Biografía

Historia de vida de Tomás Garmendia León

Tomás Garmendia León nació el 18 de diciembre de 1935 en Guarnizo, localidad del municipio de El Astillero, en la bahía de Santander. Nació pocos meses antes del estallido de la Guerra de España, de modo que su infancia quedó marcada por los años de la posguerra franquista, un tiempo de escasez y precariedad económica.

Guarnizo y Astillero formaban entonces parte de un paisaje industrial en expansión. A lo largo de la ría se concentraban talleres metalúrgicos, pequeñas fundiciones y la actividad naval del astillero. Para un niño de aquella época, el ruido del metal, el humo de las fábricas y el ir y venir de los trabajadores formaban parte del paisaje cotidiano tanto como los prados o las huertas cercanas.

Creció en una familia profundamente marcada por la guerra. Su padre, Juan Tomás Garmendia Lloreda, fue encarcelado al finalizar el conflicto bélico “por motivos políticos”. Según recuerda Tomás, llegó a tener varias penas de muerte que finalmente fueron retiradas gracias a la intervención de Eliseo Azcárate, un empresario influyente de El Astillero para quien su padre había trabajado como chófer. Aun así, pasó diez años en prisión.

Durante ese tiempo, la infancia de Tomás estuvo atravesada por la ausencia del padre. Lo veía una vez al año, el Día de la Merced, festividad de los presos. Las familias acudían a las prisiones y compartían comidas sencillas en encuentros breves y vigilados que, para muchos hogares de la posguerra, eran la única forma de mantener el vínculo.

Mientras tanto, el hogar se sostenía gracias al trabajo de su madre, Asunción León Escajedo, que ejercía como modista. Cosía ropa para otras familias del pueblo y enseñaba el oficio a jóvenes aprendices. En aquellos años, cualquier herramienta de trabajo era esencial para sobrevivir. En uno de los momentos más difíciles de la posguerra le incautaron la máquina de coser con la que mantenía a la familia. Durante un tiempo la dieron por perdida, hasta que uno de los hijos la reconoció abandonada en los sótanos de la escuela. Gracias a la intervención de un vecino del pueblo lograron recuperarla. Cuando su padre recuperó la libertad, tras una década de cárcel, trabajó en los talleres de El Astillero. El retorno no borró los años de ausencia, pero permitió recomponer poco a poco la vida familiar.

En el hogar familiar convivían también un hermanastro, Francisco León Escajedo, y una hermana, María Garmendia León. Una figura especialmente presente en su memoria fue su abuela Florinda Escajedo Casuso, que llegó a vivir hasta los 94 años, algo poco frecuente en aquella generación.

Tomás pasó su infancia en una gran casa familiar de Guarnizo donde permaneció hasta aproximadamente los quince años. Como ocurría con muchos niños de los entornos obreros de la época, su escolarización fue breve. Recibió la enseñanza básica y pronto dejó la escuela para incorporarse al trabajo; la prioridad no era prolongar los estudios, sino ayudar en casa.Y el aprendizaje verdadero se producía a menudo observando a los adultos: en el taller, en el campo o en los muelles.

Juventud obrera: vidriera, Astander y la emigración a Australia (1951–1960)

A comienzos de la década de 1950, con dieciséis años, Tomás inició su vida laboral en la Vidriera de Maliaño, una de las instalaciones industriales más importantes de la bahía de Santander. Allí, entre hornos encendidos y bandejas de cristal, comenzó a aprender el oficio y la disciplina del trabajo fabril.

Las fábricas de vidrio eran espacios duros: altas temperaturas, turnos continuos y tareas exigentes que marcaban el ritmo de los días. Como muchos jóvenes que empezaban, Tomás trabajaba en labores auxiliares vinculadas al orden y revisión del material.

Tras tres años como pinche en la Vidriera, pasó por distintos trabajos en el sector de la construcción y la obra pública, participando en canalizaciones, carreteras y edificaciones. Eran años en los que el régimen franquista impulsaba lentamente la ampliación de infraestructuras y obras públicas en un país que partía con un importante déficit tras el golpe de Estado y la guerra.

