Biografía

Historia de vida de Manuel Hoz Alonso

Manuel Hoz Alonso nació el 8 de agosto de 1933 en San Vitores, en el municipio de Medio Cudeyo, en el corazón de la comarca de Trasmiera, un territorio donde durante buena parte del siglo XX la vida se sostenía sobre un equilibrio frágil entre la ganadería, los pequeños cultivos, las canteras, las yeseras y una minería dispersa que marcó profundamente el paisaje humano de la zona.

Sus padres fueron Emilio Hoz Toyos, natural de San Vitores, e Isabel Alonso Alonso, procedente de Medio Cudeyo y con raíces familiares en la provincia de Burgos. Tuvieron doce hijos. Seis nacieron antes de la “guerra entre hermanos” y en medio de la represión que la siguió; los otros seis llegarían después, cuando el padre logró regresar a casa tras varios años de ausencia forzada.

La historia familiar quedó atravesada muy pronto por los acontecimientos de la Guerra de España y la posguerra. Emilio Hoz fue detenido y enviado a un batallón de trabajadores en Gallarta, en la cuenca minera de Vizcaya, donde permaneció siete años. Estos batallones disciplinarios, organizados por el régimen franquista desde 1937, empleaban a miles de prisioneros y represaliados políticos en trabajos de minería, construcción o infraestructuras.  En casa se hablaba poco de ello, pero el peso de aquellos años estaba presente en todo: en la escasez, en la incertidumbre y en la sensación de haber quedado solos demasiado tiempo.

En la casa de San Vitores quedaron una madre sola y seis hijos pequeños, entre ellos Manuel, “Lolín”. El hambre fue entonces parte del paisaje cotidiano que solo se calmaba con el racionamiento de la tienda de Pancho, en Omoño, y con los cultivos de pequeñas parcelas del monte comunal. Sobrevivían con lo poco que podían obtener. La madre trabajaba para la familia Rucabado, vinculada a la explotación del yeso de San Vitores, pero el sueldo apenas alcanzaba para alimentar a los suyos.

Siendo niño, Manuel recuerda cómo recorría solo o con Ángel, uno de sus hermanos al que tenía “por padre y hermano”, los pueblos cercanos —Penagos, El Arenal, Llanos o El Condado— pidiendo algo de comida. Aquellas rutas infantiles de supervivencia terminaban incluso con noches durmiendo al aire libre, bajo carros o en soportales.

La guerra, sin embargo, permanecía envuelta en silencio dentro de la casa. Cuando su padre regresó del batallón de trabajadores, hablaba poco de lo ocurrido. El miedo seguía presente. Años después Manuel lo resume así: “Vi cosas que no son para contarlas.”

Manuel quiere dejarlo claro: los siete años que su familia pasó sin su padre —años que causaron un profundo sufrimiento— nunca fueron devueltos por nadie. “Ni por el tiempo ni por los gobiernos que llegaron después”. Una ausencia que se impuso entonces y cuya carga, dice, todavía continúa.

El invierno de 1941 también quedó grabado en la memoria familiar. Aquel año un fuerte temporal —recordado en Cantabria como el ciclón de febrero del 41, que precedió al gran incendio de Santander— arrancó el tejado de la casa familiar. Durante un tiempo la familia tuvo que trasladarse a vivir al palacio de Rioz, en Sobremazas, propiedad de la familia Rucabado, en la que continuaron residiendo. También quedó el duelo por su hermana, Cuquina, a quien la época de la guerra dejó una salud delicada y a los catorce años falleció a causa de diviesos en la piel.

El paso por la escuela de Manuel fue breve. Asistió a la escuela de Valdecilla, donde destacaba en las cuentas y las matemáticas; aunque, recuerda con humor, lo que él aprendió bien fue “gramática parda y burrología”. Una pelea en la fila del comedor escolar fue el detonante para que abandonara definitivamente las clases. Tenía menos de nueve años. Aquello no era extraño en la Cantabria rural de los años cuarenta: muchos niños dejaban la escuela para empezar a trabajar. “La cultura mía ha sido la vida”.

