Biografía

Historia de vida de Gonzalo Bautista Gómez González

Gonzalo Bautista Gómez González nació el 9 de agosto de 1933 en Villaverde, en el municipio de Vega de Liébana. Fue el menor de los seis hijos de Juan Bautista Gómez Gómez y Rosa González Bulnes: antes que él habían nacido Delfina, Manuel, Alicia, Juan José y Rosa. Su padre era de Villaverde y su madre, según recuerda, procedía de Tollo, de Vega de Liébana. La familia vivía del entorno rural y Gonzalo pasó buena parte de la infancia entre vacas, cabras y ovejas: por ser el pequeño, cuenta, “siempre andaba pastor prácticamente”.

Entre sus primeros recuerdos aparece también una red de relaciones que desbordaba la propia casa. Según recuerda, ante la creencia de que la leche de su madre no era suficiente, el médico Celestino Cueto indicó que lo alimentaran siempre con leche de la misma vaca, fue la perteneciente a la familia Cueto. Gonzalo conserva más de nueve décadas después el nombre del médico y aquella historia.

Tenía tres años cuando comenzó la Guerra de España, de la que dice no conservar prácticamente recuerdos propios. Lo que aparece en su relato procede sobre todo de lo contado en la familia. Recuerda de forma confusa que su padre tuvo algún papel público en el pueblo —llega a decir “alcalde”, aunque él mismo duda del cargo— y habla de un hermano movilizado muy joven al que vincula con el frente del Ebro. Después sí recuerda personalmente el incendio de Santander de 1941 y, ya desde Bilbao, las noticias sobre Juanín y Bedoya.

Fue a la escuela desde párvulos hasta los quince años. Recuerda una escuela mixta, las enciclopedias utilizadas también por sus hermanos, la lectura de fragmentos de Don Quijote e incluso sus primeros intentos de descifrar las letras impresas en una caja de galletas Fontaneda. Conserva asimismo los nombres de varios maestros: doña Celia, doña Carmen, don Roberto y, especialmente, don Arturo, de Peñarrubia, de quien afirma que fue con quien más aprendió. Esa sucesión de nombres deja ver también cierta discontinuidad: Gonzalo recuerda expresamente “una época de vacío de maestro”. Le habría gustado continuar formándose. Él describe a su familia como “más o menos acomodada”, aunque recuerda que no había dinero para costearle estudios posteriores. También tuvo la posibilidad de marcharse con unos religiosos, pero decidió no hacerlo. Su vida acabaría construyéndose alrededor de otra clase de aprendizaje: observar, preguntar y aprender haciendo. 

En 1949, con dieciséis años, dejó Villaverde. Llevaba mil pesetas, ropa y una maleta de madera fabricada por su padre. El motivo inmediato fue Cristina, una muchacha de Barago que se había marchado a Bilbao. Pero la posibilidad real de salir llegó gracias a otra persona del pueblo: Daniel Heras, también de Villaverde, lo recibió en Basurto y ya le había encontrado alojamiento en Rekalde Berri y un primer trabajo como pinche en una obra. Aquella combinación de afectos, conocidos y recomendaciones fue decisiva en sus primeros desplazamientos.

El primer empleo duró poco. Pasó después a trabajos forestales y fue Paco Revuelta, que había sido vaquero en Villaverde, quien volvió a abrirle una puerta. Gonzalo recuerda trabajos con machete, labores en el monte y a una familia que terminó acogiéndolo prácticamente como uno más de la casa. También ayudó posteriormente a que uno de sus hermanos encontrara trabajo.

Durante esta etapa cumplió dos años de servicio militar en Pamplona y pasó también por el campamento de San Gregorio, en Zaragoza. Regresó después a Bilbao y retomó el trabajo. Con el tiempo abandonó el monte y, por una amistad, entró en las gasolineras de Aguinaga, donde permaneció unos dos años. Recuerda el apellido de la familia y a José Aguinaga, y relaciona aquel entorno empresarial con un pequeño taller que habían tenido en Campo Volantín.

A los veintiséis años, hacia 1959, volvió a cambiar de rumbo. Una nueva relación sentimental iniciada por carta y fotografías con Conchita lo acercó a Santander. Allí adquirió una carnicería, una “tabla”, en la Plaza del Este. Y al poco conoció a Teresa —Maritere—, que trabajaba como dependienta para los propietarios de Pastelerías Irún, y con quien acabaría casándose por poderes. La carnicería fue el último negocio que tuvo en Cantabria antes de emprender el viaje que convertiría la emigración en uno de los grandes ejes de su vida.

Su idea inicial era llegar a México, pero las dificultades migratorias lo hicieron optar por Brasil como primera escala. Pagó él mismo el pasaje y dejó la carnicería al cuidado de su hermano Juan José, que acabaría vendiéndola cuando Gonzalo ya estaba en América. En Brasil permaneció aproximadamente tres meses. Recuerda el aterrizaje en Campinas y el traslado hasta São Paulo, donde trabajó en el entorno industrial de São Bernardo do Campo y Santo André, en una empresa vinculada a Volkswagen.

