Biografía

Historia de vida de Piedad González Sainz

Algunas vidas permiten recorrer las transformaciones de un territorio desde dentro. La de Piedad González Sainz (Valle de Villaverde, 1934) atraviesa la guerra, la posguerra rural, la educación de las mujeres durante el franquismo, las escuelas amenazadas por la desaparición y la incorporación femenina a la política municipal. Su trayectoria está profundamente ligada a Villaverde, el enclave cántabro rodeado por municipios vizcaínos donde nació y al que regresó después de sus primeros destinos profesionales. Esa singularidad geográfica condicionó sus estudios, su trabajo y, años más tarde, su responsabilidad pública. 

Piedad creció en una familia humilde, dentro de un pueblo donde casi todas las casas vivían con poco. Al mirar atrás, permanece el afecto: «Yo siempre me he sentido querida por ellos». Aurora, la partera, la ayudó a llegar al mundo un 13 de febrero de 1934 con un saber aprendido «por ciencia natural»; después, como tantas familias del valle, quedó al cuidado de don José, el médico. Fue la mayor de cuatro hermanos. Piedad percibió pronto la desigual libertad de niños y niñas: ellos ocupaban el espacio público; ellas permanecían más vinculadas a la casa. Aunque alguna vez deseó ser chico, acabó eligiendo su propio camino. 

Piedad tenía apenas tres años cuando la guerra alcanzó Villaverde. En la granja avícola de los Mendirichaga, donde trabajaba su padre, se instaló un batallón republicano en retirada, convirtiendo aquel lugar cotidiano en objetivo del bombardeo. El pueblo fue bombardeado por la aviación del ejército franquista. Piedad no siempre puede distinguir entre lo que vio directamente y lo que escuchó contar después, una frontera habitual en los recuerdos de la primera infancia. Sin embargo, conserva el sonido de las bombas y la sensación de que su madre las cogía a ella y a su hermana para llevarlas hacia el río del barrio Henares, lejos de las casas. 

La posguerra aparece en su memoria a través de imágenes dispersas: las cartillas de racionamiento, las cosechas requisadas, el trigo que no llegó a prosperar en el valle y unos panes pequeños que debían repartirse entre las familias. Su infancia transcurrió en una economía rural de subsistencia, sostenida por pequeñas huertas, algunas vacas, gallinas y trabajos vinculados al monte. 

En Villaverde apenas había comercios ni industria. Algunos hombres caminaban de noche hacia las minas de Gordón y La Rasa, alumbrándose con candiles; otros trabajaban en la madera, el carbón vegetal, la agricultura o el ganado. Las mujeres también sostenían la economía familiar: Gloria Sainz Olabarrieta, madre de Piedad, recorría a pie más de 15 km hasta Zalla para vender huevos y pollos, y entregaba leche que quedaba de casa al camión de «los Fernández». Su padre, Manuel González Gomez, se dedicó al transporte con carro con una pareja de bueyes: bajaba madera y carbón desde el monte de La Tejea, un extenso robledal, hasta Mollinedo o hasta algún otro punto accesible. Piedad le llevaba comida. La llegada gradual de los primeros camiones modificó aquella actividad.

No pasaron hambre, pero sí vivieron con mucha escasez. Una naranja convertía cualquier jornada en un día de fiesta, recuerda Pilar. Tampoco había juguetes comprados. Se jugaba al palillo con dos trozos de madera, se dibujaban recorridos en la carretera —entonces casi sin automóviles—, y se hacían pelotas con corcho y lana. Las muñecas de trapo eran uno de los bienes más apreciados. Aquella falta de objetos, recuerda, obligaba a ejercitar la imaginación y a prolongar los juegos. La infancia, sin embargo, convivía pronto con las responsabilidades: después de la escuela había que cuidar las vacas, ayudar en casa o ir a buscar agua, antes de que el abastecimiento llegara a las viviendas (entre las décadas de 1950 y 1960). 

