sin épica, sin nostalgia forzada y con una serenidad que la acompañó hasta el final. “Vivió como quiso”, repiten quienes la rodearon siempre. Y así fue también su despedida: en calma, acompañada, celebrada.

Su centenario se festejó en el portal de su casa, entre vecinas, vecinos y amistades de toda una vida. Una celebración pequeña y verdadera, sostenida por el afecto cotidiano. Apenas cincuenta días después, María se fue casi sin hacer ruido, dejando tras de sí un hueco real —en la escalera, en las sobremesas, en las conversaciones compartidas— y algo más duradero: su voz

María Martina nació el 10 de noviembre de 1925 en el Hospital de San Rafael, en Santander. Creció entre varias calles del centro —Limón, Garmendia, Cisneros— en una casa donde convivían tres generaciones y donde la memoria de la Guerra de España y la posguerra se hizo cuerpo desde muy temprano

Se formó como modista, aunque nunca llegó a sentirse cómoda en ese oficio. La vida la llevó por otros caminos: trabajos precarios, formación profesional en tiempos difíciles y, finalmente, su entrada en el Hospital de Valdecilla como auxiliar de enfermería. Allí encontró su lugar. Pasó por pediatría y por infecciosos, cuidando a niños cuando las madres no podían permanecer con ellos, y fue parte de pequeñas conquistas cotidianas que hoy parecen evidentes y entonces no lo eran. “Entrar en Valdecilla fue como si me tocara el gordo”, decía. Allí fue feliz.

No se casó ni tuvo hijos. Eligió otra forma de familia: la de los vínculos construidos. Viajó, practicó taichí, cultivó amistades largas y profundas. En sus últimos años vivía sola, pero no estaba sola. La acompañaban sus vecinos, sus amigas de siempre y Eduardo, el portero del edificio, a quien llamaba su “ángel de la guarda” y su «nieto postizo».

Nunca fue de anticipar el futuro. Prefería estar. “¿Para qué preocuparse?”, decía. “Lo que tenga que venir, vendrá”. Tampoco discutía con el tiempo ni con la edad. “No me estorban”.

Legado Cantabria pudo recoger su historia de vida y conservarla para el futuro, contada a su ritmo y con sus propias palabras. Ella lo vivió como un regalo y animó a otras personas de su entorno a participar. Hoy su testimonio forma parte de la memoria compartida de Cantabria y seguirá hablándonos cuando ya no esté.

María Martina es también una de las voces que atravesarán el documental La memoria no arde, dedicado al incendio del centro de Santander de 1941, que se estrenará el 14 de febrero, a las 18:00 horas, en la Filmoteca de Cantabria Mario Camus.

Para conocer más sobre su vida y el contexto histórico que la rodeó, puede leerse el reportaje publicado en el blog de  blog de elDiario.es Cantabria, así como su web en Legado Cantabria.