Biografía

Historia de vida de Rosa Peredo Serrano

Rosa Pereda Serrano pertenece a una generación de mujeres que, durante los últimos años del franquismo y la llegada de la democracia, comenzaron a cuestionar el lugar que la sociedad les había reservado. Ella lo hizo desde las aulas y desde el movimiento feminista. Maestra en Verdemar durante más de tres décadas, llevó la igualdad a la práctica cotidiana de la escuela y participó en las reivindicaciones que transformaron los derechos y las vidas de las mujeres. Su historia transcurre entre esos dos espacios, la enseñanza y la militancia, que nunca entendió como mundos separados.

Nació el 9 de junio de 1951 en Torrelavega, en una casa compartida con otra familia frente al teatro Concha Espina. Su padre, José Luis Pereda Bacigalupi, era electricista en SNIACE y completaba el trabajo de fábrica arreglando lámparas y juguetes eléctricos en unos almacenes. Su madre, María Jesús Serrano Rodríguez, procedía de Sopeña, en Cabuérniga: fue peluquera, trabajó en una fábrica de alpargatas y cosió delantales para vender en las tiendas. Rosa escribió en el libro del MCEP (Movimiento Cooperativo de Escuela Popular): «Nací en una familia bastante singular para la época». Su padre había enviudado y tenía dos hijos, José Luis y Milagros; su madre tenía otro, Julio. De la nueva pareja nacieron Rosa y María Teresa, separadas por trece meses. Los hermanos no vivieron todos bajo el mismo techo, pero mantuvieron las visitas y, sobre todo, los vínculos. La abuela materna, Carmen, fue una figura central y vivió con ellos hasta los noventa y tres años. De aquella familia, Rosa destaca una libertad que reconoce todavía: «Nunca me he sentido coartada».

Con unos tres años llegó al poblado de La Palmera, donde SNIACE proporcionaba a las familias trabajadoras casas, escuela, iglesia, guardería y espacios de ocio. Rosa recuerda el cine, la bolera, el patinaje, el baloncesto y los prados donde jugaban. Las noches de verano reunían al vecindario en la calle, mientras la chiquillería recorría el barrio. Los veranos los pasaba en Sopeña, junto a la familia materna.

Entró a los tres años en la Casa de los Niños, la guardería para hijos e hijas de familias numerosas. Después pasó a las aulas de la plaza de la iglesia, con las niñas a un lado y los niños al otro. A ellos les daban clase maestros; a ellas, monjas dominicas. De aquella escuela conserva el pizarrín, la plumilla que dejaba caer una gota de tinta sobre un trabajo terminado, las lecciones recitadas y las tardes de rezo y labores. «Era una escuela falta de alegría, aburrida».

Una maestra animó a sus padres a solicitar una beca para que continuara estudiando. Rosa marchó interna a una residencia de los Sagrados Corazones en Salamanca, donde cursó cuatro años de bachillerato elemental. Las religiosas, algunas novicias jóvenes que estudiaban en la universidad, las preparaban para examinarse por libre en el instituto. Aquella beca hizo posible seguir estudiando cuando las alternativas más próximas eran el trabajo en las fábricas o el aprendizaje de corte y confección. Durante su estancia en Salamanca recibió la noticia de la muerte de Julio, uno de sus hermanos, a los veintitrés años. Había sido para ella una figura de protección durante la infancia.

Regresó a Torrelavega para hacer quinto y sexto de bachillerato en los Sagrados Corazones de Sierrapando. Los locales del colegio La Paz ofrecían un lugar donde hablar, tocar la guitarra y cantar. De esas reuniones nació el grupo ‘Ilusión joven’: comenzaron acompañando misas y fueron acercándose al folk, los poemas musicados y las canciones populares. Algunas veces viajaban a otros pueblos. La música formaba parte de las amistades y de una juventud que se encontraba en la calle y en los espacios parroquiales.