A partir de ese momento tuvo que —como él mismo dice— “aprender la vida a pulso”. Con apenas nueve años comenzó a trabajar limpiando “boñiga, ubres y pesebres” en una finca de Sobremazas y poco después pasó a servir como criado.

Pasó por distintos pueblos de Trasmiera: Orejo, donde trabajó picando leña; Galizano; Hoz de Anero y Güemes, donde entre los doce y los catorce años pasó tres temporadas trabajando; y Cubas, donde con diecinueve años entró al servicio de quien recuerda como el mejor “amo” que tuvo: el veterinario José Ramón Sarabia, jefe del ferial de Torrelavega, y su madre Carolina.

En todos esos lugares picó leña, cuidó ganado, segó hierba, ordeñó vacas y realizó todo tipo de trabajos del campo. En muchos casos no recibía salario. La compensación era comida y un lugar donde dormir. A menudo descansaba en la cuadra, junto al ganado, en un rincón del establo. El día comenzaba al amanecer y terminaba cuando se recogían los animales.

En Güemes cuidaba vacas y yeguas en el monte Rotejero. Pasaba largas jornadas solo, con una cesta de comida —alubias, patatas y borona de maíz— y la responsabilidad de vigilar el ganado. Fue allí donde lo encontró un tío materno suyo. Manuel había salido de casa siendo todavía un niño y aquel encuentro puso fin a la aventura: lo llevó, sin posibilidad de elección, de vuelta con la familia.

Sus hermanas, como tantas jóvenes de la época, empezaron a trabajar muy pronto. Sirvieron en casas y pequeños negocios de la zona, como el restaurante Casa Enrique, en Solares, o una tienda de la familia Revilla en Liérganes.

Aquellos años también fueron una escuela de saberes rurales: trabajar la madera, fabricar rastrillos, moldear con alambre ramas de acacia, avellano, acebo o fresno, que con el tiempo se convertirían en bastones, y elaborar otras herramientas del campo. Su formación, diría después, fue esa: la vida.

A finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta empezó a recibir pequeños salarios por su trabajo en el campo. A los quince años tuvo sus primeros zapatos.

El trabajo se pagaba poco, pero permitía cierta movilidad: si en una casa pagaban mejor, se cambiaba. Era una economía rural todavía muy basada en la palabra dada y en las relaciones personales.

Uno de los recuerdos que conserva con mayor claridad corresponde a 1950, cuando se trasladó a Pámanes para sustituir a un hermano que estaba realizando el servicio militar en Burgos. Allí trabajó en una explotación vinculada a Marcela Lavín, subiendo cada día hasta Rubalcaba para atender las vacas de una finca de quinientos carros de hierba. Su trabajo consistía en cuidar el ganado, segar, ordeñar y medir la leche destinada a la distribución.

Más tarde pasó a trabajar para Venancia Merquiadis, que tenía cuatro o cinco vacas y le pagaba quince duros al mes. Un día, mientras bajaba con la leche para entregarla al camión de recogida que recorría la ruta hacia La Penilla, el conductor —Pablo Baldor— le preguntó cuánto ganaba. Al oír la cifra le propuso cambiar de casa, en Cubas, donde podría ganar quinientas pesetas al mes. Manuel subió a la finca, avisó de que se marchaba y al día siguiente comenzó el nuevo trabajo. En el campo cántabro de entonces los cambios de casa eran frecuentes: si aparecía un trabajo o un amo que pagaba algo mejor, se marchaba “de ahora para luego”, como se hacía entonces.

En aquellos años de trabajo en Cubas conoció a Laura Ortiz Sainz-Maza, una joven de diecisiete años que vivía en Salcedillo. Era primavera de 1952 y Manuel recuerda aquel instante con una precisión sencilla: antes siquiera de probar la sidra, lo primero que hizo fue mirarla. Aquella imagen quedó fijada en su memoria.

El noviazgo duró dos años de visitas y exigía paciencia y esfuerzo. Subía hacia La Gándara de Soba y desde allí continuaba por los caminos de montaña hacia Las Machorras, hasta llegar a Lunada, donde vivía ella. Aquellos trayectos podían durar varias horas andando. Pero en aquellos años las distancias —y los tiempos— se medían de otra manera.

