Biografía

Historia de vida de Juan Manuel Gómez Bedoya

La biografía de Juan Manuel Gómez Bedoya comienza cuatro años antes de su nacimiento. En 1934, sus padres, Cayo y Mercedes, abrieron en el centro de Potes un pequeño bar-restaurante con fonda que acabaría siendo conocido como Casa Cayo. Una historia familiar que se ubica en la frontera entre dos épocas: la villa comercial anterior a la Guerra de España y el Potes reconstruido en el que Juan crecería.

Cayo procedía de Villaverde, en Vega de Liébana, y como tantos hombres del norte peninsular que buscaron trabajo al otro lado del Atlántico, emigró a Cuba y permaneció allí varios años. A su hijo pudo contarle cómo trabajaba en un almacén de azúcar y subía por tablones con sacos de cincuenta kilos al hombro. Después regresó, se casó con Mercedes, natural de Cahecho, en Cabezón de Liébana, y ambos bajaron a Potes. Compraron y arreglaron una casona de la calle Cantabria; allí instalaron el negocio, allí nacieron sus hijos y allí quedó unida la vida doméstica a la economía familiar. «Éramos como amigos», dice de su padre. De Mercedes evoca una entrega más silenciosa, repartida entre el trabajo de la casa, la cocina de Casa Cayo y la iglesia. 

Juan Manuel, Manel, nació en Potes el 26 de agosto de 1938. Fue el tercero de cinco hermanos, cuatro varones y una mujer. No conoció a sus abuelos ni a sus bisabuelos; solo oyó algunos relatos sobre la rama materna, de modo que su memoria familiar comienza, sobre todo, con Cayo y Mercedes. En Potes se le conocería más por el nombre de la casa que por el del registro: Manel Cayo. Ese modo de nombrar no es una simple anécdota, es pertenencia, reputación y continuidad entre generaciones.

Manel nació casi un año después de la destrucción de Potes. En la noche del 31 de agosto al 1 de septiembre de 1937, durante la retirada republicana ante el avance de las fuerzas sublevadas, el incendio arrasó alrededor de sesenta edificios, cerca de dos tercios de la villa. No fue, por tanto, una experiencia que pudiera recordar. Le llegó a través de las conversaciones de los mayores: familiares que vieron arder el pueblo, cargaron mantas en un carro y durmieron bajo él junto a las vacas; lamentos pronunciados en voz baja; fotografías en blanco y negro de una fisonomía perdida. La reconstrucción oficial de la posguerra transformó parte de la trama anterior y dejó en la memoria local una fractura entre el Potes de antes y el de después.

Lo que Juan sí vivió fue la prolongación cotidiana de la posguerra. Recuerda la autoridad de la Guardia Civil, los caminos que no se podían recorrer al anochecer y la antigua cárcel de Potes, donde llevó comida a personas detenidas en más de una ocasión. Un muchacho que aprendió pronto que había asuntos de los que convenía apartarse. «Yo de esas cosas huía. No oyes nada más que cosas malas», resume. 

En abril de 1957 aquella violencia se hizo visible. Juan Fernández Ayala, Juanín, uno de los últimos guerrilleros antifranquistas de Cantabria, murió el día 24 y su cuerpo fue llevado al cementerio de Potes. La muerte de Juanín entró en su memoria de manera indirecta: tenía dieciocho años, estaba pastoreando en el paraje de Palos y vio desde lejos una multitud fuera de lo habitual. Solo al regresar a casa supo lo ocurrido. Recuerda que guardias y hombres del monte se mataban entre sí y que alrededor circulaban temor, rumores y opiniones enfrentadas. 

Define su infancia como «muy esclava». La casa se sostenía porque cada actividad ayudaba a las demás: la fonda aportaba ingresos y clientela; el campo, cosechas; el ganado, alimento y venta; las viñas, vino y aguardiente. Mercedes llevaba la cocina y los víveres. Cayo atendía el mostrador, el campo y los animales. La enfermedad de su padre obligó a Juan y a Emilio a crecer deprisa: «Teníamos que hacer de hombres con lo que podíamos». «Era pelea aquello —dice—. Pero vuelvo a repetir: éramos felices».