La vida comunitaria se sostenía mediante una intensa reciprocidad vecinal. “Los barrios eran familias”, resume. Las puertas permanecían abiertas y se entraba en casa ajena para pedir pan, un utensilio o cualquier cosa necesaria. Cuando llegaba la época de la hierba o la matanza, las familias se ayudaban unas a otras. No se trataba solo de solidaridad, sino de una organización imprescindible para completar a tiempo labores que una familia difícilmente podía afrontar por sí sola. 

Dentro de aquella realidad, las fiestas rompían el ritmo del trabajo. La celebración principal era Nuestra Señora de la Asunción, el 15 de agosto. Acudían familiares y habitantes de los pueblos próximos. Había misa, música, pasacalles, comida familiar, toros monchinos —criados en los montes— y perros villanos —usados para manejar y gobernar el ganado—, baile y verbena. La banda de Balmaseda recorría el pueblo mientras la gente se asomaba a las ventanas. El Corpus tenía un carácter más solemne y religioso, mientras que los distintos barrios mantenían sus propias celebraciones, como San Antonio en Laiseca y San Pablo en Mollinedo. Décadas más tarde se incorporaron otras costumbres, como el concurso de pucheras, vinculado al antiguo ferrocarril de La Robla y a las cazuelas en las que su personal preparaba la comida durante el viaje. Y se recuperaron antiguos trabajos como patrimonio colectivo: la elaboración tradicional de carbón vegetal en los montes comunales se recuerda cada año en la Feria de la Hoya, declarada Fiesta de Interés Turístico de la Comunidad Autónoma de Cantabria en 2003. 

En las antiguas escuelas de La Matanza —hoy convertidas en Centro Etnográfico del Valle de Villaverde—, Piedad aprendió con doña Hortensia junto a cerca de cuarenta niñas de edades comprendidas entre los seis y los catorce años.  La preparación debió de ser sólida: se presentó directamente al ingreso de bachillerato y aprobó a la primera. Primero llegó a Bilbao como estudiante, para cursar el bachillerato elemental, el superior y, más tarde, Magisterio.

Le gustaba estudiar, pero seguir haciéndolo no dependía únicamente de su voluntad. La familia Mendirichaga, con numerosas propiedades en Villaverde, había creado una fundación que concedía una beca para formar a un sacerdote o a una maestra. No hubo ningún aspirante al sacerdocio y se presentaron tres jóvenes que querían estudiar Magisterio. Para no establecer diferencias entre familias conocidas, las personas responsables decidieron repartir el dinero entre las tres. 

Aquella ayuda abrió una posibilidad, aunque no eliminó el esfuerzo económico: la familia tuvo que completar el coste. Piedad caminaba hasta la estación de Villaverde Trucios y viajaba en tren a Bilbao. Esa línea ferroviaria entre Santander y Bilbao, que atraviesa el municipio, fue durante décadas una de sus principales vías de comunicación. Al comenzar Magisterio, se alojó con familiares y colaboró en la casa con dinero o productos. 

Su formación coincidió con una España que ofrecía a las mujeres un acceso creciente a los estudios, pero que seguía educándolas para el trabajo doméstico. Como estudiante tuvo que pasar por la Sección Femenina en la sede de Bilbao. Allí, entre otros aspectos, le enseñaban “a hacer una cama tan tirante que una naranja pudiera rodar sobre ella” o a preparar la canastilla de un bebé. Mientras se preparaba para ejercer una profesión y ganar autonomía, también recibía una educación destinada a convertirla en la esposa que mantuviera la “casa en orden y al marido satisfecho”. Además, recuerda que al obtener el título, se solicitaron informes sobre ella y su familia al Ayuntamiento, una práctica propia de una dictadura que vigilaba la conducta y la adhesión de quienes accedían a determinados puestos. 

Finalmente, Piedad hizo prácticas en una escuela de la calle San Francisco de Bilbao y obtuvo el título de maestra nacional. Después regresó a las aulas como maestra interina: comenzó en Basauri y pasó dos años en Gorgolas, adonde acudía andando. 

