Biografía

Historia de vida de Eloy Velázquez Gómez

Buena parte de la trayectoria de Eloy Velázquez Gómez consiste en escuchar y transmitir las historias que la materia guarda. Las vigas, los tablones y los restos encontrados nunca llegan vacíos: conservan las huellas de otras vidas. Ese diálogo empezó pronto.

Eloy Velázquez Gómez nació el 6 de diciembre de 1949 en Belmonte (Asturias), en la casa de su abuela materna, donde su madre, Erundina, había ido a dar a luz siguiendo una costumbre de la época. La inscripción tardía de su padre en el registro situó oficialmente su nacimiento el 18 de diciembre. Su vida quedaría para siempre ligada a Santander.

Eloy estudió en un colegio religioso ya desaparecido, dentro de aquella enseñanza del franquismo que recuerda marcada por la dureza, la obediencia y el nacionalcatolicismo. “Crecimos en el franquismo, bajo la férrea dictadura nacionalcatolicista. La sufrimos, conservamos las cicatrices de una infancia y adolescencia triste, sombría”. Sin embargo, incluso en los contextos más cerrados aparecen grietas por las que entra la luz. En su caso, esa grieta llegó muy pronto: un niño tallando palos con una navaja, modelando la masilla sobrante de los cristales y buscando formas en cualquier material que caía en sus manos. No había antecedentes artísticos en la familia, pero sí una curiosidad insaciable por transformar la materia.

La revelación llegó cuando tenía apenas diez u once años. Una amiga de su hermana envió desde Argentina un libro dedicado a los maestros del expresionismo alemán. En una España donde casi todo se imprimía en blanco y negro, aquellas páginas en color le mostraron que “el arte podía ser maravilloso. Que era un refugio para ser tú mismo, para encontrarte a ti mismo, para ejercer la libertad que no teníamos”. Aprendió que el arte no tenía por qué limitarse a copiar la realidad.

De aquella fascinación nació uno de sus primeros cuadros al óleo y empezó a construirse su mirada. Entre las antigüedades familiares aprendió que los objetos también tienen biografía, una intuición que décadas después reaparecería en su escultura. Su madre, Erundina, desempeñó un papel decisivo. Fue ella quien apoyó aquellas inclinaciones artísticas tempranas, quien le compraba pinturas y quien comprendió que aquella afición no era una ocurrencia pasajera.

A medida que avanzaba la adolescencia, el dibujo y la pintura fueron ocupando cada vez más espacio. Eloy tenía claro que quería ser artista. El siguiente giro llegó a los dieciocho años, cuando consiguió que sus padres le permitieran sacar el pasaporte —un trámite nada sencillo en la España franquista— y viajó a París con Jean Bautiste Denís, un profesor francés de español con el que había entablado cierta amistad.

Llegó en el verano de 1968, poco después del Mayo francés. No vivió directamente el estallido de las revueltas, pero sí su atmósfera: las pintadas, las manifestaciones, los ecos de “prohibido prohibir”, la simpatía hacia la juventud universitaria y una ciudad donde la libertad parecía ocupar la calle. Aquel mismo verano presenció también las manifestaciones provocadas por la invasión soviética de Checoslovaquia, otro golpe de realidad política para un joven que venía de una España que él recuerda “dura, áspera, violenta”. Durante un tiempo quiso quedarse allí, estudiar arte y formar parte de aquel ambiente. Frecuentó talleres libres de dibujo y pintura en la zona de Montmartre, donde, previo pago de una pequeña entrada, podía dibujar modelos desnudos junto a aprendices de artista de distintas nacionalidades. Pero París también exigía sobrevivir. Trabajó primero repartiendo y pegando carteles publicitarios para una inmobiliaria y después como pinche en un restaurante llamado La Paella, junto a la Estación del Este, donde además consiguió alojamiento. Aquellos días dejaron en él no solo un impacto estético y político, sino una idea que atravesaría toda su obra posterior: intentar contribuir, desde el arte y desde la propia vida, a hacer un mundo un poco mejor.