De la escuela conserva tres lugares —La Serna, el barrio del Sol y la subida a Fuente Dé— y los nombres de don César, don Roberto y don Juan. «Yo muy tonto no estaba», precisa. Pero la casa lo reclamaba con más frecuencia que el aula: «Iba dos días y perdía cinco». Mientras el maestro explicaba, él pensaba dónde estaría su padre, si con las vacas, arando o sembrando. Después aprendía a cuidar los animales, hacer cuentas, trabajar la tierra y atender el pequeño negocio. Su educación tuvo muchos lugares y ningún horario fijo: la necesidad la organizó con más fuerza que el calendario escolar. 

Desde pequeño cuidó caballos, burros, vacas, ovejas y animales criados para el consumo de la casa; en la adultez, llegó a criar cigüeñas. En un paisaje dividido en fincas pequeñas, la vigilancia era continua y una multa del guarda rural podía desequilibrar una economía ajustada. Durante aquellas horas aprendió a trabajar algo la madera: tallaba cachabas y pequeñas piezas mientras observaba el monte, los nidos y el comportamiento de los animales. Su educación fue corporal y sensorial, construida a fuerza de mirar, repetir y hacerse responsable. Por eso se define como «muy terruño»: acompañó a sus padres y miró por lo poco que tenían.

De su experiencia le queda una certeza: «Un universitario tiene mucha carrera y mucha valía. Pero un paisano, todo lo que sabe hacer, también tiene carrera». No enfrenta un saber a otro. Solo recuerda que también se aprende con las manos y con los años: en la viña, la cuadra, la cocina y el mostrador. 

Casa Cayo fue vivienda, fonda, comedor, bar y punto de encuentro. Sus comienzos fueron modestos: «Un mostrador, cuatro vasos de vino…». Sin embargo, Manel recuerda que apenas tenían competencia y que les «sobraba gente». Atendían a vecinos de los valles, profesionales, obreros, comerciantes, tratantes y viajantes. Los lunes de mercado y las ferias llevaban a Potes ganado, productos y noticias; quienes bajaban de los pueblos necesitaban comer, alojarse y encontrarse. La fonda permitía mirar la economía de Liébana desde detrás de un mostrador. 

Allí se hospedaban también hombres procedentes de Alcantarilla, en Murcia, que traían pimentón y recorrían los pueblos con sacos y caballerías. Recuerda asimismo las subastas de madera de los montes y el acarreo con animales antes de la llegada de los camiones.

Casa Cayo no estaba al margen de la economía comarcal: era una de sus estaciones. Por su puerta pasaban mercancías, acentos, relaciones de confianza y formas de trabajo hoy desaparecidas.

El ocio y la devoción tenían también una escala comunitaria. Había un cine de madera al que se acudía los sábados, domingos y fiestas; una bicicleta con un mástil y un tablero recorría los pueblos anunciando la película. Los barrios celebraban sus propias fiestas, mientras San Antonio y San Isidro reunían a ganaderos y labradores. La Santuca salía de Aniezo hacia Santo Toribio y permitía reencontrarse con quienes no se veían durante el año. Manel es un defensor constante de estas celebraciones: «Estas fiestas está muy bien el retomarlas para seguir las tradiciones, y para ello han de implicarse también los jóvenes». Para él no son decorado turístico, sino una forma de mantener unida la comarca.

El servicio militar lo llevó a Burgos. Hizo tres meses de instrucción en Cubillo del Campo, alojado en barracones de madera, y después pasó a Sanidad y al Hospital Militar hasta licenciarse. Era, insiste, «un soldado más», aunque cayó bien al sargento de la instrucción y conserva recuerdos de disciplina, frío y compañerismo. La mili duró, según su cuenta exacta, 23 meses y 19 días, con solo 17 de permiso. Lo que más le pesaba era imaginar la hierba, las viñas y las faenas acumulándose en Potes mientras él permanecía lejos.

En el cuartel, su segundo apellido quedó asociado a los maquis lebaniegos. También recuerda con humor aquellos «manjares» militares que había que tragar sin vino. Al licenciarse volvió «con unas ganas de llegar a comer un plato de patatas coloradas en casa». En su ausencia, la vida que había quedado esperándolo.