En el curso 1970-1971 comenzó Magisterio. Un hipertiroidismo la obligó a interrumpir la asistencia durante el segundo curso y retrasó sus estudios. Cursó el plan de 1967, que incluía un año escolar completo de prácticas y las realizó en el colegio Cervantes de Torrelavega. Para completar su formación tuvo que pasar un mes en un centro de la Sección Femenina en Ontaneda y cumplir las obligaciones del Servicio Social. Aquella formación estaba marcada por las exigencias y los modelos de feminidad impuestos durante el franquismo.

Desde 1971 participó como monitora en los campamentos organizados por la parroquia de La Asunción de Torrelavega. En La Velilla, cerca de Polientes, estrechó su relación con Florencio Enríquez Ruiz, Floren, hermano de una amiga. Compartían lecturas, inquietudes sociales y largas conversaciones en unos años en los que la oposición a la dictadura comenzaba a formar parte de la vida de muchos jóvenes. Rosa encontró en él, además de una pareja, a su mejor amigo y, en 1975, también a su marido. Se casaron durante uno de los campamentos de La Velilla, con una celebración al aire libre.

En junio de 1974 terminó Magisterio. Poco después, mientras estaba en un campamento, recibió la llamada del colegio Verdemar, en Santander. Para incorporarse presentó una propuesta de Lengua para quinto de Primaria y pasó varias entrevistas con el Consejo Rector y el profesorado. Sus comienzos no fueron fáciles. Se hizo cargo de un grupo de niños y niñas de tres años, una etapa para la que apenas había recibido formación, y trabajó inicialmente en un aula húmeda y alejada del resto del centro, hasta que consiguió trasladarse a otro espacio. Verdemar era un colegio cooperativo que apostaba por la participación de las familias, el contacto con la naturaleza, y una enseñanza distinta de la que había conocido durante el franquismo.

Verdemar se convirtió en su lugar de trabajo durante décadas. Enseñó en distintos niveles, participó en el Consejo Rector y asumió durante siete años la dirección de Infantil y Primaria. En sus inicios, las lecturas, los cursos y las visitas del profesorado a la escuela L’Horitzó contribuyeron a renovar las prácticas educativas. La pedagogía de Élise y Célestin Freinet ofrecía herramientas para partir de la experiencia del alumnado: textos libres, imprenta, correspondencia escolar, investigación y asambleas. Escribir podía servir para contar la propia vida; aprender, para comprender lo que sucedía alrededor. Rosa encontró en el intercambio con otros docentes una forma de continuar su formación y revisar su trabajo. En los últimos años del franquismo y durante la Transición, aquella renovación pedagógica formaba parte de un esfuerzo más amplio por democratizar también las relaciones dentro de la escuela.

En 1977 nació su primer hijo, Javier, en el mismo año en que Rosa y Floren regresaron a Torrelavega después de haber vivido durante unos años en Santander. Un año después, Enrique Pérez Simón y Ramón Rubio la animaron a participar en el congreso del MCEP, celebrado en Santiago de Compostela. En 1979 asistió al congreso de Águilas (Murcia), donde comenzó su participación en el Taller de Coeducación. En aquel colectivo encontró una forma de «militancia pedagógica» basada en la experimentación en el aula y la reflexión compartida con otros docentes.

Las inquietudes que llevaba a las aulas encontraban también un espacio de reflexión en el feminismo. En el verano de 1980 asistió a un curso sobre feminismo en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Aquellos encuentros le permitieron conocer otras experiencias y participar en debates sobre los derechos y la situación de las mujeres, en unos años en los que la democracia abría nuevas posibilidades, aunque muchas reivindicaciones seguían pendientes. Rosa recuerda con humor una noticia de El Diario Montañés sobre aquel curso. Según relata, llevaba por titular «Las feministas dicen no a la penetración», una afirmación que consideró alejada de lo debatido. En la fotografía que acompañaba la información aparecía ella, embarazada.

