José Antonio Celis Díaz nació el 10 de junio de 1953, en una España todavía atravesada por la posguerra y plenamente instalada en la dictadura franquista. Su biografía hunde las raíces en Los Corrales de Buelna, en la comarca del Besaya, un territorio definido durante décadas por la industria metalúrgica, la cultura del trabajo fabril y una organización social fuertemente jerarquizada.
Crecer allí, en los años cincuenta y sesenta, implicaba hacerlo bajo una moral conservadora, con roles de género rígidos y con escaso margen para la diferencia. Ese contexto histórico no es un telón de fondo neutro: es una estructura que condiciona silenciosamente la construcción de la identidad.
A los tres años, tras el nacimiento de su hermano, José Antonio fue llevado a vivir con sus abuelos maternos. Permaneció con ellos hasta los nueve años, un tiempo que considera clave en la formación de sus vínculos afectivos. Aunque veía a sus padres a diario, no crecer bajo su mismo techo dejó en él una marca silenciosa. Aquella reorganización afectiva —habitual en familias trabajadoras del entorno industrial— no fue abandono, pero marcó su manera de entender el hogar y la pertenencia.
La familia materna fue el núcleo estructurante de su infancia. Su abuelo, Luis Díaz Díaz, conocido en el entorno como “Vargas”, trabajaba como albañil en el horno de acero de Corrales, un empleo que lo situaba en el corazón mismo de la economía industrial local. Era, según el recuerdo de Celis, un hombre querido, respetado, de carácter afable. Su abuela, Amelia Muñoz, oriunda de Cieza, aparece como una figura de fuerte presencia, sostén doméstico y referencia cotidiana. En ese espacio se configuró una suerte de matriarcado práctico, no ideologizado pero sí real en la distribución de afectos y autoridad cotidiana. Frente a la rama paterna —más distante—, con un abuelo, Gervasio, residente en un pequeño pueblo del entorno de San Vicente de la Barquera y contactos limitados a visitas puntuales, como las celebraciones en torno a la Virgen de las Nieves.
Creció en Los Corrales de Buelna, escuchando desde pequeño los relatos de su abuela Amelia, de su madre y de sus tías sobre represalias, cárcel y exilio interior; el bisabuelo Pedro, republicano, fue uno de los nombres que marcaron ese archivo oral doméstico. La memoria de la guerra no era un capítulo cerrado: era una herencia cotidiana.
La economía familiar se sostenía con una tienda-bar ultramarinos, un negocio similar al que habían tenido sus abuelos en Cieza. En un pueblo donde alrededor del noventa por ciento de la población trabajaba en Nueva Montaña Quijano, quienes no estaban en la fábrica eran agricultores, transportistas o tenderos. Y los tenderos —como él mismo lo formula— eran «los tuertos en el país de los ciegos»: una incipiente burguesía en una España todavía penosa. La tienda daba estabilidad y permitía vivir con cierta holgura, pero también exigía trabajo. Celis colaboró desde pequeño en el negocio familiar. No era excepcional que un niño atendiera el mostrador: formaba parte de la normalidad económica. Y esa normalidad dejó huella. Mientras otros niños jugaban por la tarde, él permanecía en la tienda.
La infancia transcurrió entre el peso de la tradición, un ámbito doméstico sostenido por mujeres fuertes y un entorno fabril profundamente masculinizado. En ese contexto comenzó a percibirse diferente. A esa sensación se sumaron experiencias de abuso tempranas que dejaron una marca en su relación con el cuerpo. No encajaba del todo en el modelo de masculinidad dominante y esa percepción temprana se vivía con discreción. En una España donde la homosexualidad seguía penalizada y estigmatizada, reconocerse como hombre gay implicaba silencio y cautela. No había referentes ni palabras públicas para nombrarlo. La diferencia se atravesaba en soledad.
En materia educativa, su trayectoria refleja la estructura social de la época. En Los Corrales existía un colegio de La Salle, «reservado a los hijos de la empresa» y, por tanto, a quienes pertenecían al núcleo industrial con mayor estabilidad. Él no accedió a ese circuito. Cursó la primaria, a finales de los años cincuenta, en las Escuelas Nacionales —las que su madre llamaba “las laicas” o “las republicanas”—, dentro del sistema reglado del franquismo.
A comienzos de los años sesenta realizó el ingreso y cursó primero, segundo, tercero y cuarto de Bachillerato Elemental, con su correspondiente reválida, en lo que en Corrales se conocía simplemente como “el instituto”: un colegio menor creado por Falange. La disciplina formaba parte del ritual —formación y canto del Cara al sol—, aunque el centro combinaba esa impronta ideológica con huerto escolar, biblioteca, periódico interno y figuras docentes que dejaron huella.