El 19 de marzo de 1954 comenzó el servicio militar obligatorio en Vitoria, en el cuartel de artillería 46 de Vitoria. Todavía conserva el billete de 5 pesetas que le dieron en El Alta de Santander para el viaje. Llegó a ser cabo de reemplazo, después de superar los exámenes necesarios. El ejército franquista mantenía una disciplina rígida y largas jornadas de instrucción, aunque —reconoce— disfrutó de muchos permisos.

Durante el servicio estuvo en el campamento de Araca con unos sesenta soldados a su cargo. En las maniobras de campo levantaban pequeños refugios de piedra, con un palo o poste en el centro que sostenía la cubierta, construcciones que formaban parte del entrenamiento militar y servían de tiendas de campaña para dormir. Para Manuel fueron dos años “sin sueldo”, tiempo perdido en términos económicos.

Tras regresar del servicio militar, Manuel decidió buscar un trabajo estable para poder casarse. Lo primero que hizo fue encargar el traje de boda a un sastre, pero para pagarlo necesitaba un salario fijo. Su primer empleo llegó en la mina de Ibarburi, en Heras, donde el trabajo se pagaba a destajo: cinco pesetas por tonelada extraída. Entre tres hombres podían sacar en una jornada alrededor de ciento doce toneladas de material. El trabajo era duro, pero se pagaba mejor que el campo.

A partir de entonces comenzó una larga etapa ligada a la minería de la comarca de Trasmiera, una actividad más modesta que la de las grandes cuencas mineras del norte, pero que durante décadas dio trabajo a numerosos vecinos. Manuel pasó por distintas explotaciones: la mina Farmacia, en el entorno del pantano de Heras, donde recogía mineral de los residuos de mina a 5 pesetas la tonelada para Juanito de Bilbao; Elechino; El Sedo, explotada por Duro Felguera y cuyo encargado recuerda como Flores; y la mina de La Concha, en Villanueva de Villaescusa, donde trabajó una temporada. En aquellas minas cargaba mineral, perforaba barrenos y manejaba explosivos, oficios duros que exigían fuerza, destreza y experiencia.

También trabajó en canteras. En Igollo de Camargo abrió junto a un amigo una pequeña explotación que recuerda como la cantera de “Chacarra”, de la que sacaban piedra para obras de la zona. Trabajó igualmente en otra cantera —situada probablemente en Miñón—, de donde se extraía piedra destinada a la construcción de carretera hacia Santander.

Su trayectoria laboral también conoció la yesera de la familia Rucabado, en San Vitores, donde trabajó durante dos años. El ritmo era extenuante: cada jornada podían llegar a sacar y cargar hasta novecientos sacos de yeso de veinticinco kilos. Más tarde continuó en esa misma yesera cuando pasó a manos de nuevos propietarios, Manolo Pontones y Casuso, con un salario de unas cuatrocientas pesetas semanales.

Manuel alternó estos trabajos con otros oficios vinculados a la construcción. Pasó además por la empresa Elsan, dedicada al asfaltado y vinculada a obras públicas en colaboración con compañías como Dragados y Construcciones, donde trabajó en tareas relacionadas con carreteras y movimiento de materiales. Trabajó para el constructor J. Santos, sacando arena y cargando camiones en una sola jornada. Y cuando terminaba el día todavía encontraba ocasiones para ganar unas pesetas más: dos veces por semana cargaba camiones de carbón en Solares para dos carboneros de la zona. También participó en la excavación de pozos de agua en Orejo y en Farmacia, aprovechando su experiencia en trabajos de tierra y barrenos.

A sus 92 años, dice, “las fechas ya no importan demasiado”: en su biografía faltan a veces años exactos y cronologías precisas; los recuerdos aparecen sin calendario, tal como quedaron guardados en la memoria.

La que sí mantiene clara —y que fue el origen de todo su esfuerzo— es la de septiembre de 1956, cuando se casó en Las Machorras, en Espinosa de los Monteros, “con una mano delante y otra detrás”, como él mismo dice. Ella le respondió que iría con él “donde hiciera falta”.

La boda siguió el ritual habitual de la época: las proclamas matrimoniales leídas en la parroquia durante tres meses seguidos, los domingos. La víspera, Laura preparó una comida para once familiares cercanos. Al día siguiente bajaron, se casaron y regresaron a casa. “Ese fue nuestro viaje de novios”, dice Manuel.