Cuando regresó de la capital francesa, Eloy tenía dieciocho años y una certeza que ya no le abandonaría: quería dedicar su vida al arte. Sin embargo, la realidad de la época imponía otros ritmos. En la Santander de finales de los años sesenta las opciones universitarias eran limitadas: para quienes procedían de Humanidades, solo Magisterio; para el resto, la Escuela de Peritos.

Optó por estudiar Magisterio mientras seguía alimentando su formación artística de manera paralela. Fueron también años de intensa actividad cultural. En Magisterio entró en contacto con Julio Fernandez, los hermanos Gijón, José Ramón San Juan y otros jóvenes inquietos, y se vinculó al grupo Nuevos Juglares. Tocaba la guitarra, la flauta y la armónica, y llegó a escribir sus propias canciones dentro de aquel ambiente de música folk, canción protesta y militancia cultural de los últimos años del franquismo. Era una cultura hecha bajo vigilancia, entre lecturas prohibidas y amistades que en algunos casos terminaron vinculadas al Partido Comunista. Recuerda aquella etapa como una experiencia “maravillosa”, formada por “chavales románticos, revolucionarios”, que dejó en ellos “un poso” para seguir andando por la vida. En aquella Santander de los setenta, espacios como La Llave, de Alfredo Píris, funcionaron también como pequeños territorios de libertad y encuentro.

A principio de los setenta empezó a trabajar en la enseñanza y, al mismo tiempo, se matriculó en Historia del Arte en Valladolid para completar una formación que en Cantabria todavía no podía cursar. Durante esos años empezó a unir dos caminos que ya no se separarían del todo: la creación artística y la educación.

En 1974 se produjo un nuevo giro. Sus padres ampliaron el negocio familiar de antigüedades y pusieron en marcha la Galería de arte Velázquez, comunicada con el negocio de antigüedades. Eloy asumió la dirección del espacio con apenas veinticuatro años. En aquella misma planta tuvo su primer estudio, un cuarto pequeño donde colgaba dibujos y experimentaba con café, lejía y otros materiales domésticos. Aquel taller dentro del negocio familiar dio cuerpo diario a su vocación, aunque la galería terminó obligándole a aparcar temporalmente los estudios en Valladolid. Durante años, la Galería Velázquez fue algo más que una sala de exposiciones: un espacio de charlas, recitales y encuentros con artistas y escritores como Pío Muriedas, J.A. Sandoval, Leopoldo Rodríguez Alcalde, Paco Revuelta o Fernando Abascal, entre otros. En la Santander de aquellos años, abrió un pequeño territorio de libertad cultural.

La Galería Velázquez no solo acogió obras ajenas: en 1979, Eloy presentó allí su primera exposición individual, una treintena de óleos vinculados al mar, la playa y la vida marinera de Cantabria. Durante la década de 1980, su presencia expositiva se hizo cada vez más frecuente en Cantabria, La Rioja, Burgos o Madrid. La crítica lo situó dentro de la llamada Generación de los 80 del arte cántabro, aunque Eloy nunca fue un artista fácil de encasillar: más que seguir una corriente, fue construyendo una voz propia.

En esa etapa pictórica ya aparecen varias constantes que seguirán acompañándolo: la presencia de lo poético y literario, la investigación de las texturas y una mirada crítica hacia la educación sentimental recibida durante el franquismo. Tras las marinas, de fuerte cromatismo y realismo mágico, llegaron las figuras humanas —aquellas “figurotas” de transición— y después una serie de dibujos de temática erótica realizados con café y vino, cuya fuerza no estaba tanto en lo explícito como en la libertad que proponían. En 1985, su exposición en el Museo de Bellas Artes de Santander consolidó esa etapa, donde también aparecían referencias literarias como Federico García Lorca y su Elegía a Juana la Loca.

Durante los años ochenta amplió su formación en grabado. Primero en Madrid, junto a su amigo José María del Valle; después, en 1986, en la Escola de recerca gráfica de Calella, en Barcelona; y más adelante con una beca amplió estudios en Florencia, en la prestigiosa Scuola Internazionale di specializzazione Grafica Il Bisonte. Allí trabajó con Domenico Viggiano y F. Kraczyna, y pudo estudiar de cerca dibujos originales de Miguel Ángel, Leonardo da Vinci o Botticelli.