Tras la muerte de su padre, Manel asumió Casa Cayo junto a su madre. Más adelante, en 1962, con 24 años, se casó en Santo Toribio con Carmen Dosal Almirante, nacida en Mieses en 1937. Fue, cuenta, su primera y última novia. La celebración continuó con una comida en el restaurante Cabo. Carmen se incorporó a una casa en la que familia y trabajo compartían el mismo espacio. Al relevar progresivamente a Mercedes, sostuvo la cocina, la hospitalidad y una manera familiar de atender que acabaría convirtiéndola en una referencia de la restauración tradicional de Potes. En el recuerdo de la casa aparecen también Balbina y María, ligadas a su vida cotidiana.

Durante décadas, Manel y Carmen trabajaron casi sin vacaciones ni semanas de descanso. Él resume su trayectoria desde el primer gesto aprendido: «Desde que pude lavar los vasos en un caldero». De la hostelería aprendió «a atender lo mejor posible al público y a correr. Y con cara de risa casi siempre, aunque a veces te comías la sangre». Tuvieron tres hijos —Manel, Isabel y Cayo— y siete nietos y nietas. La familia reformó la casa y adaptó los servicios a cada tiempo. En el momento de la entrevista, hacía algo más de un año que se habían cerrado el mostrador y el restaurante; la antigua fonda continuaba como alojamiento. No desaparecía la hospitalidad: cambiaba su forma.

La viña enlaza la niñez de Manel con la continuidad familiar. Cavó, abonó, vendimió y cargó uvas a la espalda; recuerda variedades como la mencía, la garnacha y el godello, además del agua subida desde la fuente para destilar el aguardiente. «Aquí había viñas debajo de la cama», recuerda. No eran solo parte del paisaje: proporcionaban vino, aguardiente e ingresos complementarios a muchas familias. Con el tiempo trabajó fincas en Mesasinpan, Santa Olaja, Bobaliego, Pando y las faldas de la Viorna. Bodega y Destilería Cayo, hoy situada en Mesasinpan, en Frama, prolonga aquella relación con la tierra. Su hijo Juan Manuel Gómez Dosal y una generación más joven, en la que figuran María Gómez y Roberto del Campo Gómez, representan la continuidad de una actividad que combina viñas antiguas, nuevas plantaciones y vinos como Lusía. Cambió la manera de trabajar las viñas y de sostener el negocio, pero no el deseo de dar continuidad a lo heredado. 

La trayectoria de Manel y Carmen ha recibido numerosos reconocimientos. Manel fue nombrado Vinatero de Liébana en 2014; ese mismo año Carmen recibió el Garbanzo de Oro junto a otras mujeres que habían mantenido el cocido lebaniego en la restauración comarcal. Ambos cuentan también con la Placa al Mérito Turístico de Cantabria y fueron distinguidos como Veceros de Liébana 2019, entrega celebrada en 2025. En 2023, la Cofradía de los Cocidos de Cantabria reconoció su defensa de la cocina tradicional y Manel fue condecorado por la Orden del Camino de Santiago durante el Año Jubilar Lebaniego. A estos homenajes se suman los premios obtenidos por los vinos de Bodega Cayo, que pertenecen ya a la continuidad del proyecto familiar. Manel admite que los premios «confortan», pero los recibe como el reconocimiento de un trabajo compartido, consciente de todas las personas que sostuvieron Casa Cayo a su lado. 

En la entrevista, con 88 años recién cumplidos y después de haber cotizado más de cuarenta, Manel observa un Potes casi enteramente edificado y una forma de vida muy distinta. Recuerda un tiempo con más ayuda entre vecinos, cuando el trabajo del campo podía convertirse también en ocasión para reunirse y divertirse. Su memoria no embellece por completo el pasado. Recuerda las privaciones y el cansancio, pero también conserva una advertencia heredada de su padre: «La abundancia no crea más que soberbia». Al mismo tiempo, comprende que sus hijos y nietos no quieran repetir sus horarios ni sus sacrificios. 

Su biografía puede leerse como el paso de una herencia a una transmisión. Recibió una casa, unos oficios, una forma de trabajar y un vínculo profundo con Potes; reconoce a su padre, a Mercedes y a Carmen como parte inseparable de ese recorrido, y observa con orgullo contenido a quienes continúan. «He tenido salud. He gozado de lo que he ejercido y pedir más sería un abuso». Después se pregunta: “¿De qué me quejo yo?”. Su frase final ofrece el cierre de la biografía: “Toda la vida fui feliz. Todo lo que he ejercido me ha gustado. Y eso te conforma”.