Poco después, ingresó en Astilleros de Santander S.A. (Astander), el gran complejo naval de El Astillero, donde trabajó cerca de cuatro años como ayudante de ajustadores, en tareas relacionadas con la fundición y preparación de piezas metálicas destinadas a maquinaria y equipos industriales. En aquellos años, los astilleros eran uno de los principales motores económicos de la comarca. A su alrededor se organizaba buena parte de la vida social del municipio: barrios obreros, talleres, bares de trabajadores y una identidad colectiva vinculada al metal. Para muchos jóvenes, entrar en el astillero significaba estabilidad y futuro.

Sin embargo, Tomás tenía otra inquietud. Como tantos jóvenes de su generación, soñaba con marcharse al extranjero. A mediados de los años cincuenta, con diecinueve años, intentó cruzar la frontera hacia Francia en busca de oportunidades. El intento fracasó por falta de documentación. Fue detenido y trasladado por diversas cárceles del norte de España —entre ellas San Sebastián, Burgos, Palencia y Santander— antes de ser liberado tras un breve periodo de reclusión. Aquella experiencia reflejaba una realidad frecuente en aquellos años: emigrar exigía permisos y documentos que muchos jóvenes no tenían, pero el deseo de marcharse era más fuerte.

En medio de su etapa en los trabajos industriales de la bahía de Santander, Tomás realizó el servicio militar obligatorio en Pamplona, en el campamento del Carrascal. Permaneció allí dos años, destinado a una compañía de armas pesadas donde la artillería todavía se transportaba con mulos. Allí también desempeñó tareas en la cocina del destacamento, preparando el rancho de los soldados. Aquel trabajo le permitió mejorar algo sus condiciones dentro del cuartel y evitar algunas de las tareas más duras. Como recuerda el propio Tomás, los primeros días fueron difíciles, aunque con el paso del tiempo uno terminaba acostumbrándose a la disciplina militar.

En plena etapa del desarrollismo franquista, miles de jóvenes españoles buscaron trabajo fuera del país. En 1956 el régimen creó el Instituto Español de Emigración (IEE), un organismo destinado a organizar y canalizar la salida de trabajadores mediante acuerdos laborales con distintos países. Francia, Suiza, Alemania o Australia se convirtieron así en destinos habituales para quienes buscaban oportunidades fuera de España. El 20 de junio de 1960 Tomás se embarcó en el Monte Udala, un buque de carga y pasajeros de la Naviera Aznar que realizaba viajes de emigrantes españoles hacia Australia. El traslado se enmarcaba en los programas de emigración laboral establecidos entre España y Australia a finales de los años cincuenta —conocidos como Operación Canguro— mediante los cuales miles de trabajadores españoles viajaron al país oceánico con un compromiso laboral mínimo de dos años.

El viaje fue largo. El barco partió del puerto de Santander y realizó escala en Tenerife antes de cruzar el Atlántico Sur y el océano Índico hasta llegar finalmente a Melbourne, uno de los principales puertos de entrada de inmigrantes europeos en Australia.

Tras la llegada, Tomás fue trasladado al Bonegilla Migrant Reception Centre, en el estado de Victoria, uno de los principales centros de recepción de inmigrantes de Australia entre 1947 y 1971, por el que pasaron cientos de miles de europeos. Desde allí las autoridades asignaban a los recién llegados distintos destinos laborales en el país.

Tras esa etapa inicial trabajó en tareas agrícolas, entre ellas el corte de caña de azúcar en Queensland para la empresa que recuerda como Casanova & Sons, uno de los trabajos más duros para los inmigrantes europeos en Australia. Aquellas jornadas bajo el sol, con machete en la mano, marcaron su primera experiencia directa de emigración laboral.

Al cabo de un tiempo decidió marcharse junto a un amigo para probar suerte en otro lugar. Durante dos o tres meses trabajó en una fundición, ayudando a dar vuelta a los moldes y extraer piezas metálicas. Más tarde pasó a una empresa de construcción dedicada a obras de canalización, donde continuó trabajando durante un tiempo.

Sin embargo, Australia no terminó de convencerle y decidió buscar otras opciones. Entonces el mar se abrió camino. En Sydney, uno de los mayores puertos del hemisferio sur, entró en contacto con marineros que trabajaban en buques mercantes internacionales. A partir de ese momento comenzó una etapa decisiva de su vida: la navegación.