El grabado le abrió un campo nuevo de investigación: planchas, ácidos, tintas, presión, papeles artesanales y técnicas mixtas. Ese aprendizaje lo llevó a instalar en Santoña un amplio taller en una antigua fábrica de conservas de mil metros cuadrados, donde fabricó papeles de gran formato, tras estudiar las técnicas con Thomas Pupkiewikz, investigando  las posibilidades del papel como soporte.

El grabado le dio también proyección internacional: participó, entre otras muestras, en Grabadores europeos actuales, en Latina (Italia), en 1989, y obtuvo reconocimiento en certámenes como la IV y V Bienal de Grabado Ciudad de Burgos, en 1989 y 1991. En 1993 participó en la espectacular realización de El mayor grabado del mundo, una estampa de doce metros cuadrados estampada al aire libre en el campus de la Universidad de Cantabria, con ayuda de una apisonadora, un proyecto financiado por la UC y Artesantander

En esos años, el papel dejó de ser soporte para convertirse en materia, lo fabricaba, lo endurecía y lo cargaba de pigmentos y restos de objetos, llegando a pesar algunas obras  decenas de kilos. Entre la Galería Sen de Madrid (1991), San Román de Escalante (1992), De la tierra al mar en la Fundación Marcelino Botín (1993) y el Congreso Nacional de la Historia del Papel en Cuenca (1997), el relieve fue ganando cuerpo hasta abrir el camino hacia la escultura. Eloy llegó así al volumen de manera natural, aunque prefiere definirse como artista plástico: alguien que no renuncia a ningún medio si ese medio le permite decir lo que necesita decir.

La investigación sobre el grabado tampoco quedó limitada al taller. En 2003 obtuvo el grado de doctor por la Universidad de Oviedo con la tesis doctoral Cantabria en el grabado y la estampa. Del siglo XVI a la Guerra Civil española, una investigación a la que dedicó siete años y que fue calificada con sobresaliente cum laude. Así, el grabado se convirtió en una bisagra decisiva de su trayectoria: unió al creador, al docente y al investigador, y abrió el camino hacia las técnicas mixtas, el papel de gran formato, los relieves y la escultura.

Sus proyectos comenzaron a construirse como espacios de reflexión donde convivían memoria, historia, literatura, denuncia social y experiencia personal. La materia seguía siendo esencial y servía para interrogar cuestiones universales relacionadas con la violencia, el poder, el exilio, la vigilancia, la fragilidad humana o la guerra.

Miradas perdidas (2004), en el Centro Cultural Caja Cantabria, marcó ese giro definitivo: por primera vez la escultura ocupaba el centro de una gran exposición suya, con personajes construidos a partir de madera, hierro y objetos rescatados de la vida común. Eran figuras nacidas de la calle, de la soledad y de una mirada crítica hacia los márgenes de la sociedad. Después llegaron las grandes instalaciones de compromiso social: Desde el sur del silencio (2011), sobre las migraciones y los derechos humanos. Entre medias, proyectos como Singles & Couples (2012) e Invisible Lines (2015) ampliaron su reflexión sobre la comunicación contemporánea, el cuerpo y los límites de lo visible, además de abrir nuevas investigaciones formales. No Crossing (2016), centrada en las fronteras y el desarraigo, y Las flores de Ares (2019), ampliada y revisitada en 2024, donde la guerra aparece como origen del horror y de los desplazamientos humanos. Para este proyecto rodó imágenes en Belchite, ciudad convertida en ruina tras la Guerra Civil, y montó un video para el que compuso música  Tomás Marco. En los años posteriores, proyectos como Paraíso panóptico (2021), Wonderland (2024) ampliaron esa mirada crítica hacia la vigilancia, la tecnología, las contradicciones del presente y la memoria íntima de la materia.

Para Eloy, una instalación funciona como un todo al que no se le puede quitar nada. Algunas de estas instalaciones están cedidas, depositadas o adquiridas por instituciones como la Universidad de Cantabria, la Fundación Valdecilla o la Consejería de Cultura.