Para completar el Bachillerato Superior se desplazaba diariamente a Torrelavega, saliendo de Corrales a primera hora de la mañana y regresando por la tarde. Ese trayecto cotidiano amplió su horizonte más allá del entorno fabril. En un municipio donde muchos jóvenes abandonaban pronto los estudios para incorporarse a la fábrica, continuar formándose no era lo habitual. El bachillerato —y más aún la universidad— estaba más asociado, como él mismo señala, a “hijos de tenderos” o familias con cierta estabilidad económica. «Los universitarios de mi generación en el pueblo debíamos ser poquísimos», recuerda. Estudiar no era solo una elección individual; era una posibilidad económica e implicaba situarse en un itinerario distinto al mayoritario.
A finales de los años sesenta, en un país que comenzaba a experimentar tensiones entre tradición y modernidad, la lectura y el pensamiento se convirtieron para él en refugio y herramienta. Comprender el mundo era también una forma de comprenderse.
El deseo de ampliar horizontes lo llevó a estudiar Filosofía y Letras en Valladolid en 1971, en los últimos años del franquismo. La experiencia universitaria fue un punto de inflexión. Valladolid representó, en sus palabras, una liberación: excursiones al Pinar de Antequera, discotecas, vida compartida en pisos de estudiantes y, sobre todo, la autonomía. Cuando regresaba a Corrales durante las vacaciones sentía una extrañeza creciente, casi un desajuste: «¿qué pinto yo allí?», recuerda.
La universidad no solo amplió su horizonte intelectual; le permitió mirarse desde fuera. Valladolid ofrecía un ambiente más plural que el de su localidad de origen. Tras la muerte de Franco en 1975, el clima universitario se volvió aún más efervescente: las huelgas interrumpían el calendario académico, los debates políticos ocupaban aulas y pasillos y la democracia comenzaba a imaginarse como posibilidad real. En ese contexto, su identidad encontró mayores márgenes de afirmación. Sin embargo, el proceso no fue lineal: la apertura social avanzaba a ritmos desiguales y la visibilidad LGTBIQ+ seguía siendo frágil.
Tras finalizar sus estudios —a mediados de los años setenta— regresó a Los Corrales de Buelna por una razón estrictamente familiar. Ese mismo año su hermano debía incorporarse al servicio militar.
Él, sin embargo, se libró por miopía severa —catorce dioptrías en cada ojo—. Apenas pasó una noche en el Hospital Militar de Valladolid antes de quedar exento. Recuerda aquella noche como desagradable, pero sobre todo recuerda la sensación posterior: “Liberado. Liberado. Liberado”. En un país donde la mili era todavía el rito que convertía a los niños en hombres, no hacerla también lo situaba en un lugar singular. “Yo no tuve vocación de hacerme hombre”, dice con ironía.
Mientras su hermano partía al servicio militar, él trabajaba en el negocio familiar. Además de la tienda, la familia gestionaba un cebadero de terneros con alrededor de 160 animales. Alguien tenía que hacerse cargo. Y fue él. Durante un año ejerció como ganadero, asumiendo un trabajo físicamente exigente que no deseaba, pero que cumplió por responsabilidad.
Luego comenzó una nueva etapa en Santander con su prima Almudena. A mediados de los años setenta el panorama laboral había cambiado respecto a promociones anteriores: apenas se habían ampliado institutos y quienes salían de Historia encontraban mayores dificultades para incorporarse a la enseñanza pública. Frente a ese escenario incierto, comenzó a trabajar en la Academia Poza (Torrelavega), donde durante cinco cursos preparó al alumnado de Magisterio. Aquella etapa le permitió afianzar método y experiencia docente. Nunca se presentó a oposiciones: consideraba poco ético competir con quienes estaban formándose bajo su guía.
En 1982 pasó al Colegio Tagore de Santander, un centro privado situado en un chalé del Alto Miranda. Permaneció allí hasta 1991. «Era un colegio pequeño, con pocos alumnos por clase, lo que permitía una enseñanza cercana y personalizada». Impartía Lengua e Historia en 6.º, 7.º y 8.º de EGB. El alumnado, que permanecía en el centro desde parvulario, llegaba a sus clases ya conocido por el profesorado, lo que favorecía un clima de continuidad y confianza. De aquella etapa conserva —según sus propias palabras— «un recuerdo imborrable, lleno de cariño».
Su manera de enseñar se alejaba de la memorización mecánica: insistía en el método, en los esquemas y en la estructura del pensamiento. Lo esencial —defendía— no era acumular contenidos, sino aprender a estudiar y a pensar con autonomía.
El cierre del Tagore —debido a la decisión de la propietaria de vender el edificio— marcó un punto de inflexión. Pasó después al colegio Dickens durante dos años, una etapa menos afín a su manera de entender la enseñanza, tras la que decidió cerrar definitivamente su ciclo en la docencia reglada.
Siguieron dos años en situación de desempleo que él resume con una expresión muy suya: «para aprender lo que vale un peine, lamerse las heridas, caer al pozo y buscar la salida del ave Fénix». No lo recuerda como un tiempo vacío, sino como un proceso de descenso y reconstrucción que le obligó a replantearse su rumbo.