Luego aprobó las oposiciones con el número catorce entre más de un centenar de aspirantes. La buena posición no le permitió elegir un destino cercano. La distribución del nuevo profesorado respondía a las necesidades del Estado y a ella le correspondió Huesca. Para una mujer muy vinculada a Villaverde, aquella marcha no se parecía a sus viajes a Bilbao; llegar al Pirineo oscense era alejarse de verdad. Piedad recuerda que era como ir a Nueva York. La distancia no se medía únicamente en kilómetros, sino en transbordos, horas de viaje y dificultad para comunicarse con la familia. 

Su primer destino aragonés fue Lacort, un pequeño núcleo afectado por las expropiaciones del embalse de Jánovas, donde quedaban pocas familias y apenas nueve escolares. Después fue destinada a Mediano, junto al río Cinca, para enseñar principalmente a hijas e hijos de quienes trabajaban en la presa. En abril de 1969, una tormenta y el deshielo hicieron subir el agua con rapidez. Piedad puso a salvo a su sobrino y regresó para colaborar en el desalojo. Al día siguiente, el pueblo había quedado sumergido y solo sobresalía la torre de la iglesia. Recuerda, sobre todo, el dolor de quienes perdieron sus casas, sus tierras y la memoria ligada a aquel lugar: «No es lo mismo saberlo que realizarlo en ese momento».

Tras la etapa aragonesa regresó a Villaverde. Trabajó durante cuatro años en Santa Cruz de Artzentales, donde se desplazaba en el camión de la leche, pues no había otra comunicación disponible. Después continuó su carrera docente en Balmaseda, primero en las Escuelas de San Juan y más tarde en el colegio público. Permaneció allí durante más de veinte años. Impartió distintos cursos y terminó enseñando matemáticas en la segunda etapa de Educación General Básica. Durante casi treinta y cinco años de enseñanza, Piedad asistió a muchos cambios. De ser «la señorita», tratada con distancia, pasó a compartir las aulas con un alumnado cada vez más cercano. Considera que la educación ha ganado en confianza, aunque recuerda que la proximidad solo resulta valiosa cuando camina junto al respeto. 

Piedad se jubiló a los sesenta años, en 1994, al acogerse a una opción de jubilación voluntaria ofrecida durante la reorganización del sistema educativo. Aquellos cambios coincidieron en el País Vasco con la progresiva incorporación del euskera a la enseñanza.  La decisión no fue inmediata: le gustaba enseñar y habría seguido trabajando. Los primeros meses le costaron; después encontró nuevas formas de emplear el tiempo. A sus espaldas quedaban cerca de treinta y cinco años dedicados a la enseñanza.

Tras jubilarse siguió ocupándose de parte de su familia. Dos de sus sobrinos crecieron a su lado. Hoy comparte también la vida con sus sobrinos-nietos y recibe de aquella familia el cuidado que antes ofreció ella: «Ahora son ellos quienes me cuidan». 

Casi una década antes, en 1983, le propusieron encabezar una candidatura municipal. No se veía a sí misma como una política, pero aceptó con una idea directa: «No veo por qué no, si podemos hacer algo». Ganó las elecciones y se convirtió en la primera alcaldesa de Villaverde. Antes que ella, ninguna mujer había ocupado una concejalía ni la Alcaldía en el municipio, y en el conjunto de Cantabria todavía eran muy pocas.

Gobernar Villaverde significaba administrar recursos muy limitados. El municipio apenas tenía comercios o industria y una de sus principales fuentes de ingresos procedía del aprovechamiento de los montes. Piedad resume el propósito de aquellos años con sencillez: «Ayudar al pueblo, a tu gente» y procurar que las instituciones atendieran sus necesidades.

Durante su etapa municipal, la singular situación geográfica de Villaverde abrió un intenso debate sobre su relación con Vizcaya. En 1986, la corporación solicitó la incorporación del municipio al territorio vizcaíno. Tras el rechazo de la propuesta, Piedad dejó el PSC-PSOE y volvió a presentarse al año siguiente al frente de la Agrupación Unitaria Independiente, que recibió nuevamente el respaldo de la población.