Ese año compró un rebaño de ovejas en San Pedro del Romeral, en los montes pasiegos. Y a los días los bajó al monte de Cabárceno, donde continuó con el ganado un año más, hasta venderlo. Laura le siguió a pie embarazada del hijo mayor.

Entre 1957 y 1961 tuvieron dos hijos y una hija y formaron una familia “inmejorable”. Aunque también conocieron pérdidas muy duras: otro hijo murió con dos días y otra hija falleció antes de nacer. Manuel habla de esas heridas que nunca terminan de cicatrizar, con la serenidad de quien ha atravesado muchas etapas de la vida.

Por entonces vivían de alquiler en Sobremazas, donde permanecieron cuatro años, hasta poder levantar su propia casa. Hubo también momentos difíciles, como el asalto que sufrió su vivienda, cuando unos ladrones entraron y mantuvieron a su mujer retenida.

La vida también le puso delante algunas batallas con la salud. La neumonía y la tuberculosis, después de los años de trabajo en la mina, la diabetes y otros achaques fueron dejando su huella. Durante un tiempo incluso la sangre aparecía al toser, pero siguió adelante, como tantos de su generación, acostumbrados a resistir sin hacer demasiado ruido. Siempre recuerda también a los médicos que le salvaron la vida: Zabaleta y Pelayo con su equipo. De aquella etapa conserva una frase que repite con frecuencia: “He vivido muchas vivencias.”

Como padre de familia, dice que nunca tuvo vacaciones. Tras dedicarse durante años a la minería, pasó a trabajar en la construcción. Participó en obras con la empresa de Luciano Larrañaga, en Solares, en una época en la que el desarrollo industrial comenzaba a transformar la región. Era un trabajo físico y exigente: ayudó a levantar los pisos que hoy ve desde la ventana de su habitación, encargándose de los encofrados.

Más tarde prefirió cambiar de trabajo. Durante medio año trabajó también en la construcción de la empresa americana de Gajano, la fábrica de Calatrava. Allí clavaba pivotes en la mar y trabajaban —como él recuerda— “a cuarenta y dos metros de altura”, montando estructuras y conducciones del nuevo complejo industrial que empezaba a levantarse en la bahía. Lo recuerda como el empleo mejor remunerado que tuvo.

Su vida laboral terminó en la fábrica de agua mineral de Solares, donde trabajó durante más de catorce años en diferentes puestos del proceso de embotellado. Las máquinas no se detenían: las botellas pasaban a gran velocidad por las cintas transportadoras y los trabajadores debían mantener un ritmo constante de producción de “novecientas botellas a la hora”.

Fue un trabajo largo y exigente, que con el tiempo terminó afectando a su salud y no fue reconocido como merecía desde el punto de vista legal. Finalmente, tuvo que jubilarse antes de lo previsto.

Hoy, después de 92 años de camino recorrido, Manuel sigue señalando a Laura como una de las grandes columnas de su historia. Llevan más de setenta años juntos y él dice que “no quiere vivir sin ella ni un minuto”. La vida les ha llevado a vivir desde el 21 de mayo de 2025 en la residencia de Solares, donde ambos cuentan con los cuidados que necesitan; un nuevo “viaje de novios” para él. Estar allí tiene un sentido claro: seguir acompañándose ahora que Laura necesita más cuidado que nunca.

Cuando mira atrás, Manuel no se avergüenza de lo que fue ni de lo que hizo. Recuerda al niño que pidió comida por los pueblos y durmió en la calle; al muchacho que empezó a trabajar muy joven hasta ganar quinientas pesetas; al minero, al obrero, al trabajador que aprendió los oficios sobre la marcha.

Pero también recuerda lo que consiguió levantar con ese esfuerzo: trabajo tras trabajo, casa tras casa, hasta ver crecer a sus hijos. Levantó una vida —dice— “para escribir un libro” y una familia de la que se siente profundamente orgulloso. No se detiene en los golpes ni en el cansancio, sino en el resultado: haber sacado adelante y educado a los suyos. Ahí reconoce hoy la medida de su vida.