Desde Brasil continuó hacia Venezuela. Su llegada estuvo lejos de responder a una historia inmediata de éxito. Habla de dificultades con los papeles, de deudas y de un periodo de aproximadamente un año y medio en el que prácticamente no obtuvo ingresos mientras aprendía hostelería. Después entró en una contrata familiar vinculada a Orinoco Mining Company. La empresa explotaba los yacimientos de hierro de la zona de Cerro Bolívar y formaba parte del rápido desarrollo industrial que transformó la región de Guayana y Puerto Ordaz desde los años cincuenta. Aquel marco empresarial cambiaría años después, en 1975, cuando la industria del hierro fue nacionalizada y quedaron extinguidas las concesiones de Orinoco Mining Company. Gonzalo recuerda que asumió responsabilidades cuando todavía tenía mucho que aprender y que fue el caporal, con mayor experiencia en el trabajo cotidiano, quien le enseñó buena parte del oficio. 

Durante aquella primera etapa participó con su primo y otros socios en una sociedad que desarrolló diferentes proyectos hoteleros. Gonzalo recuerda un primer establecimiento de unas doscientas habitaciones en Puerto Ordaz, otro hotel de más de trescientas, un apartahotel en la misma zona y, posteriormente, un gran complejo en Puerto La Cruz. En aquellos negocios fue asumiendo responsabilidades de gestión y un papel cada vez más relevante.

Aquella primera estancia venezolana duró, según calcula, alrededor de tres años. En Venezuela nació su primer hijo, Daniel. En la segunda mitad de los años sesenta regresó a España con su familia y se instaló en Madrid; allí nació su segundo hijo, Gonzalo. Durante unos doce años Gonzalo estuvo al frente de la cafetería Gredos, en Aluche, precisamente cuando aquella zona del oeste madrileño estaba creciendo con rapidez y recibiendo población llegada de numerosos lugares de España. La cafetería fue también un lugar de relaciones. En un barrio en construcción donde el teléfono particular todavía no estaba generalizado, el de Gredos terminó teniendo una función que sobrepasaba el negocio. Gonzalo recuerda a quienes acudían buscando un mecánico, un electricista o alguien que necesitara trabajo y cómo él facilitaba contactos. También habla de pequeños préstamos a vecinos que esperaban cobrar a final de mes.

Cuando su matrimonio se rompió, el divorcio todavía no estaba legalizado en España; sería regulado en 1981. Tras la separación regresó a Venezuela e inició una segunda estancia que cifra en unos veinticinco años. Allí conoció a Gladys, con quien compartió buena parte de esa etapa. Esta vez decidió no reincorporarse simplemente al trabajo anterior y emprendió otras actividades. Participó en la compraventa de vehículos de segunda mano y más adelante en iniciativas relacionadas con la compra de oro y diamantes. Fue también socio de un proyecto vinculado al procesamiento de caolín junto a un ingeniero de minas.

Sumadas ambas etapas, Gonzalo calcula que vivió unos veintiocho años en Venezuela. Su segunda estancia coincidió con importantes cambios políticos del país. Recuerda encontrarse en uno de los hoteles el 4 de febrero de 1992, cuando Hugo Chávez encabezó el intento de golpe de Estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez. No recuerda haber vivido aquel día con miedo, pero conserva el “por ahora” con el que Chávez anunció la rendición de los sublevados. Años después, tras la llegada de Chávez a la presidencia en 1999, Gonzalo relaciona aquella nueva etapa política con mayores restricciones para algunas de las actividades que había desarrollado. Venezuela continúa ocupando un lugar central en sus recuerdos y es un país que todavía echa de menos.

A comienzos de los años 2000 se estableció en Alicante, ciudad que ya conocía de Durante uno o dos años participó con un socio en un proyecto de apartamentos en la Albufera. Más tarde conoció a Isabel, una mujer jubilada a la que comenzó ayudando cuando enfermó y a la que cuidó durante seis años. De aquella relación recuerda sobre todo la reciprocidad: “La señora no me falló. Ni yo a ella tampoco”.

En torno a 2024, con 91 años, decidió regresar a Cantabria y se instaló en Potes. Tampoco era un lugar extraño: de joven había bajado allí algunos domingos y su tía Julia, hermana de su madre, tenía un comercio de ultramarinos. Más de siete décadas después de haber salido de Villaverde, volvía a un territorio donde todavía conservaba relaciones familiares y personas conocidas desde la infancia.

Vive en una residencia de mayores en el centro de Potes. Al hablar de Potes y de la historia de Liébana menciona también a don Daniel García González, el sacerdote que en 1948 abrió un preventorio infantil en el Asilo-Hospital de Potes. Al mirar atrás, Gonzalo no organiza su vida únicamente alrededor de los negocios ni de los lugares donde vivió. Al preguntarle cuál fue su época más feliz, elige Bilbao y aquellos años de juventud en los que empezó a ganar su propio dinero, hizo amigos y descubrió una vida fuera del pueblo.

Al hablar de su situación actual, Gonzalo expresa también una decepción. Piensa especialmente en sus hijos y en varios de sus sobrinos, a quienes considera haber ayudado económicamente y haber facilitado oportunidades. Hoy habla de soledad y siente que no siempre ha encontrado la cercanía que esperaba. “Yo he sembrado, pero no he recogido”, resume.

Y cuando se le pregunta de qué está más orgulloso, tampoco menciona hoteles, coches o propiedades. Responde: “De haberme comportado lo mejor posible”. La ayuda a los demás aparece también una y otra vez en su relato: “Yo siempre ayudar, ayudar, ayudar”. Tras una vida que pasó por Villaverde, Bilbao, Pamplona, Santander, São Paulo, Venezuela, Madrid y Alicante, el hilo que él mismo parece reconocer está en las personas: las que le ayudaron a salir, aquellas a las que procuró ayudar y las relaciones que permanecieron —o se perdieron— por el camino.