Los años en la marina mercante

Tomás embarcó como polizón en un buque mercante cuyo nombre recuerda como Chris”, que navegaba hacia Indonesia transportando mineral de hierro con destino a Japón. Permaneció varios días oculto en la bodega, con algo de agua y chocolate, hasta que fue descubierto por la tripulación. Lejos de ser desembarcado en el primer puerto, terminó incorporándose al barco y pasó a formar parte de la tripulación como marinero.

Durante aquella etapa se produjo un conflicto a bordo entre parte de la tripulación y el mando del barco, relacionado con las condiciones de alimentación. Tras el motín, Tomás y varios compañeros permanecieron retenidos durante cerca de dos meses en Manado, en la isla de Célebes, bajo control militar y durmiendo en colchonetas. Posteriormente fueron trasladados a Yakarta, donde, ante la falta de alojamiento, las autoridades los instalaron provisionalmente en una cárcel, donde pasaron varios días antes de poder continuar viaje.

Entonces logró embarcar como marinero en el Tobón, un buque que realizaba rutas hacia Asia y Japón transportando cemento. Tras aquella travesía volvió a cruzar el Pacífico y terminó desembarcando en Huacho, al norte de Lima (Perú). Desde allí emprendió un largo viaje por tierra. Recorrió más de mil kilómetros en autobuses de línea hasta la frontera con Ecuador, atravesó el país hasta Guayaquil y continuó después hacia Quito, adonde logró llegar gracias a un autobusero escolar que aceptó llevarlos previo pago. Finalmente cruzó a Colombia, donde permaneció cerca de tres meses en Cali junto a su amigo Raúl. Cuando este se marchó a trabajar en la pesca de camarones, Tomás decidió seguir su propio camino y encontró empleo como marinero en un buque que recuerda con el nombre de “Stronghill”, dedicado al transporte internacional de mercancías.

Las rutas de ese barco lo llevaron a numerosos puertos del continente americano: Perú, Colombia, Ecuador, Panamá y Costa Rica, además de escalas en Estados Unidos y Canadá, donde el buque llegó hasta el puerto de Vancouver. Entre las principales mercancías transportadas en aquellas travesías se encontraban café y azúcar, dos de los productos más importantes del comercio marítimo internacional de la época.

En aquellos barcos el trabajo era constante: limpieza de cubierta, mantenimiento del casco, pintura, carga y descarga de mercancías y cualquier tarea necesaria para mantener el buque operativo.

Las condiciones de trabajo en la marina mercante eran muy distintas de las del trabajo industrial en tierra. Al embarcar, los marineros solían entregar su pasaporte al capitán, quedando sometidos a la disciplina del barco durante toda la travesía. Las jornadas eran largas y el esfuerzo físico continuo, pero el mar ofrecía algo que en la España de la época resultaba casi imposible: movilidad, experiencia internacional y un salario relativamente alto.

Tras cerca de un año navegando, Tomás y su amigo Raúl intentaron probar suerte en el Caribe. Llegaron a Aruba y Curazao, pero después de una semana sin encontrar trabajo regresaron a Buenaventura (Colombia), donde lograron embarcar de nuevo en el buque que él recuerda como Stronghill. A bordo de ese barco recorrió numerosos puertos del continente americano además de escalas en Estados Unidos y Canadá.

Con el tiempo el barco fue destinado a rutas europeas y Tomás llegó hasta Francia. Años después resumiría aquella etapa con una frase sencilla: trabajando en barcos había dado la vuelta al mundo.

Tras una escala sin éxito en Hamburgo se desplazó a Oslo, donde embarcó en el Motor Ship (MS) Mars. El barco cargó cemento en la isla sueca de Slite con destino a Martinica y Guadalupe. Después transportó mineral desde Newcastle hacia Noruega y papel desde Suecia hasta el puerto italiano de Savona. El barco continuó navegando por distintas rutas del Atlántico y del norte de Europa, recalando también en puertos del Mediterráneo.

En aquellos meses, Tomás pasó por Italia, Sevilla, Grecia y Yugoslavia, siguiendo las rutas comerciales del buque. Permaneció cerca de nueve meses embarcado en aquel buque.

Tras un mes sin carga, con el barco amarrado en Suecia, varios compañeros decidieron desplazarse una tarde a Copenhague. Allí, después de una disputa, Tomás tomó la decisión de abandonar definitivamente el barco. Tras cuatro años en el mar, regresó a España con la idea de permanecer brevemente pero, como él mismo dice, “destino es imprevisible”.