Tras el nacimiento de su segundo hijo, Pablo, en 1981, Rosa se incorporó a la Asociación de Vecinos de La Inmobiliaria, en Torrelavega, en la que su suegro participaba activamente. Colaboró en las reivindicaciones por espacios de juego para la infancia y en la organización de actividades culturales. Aquella experiencia amplió su vinculación con los movimientos sociales, mientras continuaba su trabajo en Verdemar y en el MCEP.

A principios de los años ochenta, Rosa participó, junto a otras mujeres como Dolores Herrería, María Ángeles Raba González, Esther García y Arachu Mateo, en el impulso de la Asociación Feminista de Torrelavega. En las reuniones de la Casa de Cultura estudiaban, debatían y preparaban campañas para defender los derechos de las mujeres. Rosa llegó a asumir tareas de coordinación con el movimiento feminista estatal y viajó a Madrid para intercambiar materiales y propuestas. «Lo personal es político», resume. Las dificultades para separarse, la dependencia económica, la desigual distribución de los cuidados y del trabajo doméstico, así como la violencia contra las mujeres, dejaron de tratarse como asuntos privados para convertirse en cuestiones de debate público. Las compañeras ofrecían asesoramiento, acompañaban a otras mujeres a los juzgados y trasladaban sus reivindicaciones a la calle.

Una de sus reivindicaciones fue la puesta en marcha de un servicio de planificación familiar en Torrelavega. Para reclamarlo, un grupo de mujeres se encerró durante un fin de semana en el centro de salud Dobra, en La Inmobiliaria. Exigían información y atención en materia de salud sexual y reproductiva, especialmente para las personas jóvenes. Rosa recuerda que el servicio terminó poniéndose en marcha años después. Otra conquista importante del movimiento feminista local fue la creación del Centro Asesor de la Mujer de Torrelavega, que abrió sus puertas en 1989.

El derecho al aborto ocupó también años de movilizaciones. La reforma de 1985 despenalizó el aborto en tres supuestos, pero las organizaciones feministas reclamaban el derecho de las mujeres a decidir libremente y una atención sanitaria garantizada. Rosa participó en las III Jornadas Feministas Estatales, celebradas en Barcelona del 1 al 3 de noviembre de aquel año, un encuentro que reunió a mujeres de distintos colectivos para debatir sobre sus derechos y reivindicaciones. En 1986, los colectivos cántabros participaron en una campaña que incluyó la realización de un aborto fuera de los supuestos legales y la presentación pública de un vídeo. Después, numerosas mujeres se autoinculparon públicamente para denunciar las limitaciones de la legislación.

El acompañamiento a mujeres que sufrían violencia fue otra parte importante de aquel trabajo. En 1990, la asociación se movilizó en apoyo de Rosa Sañudo, encarcelada por negarse a dejar a su hija de 25 meses a solas con su expareja, denunciada por violencia. Las feministas organizaron protestas y le prestaron asesoramiento y apoyo.

Rosa recuerda también el megáfono, las canciones y los disfraces con los que hacían visibles sus reivindicaciones. «Manolo, la cena te la haces tú solo» era una de las consignas que llevaban a la calle el debate sobre el reparto del trabajo doméstico. Después de las reuniones salían a cenar y a bailar juntas. Disponer de ese tiempo y ocupar el espacio público formaba parte de lo que defendían.

Para Rosa la actividad feminista se cruzó con otras luchas junto a su marido: el apoyo a trabajadores de SNIACE, la defensa de Oyambre, o las campañas contra la OTAN y por la insumisión.

En 1986 también se incorporó al Movimiento Comunista. Tras el conflicto laboral y la represión en Reinosa de 1987, participó en la elaboración de ‘Reinosa contra el miedo’, recogiendo testimonios de trabajadores, mujeres y jóvenes. Entre los recuerdos más importantes que aporta a Legado figura también la estancia en su casa de dos Madres de Plaza de Mayo. Las reuniones y las campañas se prolongaban a menudo en la vida doméstica.