Piedad explica aquella iniciativa desde las necesidades de la vida cotidiana, más que desde una definición identitaria. Villaverde estaba rodeado por municipios vizcaínos y buena parte de su población estudiaba, trabajaba o realizaba allí sus gestiones. Se trataba, en su recuerdo, de acercar servicios y recursos a un pueblo alejado de los centros de decisión. Fueron años difíciles. Con el tiempo, la cooperación entre Cantabria y Vizcaya facilitó algunas cuestiones cotidianas.

En total, Piedad estuvo al frente del Ayuntamiento durante casi tres mandatos y después continuó como concejala de Cultura con el PRC. En total, permaneció vinculada a la corporación durante cerca de treinta y dos años, desde 1983 hasta 2015, sin percibir retribución por su dedicación al Ayuntamiento. Dejó de presentarse después de cumplir los ochenta. Su trayectoria acompañó buena parte de la consolidación democrática y abrió en la política local un espacio que hasta entonces había estado reservado a los hombres. 

Su relación con Villaverde no terminó al dejar la Alcaldía. Piedad se incorporó a la Asociación de Mujeres Rurales, uno de los espacios de encuentro y participación femenina del municipio. Estas redes facilitaron que mujeres residentes en casas dispersas pudieran reunirse, compartir labores de costura y punto, participar en talleres y organizar conjuntamente comidas, gimnasia o actividades manuales. 

La Asociación de Jubilados nació en 2004 de una necesidad parecida. Villaverde no posee un núcleo compacto y hay personas del mismo municipio que pueden pasar mucho tiempo sin verse. Piedad fue elegida vicepresidenta y, tras el fallecimiento del presidente, asumió la presidencia. Las excursiones y, sobre todo, la comida de Navidad crearon ocasiones para reencontrarse.

Hoy el Centro Comunitario La Amistad, antigua Casa del Jubilado, da al pueblo un lugar estable para reunirse. Dinamizado por la Fundación PEM, acoge actividades del Grupo Social UNATE y otras iniciativas comunitarias, entre ellas las promovidas por el Programa Viernes del Gobierno de Cantabria.

Para Piedad, el valor del centro no se limita a las actividades. Allí se aprende, se conversa, se merienda y, sobre todo, se comparte tiempo con otras personas. En un territorio disperso, disponer de ese espacio significa reducir distancias que no siempre se miden en kilómetros.

Durante la pandemia, una caída dio paso a un largo proceso de recuperación con el apoyo de su sobrina. En 2022 regresó a Villaverde, donde fue retomando poco a poco su vida cotidiana y su participación con el centro comunitario.  A los 92 años, Piedad continúa en la casa donde nació. Se siente acompañada por su familia y respetada en el pueblo. Encuentra bienestar en lo próximo: las actividades, una conversación, la posibilidad de seguir decidiendo y el cuidado de quienes antes fueron cuidados por ella. «El resto me dedico a ser feliz».

Cuando mira su recorrido, no elige una etapa como la mejor ni desearía volver sin más al pasado. Echa de menos la cercanía de los barrios, las puertas abiertas y aquella disposición a ayudarse, pero recuerda también la escasez, las desigualdades y los límites impuestos a las mujeres. Tampoco habla de arrepentimiento. Sabe que hoy tomaría algunas decisiones de otra forma, aunque entonces actuó según las circunstancias y lo que consideraba correcto.

Su vida no se resume en un solo acontecimiento, sino en una forma constante de estar presente. Piedad supo aprovechar la oportunidad de estudiar, marcharse cuando el trabajo la llevó lejos y regresar después al lugar del que nunca terminó de irse. Enseñó en pueblos amenazados por la desaparición, abrió camino en un Ayuntamiento hasta entonces ocupado únicamente por hombres y siguió apoyando espacios donde otras personas pudieran encontrarse y sentirse acompañadas. En todas esas etapas permanece un mismo hilo: pensar en los demás y hacerse presente allí donde podía ayudar.