El mar había sido, en ese sentido, una escuela: no solo de trabajo, sino también de mundo.

El regreso, la vida familiar y la ‘estabilidad’ laboral

De regreso en Cantabria, tras sus años de navegación y trabajo en el extranjero, Tomás comenzó un noviazgo de cuatro años con Concepción Hernández del Campo. En 1968 contrajeron matrimonio en El Astillero, con la celebración en Liérganes. La vida familiar comenzó entonces a asentarse en la misma tierra donde había nacido y crecido, en el entorno de la bahía de Santander.

Dos años después, en 1970, nació su hijo, Tomás. La paternidad fue uno de los momentos más importantes de su vida. Sin embargo, el curso de la familia quedó marcado por una pérdida temprana: su hijo falleció a los quince años, un acontecimiento que dejó una cicatriz profunda en su vida.

En esa nueva etapa en tierra encontró estabilidad en el Banco Santander, donde inició una trayectoria profesional que lo llevaría a desempeñar distintos puestos dentro de la entidad.

Sus primeros años estuvieron vinculados al trabajo comercial y de cobro, una función habitual en la banca española de mediados del siglo XX. Los empleados recorrían los pueblos para gestionar pagos y recibos, manteniendo el contacto directo con pequeños comerciantes y clientes. Tomás comenzó trabajando desde Maliaño, recorriendo, como recuerda, el valle de Camargo —Muriedas, Maliaño, Igollo, Revilla, Camargo o Escobedo— y posteriormente pasó a la zona de El Astillero, atendiendo localidades como Guarnizo, Liaño o Villanueva.

Con el tiempo solicitó el traslado a la oficina principal del Banco Santander en el Paseo Pereda, donde comenzó a trabajar desempeñando labores de caja. Su vida en la banca transcurrió en un periodo históricamente decisivo: los años finales del franquismo, el desarrollismo económico y la posterior Transición. Durante ese tiempo participó en algunas movilizaciones laborales del sector, motivadas principalmente por la mejora salarial. Él mismo lo recuerda con claridad: No éramos muchos, pero fuimos”. Su relato evita la épica política y se centra en lo concreto: el salario, las condiciones de trabajo y la dignidad laboral.

La banca vivía entonces un proceso de modernización y reorganización del sector. Desde su puesto, Tomás fue testigo de cómo el país cambiaba institucionalmente mientras también se transformaban las formas de empleo.

Tras décadas de trabajo en la entidad, en torno a 2003, se prejubiló a los 58 años, cerrando así una trayectoria marcada por una notable capacidad de adaptación a contextos muy distintos: del mundo industrial y obrero de mediados de siglo al ámbito financiero y administrativo de finales del XX. También fue testigo de un proceso de desindustrialización progresiva: del auge de los talleres y fábricas a su declive. Observó cómo la centralidad obrera cedía espacio a nuevas formas de empleo y a otras configuraciones urbanas.

Después de jubilarse, durante unos tres años se dedicó a distribuir cerveza Voll-Damm junto a un cuñado por distintos negocios de hostelería de Solares, El Astillero, Maliaño, La Cavada y Liérganes. Sin embargo, el esfuerzo no compensaba las ganancias y aquella etapa terminó poco después.

Cuando Tomás recuerda su vida, no lo hace con grandes gestos ni con palabras solemnes. Habla de los hechos con la serenidad de quien ha atravesado muchos paisajes distintos.

Su historia comienza en la Cantabria industrial de la posguerra, entre astilleros, talleres y fábricas de vidrio. Continúa con el impulso de salir al mundo que llevó a tantos jóvenes a intentar cruzar fronteras o embarcarse rumbo a lugares desconocidos. Después se abre hacia los océanos, hacia los puertos de América y Asia, hacia una juventud marcada por el trabajo en barcos mercantes y los viajes largos. Más tarde llega el regreso: el trabajo estable, el banco, la vida familiar.

Si algo resume su trayectoria es quizá la capacidad de adaptación. Tomás pertenece a una generación que aprendió pronto que la vida exige moverse, cambiar de oficio, atravesar dificultades y seguir adelante. Cuando mira hacia atrás recuerda los puertos, los viajes y los trabajos que lo llevaron por medio mundo. Pero también sabe que lo importante no es solo lo vivido, sino la manera de afrontarlo. En una de sus reflexiones lo resume con sencillez: nunca tuvo miedo de intentarlo.