Mientras participaba en aquellas movilizaciones, Rosa continuaba trasladando a las aulas las preguntas que también atravesaban el movimiento feminista. La coeducación se consolidó como uno de los ejes de su práctica docente. No bastaba con que niñas y niños compartieran aula: había que observar quién tomaba la palabra, cómo se distribuían las tareas, qué lugar ocupaban los afectos y qué expectativas se transmitían a cada cual. Junto a sus compañeras y compañeros de Verdemar y del MCEP, Rosa trabajó la educación sentimental, la autonomía y la resolución de conflictos. El Taller de Coeducación del MCEP fue un espacio para compartir y debatir experiencias, algunas de ellas recogidas en el boletín Menta y Canela. En Verdemar desarrolló propuestas como el ‘Libro de vida’, que invitaba al alumnado a investigar su propia historia mediante fotografías, recuerdos y conversaciones familiares, y ‘Soy profe’, donde cada niño o niña preparaba una actividad y la enseñaba al grupo. Aprender significaba también conocerse, expresarse y asumir responsabilidades. En 1995, durante el congreso del MCEP celebrado en Potes, Rosa presentó experiencias de educación sentimental desarrolladas en Primaria e integradas en un proyecto coeducativo, fruto de años de experimentación y reflexión compartida.

Hubo etapas en las que las responsabilidades en Verdemar y los cuidados de su madre redujeron el tiempo que Rosa podía dedicar a su actividad social y política. Tras su jubilación, continuó vinculada al MCEP y a la Asamblea Abierta Feminista de Cantabria. Observa los cambios del movimiento feminista, sus debates y discrepancias, y mantiene su defensa de la autonomía de las mujeres. También reflexiona sobre su propio envejecimiento y los límites que empiezan a acompañarlo: «Yo creo que hay que aceptarlo». Recuerda a su madre, que conservó hasta una edad avanzada el gusto por las amistades y los encuentros familiares. De ella aprendió también una manera de vivir la vejez sin renunciar a lo que proporciona satisfacción.

En 2011, con motivo del Día Internacional de las Mujeres, la Dirección General de la Mujer del Gobierno de Cantabria reconoció su trabajo contra la violencia de género. Su trayectoria y sus experiencias de aula quedaron recogidas en Rosa Pereda. La coeducación en la escuela, publicado en 2023 por Nicolás González Barranco y Enrique Pérez Simón. También participó en Las que lucharon primero, documental de Marta Solano y Burbuja Films sobre la historia del movimiento feminista en Cantabria. En 2024 recibió la I Polka de Oro de la Escuela Oficial de Idiomas de Torrelavega, en reconocimiento a su trayectoria.

El teatro ocupa también un lugar en su vida. Desde los comienzos de Unos Cuantos, agrupación escénica popular nacida en Santander en 2012, comparte escenario con personas de distintas edades y profesiones. Ha participado en La rosaleda, dirigida por Isabel Tejerina, y en propuestas como Cuando el sonajero dejó de sonar, sobre la represión franquista. Además, en la actualidad participa en las clases de teatro de UNATE, La Universidad Permanente. También colabora con Ruta 6, una ONGD de Cabezón de la Sal que financia becas educativas en Nepal, mediante su tienda de segunda mano.

Entre la familia, el teatro y las actividades solidarias, Rosa sigue encontrando motivos para participar en la vida de su comunidad. En Mayores en sociedad, de la Fundación PEM, expresó así su manera de entender la participación: «El hacer, aunque sea poco, es una forma de mantenerte cerca de los problemas sociales». Su recorrido, desde la escuela de niñas de la posguerra hasta las aulas coeducativas y las reivindicaciones feministas, habla de las transformaciones que vivió su generación, pero también de las mujeres que contribuyeron a hacerlas posibles.