Paralelamente, llevó el grabado al formato del libro de artista, en diálogo con poetas y escritores. De esa línea surgieron Indocumentados (2011); El Cuervo (2012), versión de Isaac Cuende sobre el poema de Edgar Allan Poe; Sex(t)o Sentido (2014), con poemas de Rafael Fombellida; y Entrance (2016), con textos de Guillermo Balbona.

En más de cinco décadas de trayectoria, su obra ha circulado en exposiciones nacionales e internacionales y forma parte de colecciones como la Biblioteca Nacional, la Calcografía Nacional, el Museo de Bellas Artes de Santander, colección Bragales, el Museo de Bellas Artes de La Rioja, la Fundación Marcelino Botín, la Colección Norte del Gobierno de Cantabria o la Fundación La Caixa. Participó en muestras como Pintores Cántabros. Generación del 70 (1980), La figura en el arte actual (1983), ARCO. Grandes Colecciones (2008), Invisible Lines —Santander, Edimburgo y Regensburg, 2015—, Impact 10. Grabadores españoles contemporáneos (2018) u Otras Formas. Arte Iberoamericano Contemporáneo (2023) …etc.

Tras sus primeros años en Lierganés, tuvo distintos destinos, ya en Secundaria, y terminó su carrera docente en el Instituto Santa Clara de Santander, donde impartió Historia del Arte y Volumen al alumnado del Bachillerato de Arte. Allí enseñó y fomentó la libertad creativa y el pensamiento crítico de los futuros estudiantes de Bellas Artes. Desde 2015, uno de sus característicos Troyanos permanece en el hall del IES Santa Clara, como huella de su trayectoria docente y artística.

Desde sus estudios impartió también cursos de grabado, fabricación artesanal de papel y técnicas gráficas para profesorado a través del CEP. Para Eloy, enseñar arte nunca consistió únicamente en transmitir técnicas. «El arte está en la cabeza, no solo en las manos», resume. Muchos de aquellos alumnos son hoy artistas, diseñadores, docentes o profesionales de la cultura, y con algunos mantiene una relación de afecto y reconocimiento mutuo.

Tras décadas de docencia, Eloy se prejubiló a los sesenta años. Estaba a gusto en el Instituto Santa Clara, pero seguía una idea que le gusta recordar de Platón: «El verdadero vivir del hombre es el ocio». No entendido como inactividad, sino como tiempo propio para pensar, crear y trabajar sin horarios.

Hoy trabaja en su estudio de Santander, un bajo con jardín que se convirtió en su segunda casa. Entre la mesa de pensar, la mesa de trabajo y una pequeña nave al fondo, con un limonero como testigo, sigue dialogando con la madera. Conserva también sus cuadernos de cama —ideas, procesos y soluciones técnicas desde los años ochenta— y un archivo ordenado de prensa, catálogos y documentación. Todo ocupa su lugar. Lejos del tópico del artista rodeado de caos, en su taller predominan el orden, la memoria y el tiempo calmo.

Para Eloy, la creación no pertenece a una edad: cambia de ritmo, de herramienta y de materia, pero sigue buscando forma. Por eso continúa recogiendo materiales, observando grietas y dejando que los restos encontrados le indiquen por dónde seguir. También mira el arte cántabro desde la conciencia del relevo. Recuerda a la generación anterior —Esteban de la Foz, Raba, Julio de Pablo, Enrique Gran— como referentes ya desaparecidos. “Ahora nosotros somos los viejos”, dice. Y observa a quienes vienen detrás, muchos de ellos antiguos alumnos. Esa continuidad le permite reconocerse no solo como artista, sino también como transmisor.

Quizá por eso su trayectoria puede leerse como una conversación larga entre materia, memoria y vida. Desde aquel niño que modelaba masilla y tallaba palos con una navaja hasta el artista que hoy sigue recogiendo maderas en la playa, Eloy Velázquez Gómez ha construido una obra donde nada llega vacío. Cada resto conserva una historia. Cada grieta puede convertirse en forma. Cada material, si se sabe escuchar, todavía tiene algo que decir.