La inclinación hacia el trabajo con la madera venía de mucho antes. Ya en Valladolid, durante los años universitarios, había comenzado a intervenir muebles y a experimentar con el ensamblaje. No era todavía un proyecto profesional, sino una necesidad íntima: transformar el espacio habitado, hacerlo propio y, al mismo tiempo, resolver con ingenio la falta de recursos. De regreso a Cantabria, mientras ejercía como docente, mantuvo esa práctica en paralelo.
Además, realizó durante cinco años estudios en una academia de Santander y superó una exigente reválida que le otorgó el título de Diseñador de Interiores por la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Oviedo. Aunque reconoce la dureza de aquella formación, vincula su verdadero aprendizaje a la práctica continuada y al desarrollo del propio criterio estético.
En 1996 abrió en Astillero la tienda–taller A de C (Antonio de Celis), iniciando una nueva etapa profesional en un espacio que combinaba restauración, diseño y clases prácticas. Restaurar muebles implicaba dialogar con el pasado material, comprender técnicas tradicionales y devolver funcionalidad a objetos cargados de memoria. Con el tiempo, la restauración derivó en ensamblaje artístico: la madera dejó de ser solo soporte para convertirse en relato. Bibliotecas que evocan la infancia, columnas construidas con restos, camas que dialogan con la literatura cervantina. La dimensión pública de su obra se consolidó especialmente a partir de la década de 2010.
En abril de 2016 presentó en el Centro Cultural Doctor Madrazo (Santander) la exposición Reflexiones sobre el barroco, vinculada a La Nave de Euterpe, asociación cultural con sede en Bárcena de Pie de Concha en la que participa activamente. En mayo de 2023 regresó al Doctor Madrazo con Colores del alma. Especial relevancia adquiere el proyecto No desaparecen, presentado en la Sala Bretón de Astillero y en el Centro Cultural Doctor Madrazo, una serie de ensamblajes inspirados en Don Quijote de la Mancha, donde objetos desechados y madera reutilizada construyen una lectura visual de la novela. En su trabajo, el resto no es residuo: es posibilidad.
En paralelo, la música ocupó un lugar significativo en su vida. Desde comienzos de los años ochenta comenzó a cantar copla en público bajo el nombre de Toño de Celis, ofreciendo su primer concierto en Santander en esa década. El escenario fue, desde el inicio, algo más que una actividad cultural: un espacio de comunidad y de afirmación de la voz propia. Entre sus actuaciones más recientes destaca Noche de copla, presentada en 2021 en el Museo Etnográfico Casa de las Doñas (Enterrías, Vega de Liébana), acompañado al piano por Marta Gutiérrez Osés.
En 1982 se incorporó a la Coral de Santander, donde permaneció durante catorce años en la cuerda de tenores. El coro, especializado en música barroca, sonaba como los propios ángeles”. Ensayaban y viajaban por España, compartiendo largas horas de convivencia, aprendizaje y también exigencia. De aquella etapa conserva no solo la experiencia musical, sino los vínculos forjados en el tiempo: “cuando nos vemos nos ilumina la luz de un pasado común de conocimiento y experiencias geniales”.
Celis se jubiló a los 65 años en diciembre de 2018. Tras el periodo de confinamiento derivado de la COVID-19 y algunas colaboraciones puntuales —como un taller de cerámica junto a Pilar Blanco Puente— mantiene activo su taller doméstico, y con él la dimensión creativa y social que le ha acompañado toda su biografía.
Si la familia biológica marcó su infancia, los vínculos elegidos han definido su vida adulta. “Prácticamente lo que soy se lo debo a mis amigos”, afirma. Fue a ellos a quienes comenzó a contar aquello que durante años había permanecido en silencio.
Desde hace casi cuarenta años vive en Santiago de Cudeyo con Pilar, en la casa que ambos construyeron. Aquella obra, levantada con esfuerzo compartido, dio forma a una convivencia sostenida en la amistad y el apoyo mutuo, una forma de familia elegida.
Más recientemente, hace doce años, apareció Santiago en su vida. «Es lo más importante que me ha pasado en mucho tiempo», reconoce. Con él encontró no solo pareja, sino una relación vivida sin reservas y asentada en el afecto.
Mirar su recorrido implica situarlo en una transformación histórica más amplia. Nació en una dictadura que penalizaba la diversidad sexual y vive en una sociedad que ha reconocido derechos antes impensables. Ha transitado del silencio impuesto a la posibilidad de narrarse con mayor libertad, aunque advierte que “los tiempos oscuros pueden volver”.
Su trayectoria no es lineal, sino persistente: convertir la sensibilidad en oficio, el pensamiento en práctica cotidiana, la amistad en sostén y los restos del pasado en memoria viva. Es una vida construida sin estridencias, pero sin renuncias.
A la pregunta por el balance de lo vivido, responde con una serenidad no exenta de ironía. Tal vez hubiera hecho algunas cosas de otro modo, pero no cambiaría el lugar en el que está. Se siente bien, «lustroso», como las casas que ha construido o restaurado. Y pide poco más que salud razonable, algo de estabilidad económica —«no es Dios, pero ayuda a hacer milagros»— y la posibilidad de seguir viviendo con la misma intensidad tranquila.




