María Ángeles Raba González nació el 28 de abril de 1950 en Queveda (municipio de Santillana del Mar), comarca de Costa Occidental, en el seno de una familia arraigada al mundo rural y atravesada por la migración y las transformaciones sociales de la posguerra. Llegó al mundo en casa, como era habitual entonces en el marco de esas redes de cuidados comunitarios, asistida por la partera Pelagia Martínez Fernández, figura clave en la atención de partos en la zona y en Santillana.
La memoria familiar de María Ángeles se extiende bien atrás y se encarna en la figura de su bisabuelo materno, Ángel, padre de Dolores Pardo, su abuela. Emigró a Argentina siendo muy joven, con unos diez o doce años, en una trayectoria que remite a los movimientos migratorios cántabros de finales del siglo XIX. Allí, según el relato familiar, encontró apoyo —vinculado, al parecer, a redes masónicas— que le permitió prosperar, aunque también vivió episodios que le obligaron a marcharse. A su regreso a Cantabria, compró fincas en Queveda, algunas de ellas vinculadas a casas donde su familia había trabajado previamente.
La madre de María Ángeles, Angelita González Pardo, nacida en 1925 en Queveda en el seno de una familia ganadera, representa la continuidad de un modelo femenino vinculado al cuidado y al trabajo doméstico, pero también a la resistencia cotidiana y a ciertas formas discretas de autonomía. En su recuerdo aparece como una mujer con una mirada abierta para su tiempo —capaz incluso de moverse en una vespa—, en un contexto donde no era habitual ver a las mujeres ocupar esos espacios de autonomía.
Su padre, Manuel Raba Navamuel, hijo de Cipriana y José, trabajó como camarero durante años en el buque Reina del Mar de la Compañía Trasatlántica Española, con rutas por el Pacífico. No la conoció hasta días después de su nacimiento, cuando regresó para el bautizo. Esa presencia intermitente, propia de los trabajos marítimos de la época, marcó su infancia, en la que cada regreso se convertía en acontecimiento: muñecas, collares u objetos desconocidos en el entorno local llegaban con él, abriendo una ventana al mundo.
Fue la mayor de cuatro hermanos —Inés, Ana y Manuel— y creció en una casa compartida con su madre y sus abuelos, donde la figura paterna, marcada por la distancia, se veía acompañada por la presencia cercana de su abuelo materno, Nicanor González Quintana, a quien ella misma reconoce como una figura muy importante en su vida. Nicanor estaba ligado a la vida ganadera y vendía leche a La SAM; su abuelo paterno, José, trabajó en la industria de Solvay y fue también un hombre con inquietudes intelectuales, dueño de una biblioteca que se convertiría en un espacio simbólico de transmisión cultural dentro de la familia.
Su primera infancia transcurrió en un universo profundamente intergeneracional y próximo a ese hogar. La figura de la abuela Dolores aparece especialmente vinculada al cuidado, acompañándola durante sus enfermedades infantiles, mientras cosía en silencio. Fue una infancia en ese cruce entre tradición rural, relatos familiares y un contexto marcado por la posguerra. Asoma el recuerdo de que en su casa acogieron a personas refugiadas del bando republicano, integrándolas en las tareas agrícolas y domésticas. Su abuelo Nicanor estuvo a punto de ser ejecutado en un “paseíllo”, salvándose por relaciones personales. La guerra, más que un relato político, aparece en su memoria como un clima de miedo, rencillas y supervivencia. La posguerra configuró el horizonte material de su infancia: racionamiento, escasez —aunque sin hambre— y políticas asistenciales como el reparto de leche en polvo y queso en las escuelas.
El primer gran punto de inflexión en su vida llegó a los nueve años, cuando abandonó el pueblo para ingresar, junto a su hermana, como interna en un colegio religioso en Santander, el de Las Mercedarias. La infancia libre, vinculada al espacio familiar y a la escuela del pueblo, se sustituyó por un régimen de normas, silencios y jerarquías. La experiencia del internado no solo implicó adaptación, sino también el inicio de una conciencia crítica: aquello que comienza como obediencia termina transformándose en cuestionamiento.
Durante la adolescencia, ese cuestionamiento se intensificó. María Ángeles empezó a transgredir normas cotidianas —no usar velo en misa, ducharse cuando no estaba permitido— en pequeños gestos de resistencia individual. No fue una rebeldía, sino una forma de estar. La experiencia de la confesión con un sacerdote —vivida como una intromisión en su intimidad— marcó una ruptura con la Iglesia institucional, aunque no con los valores éticos y humanistas que había interiorizado.
A los 16 años, el intercambio con una joven francesa amplió su mirada. Francia apareció como un espacio de contraste: mayor libertad femenina, otra relación con el trabajo familiar, y normas sociales y culturales distintas. Este contacto, sostenido durante tres veranos, le permitió tomar conciencia de las restricciones que atravesaban su propia vida en España, en pleno franquismo.
De regreso, estudió en una academia en Santander, en la calle Hernán Cortés, para formarse como asistente social. Eligió esta profesión movida por una vocación de ayuda y una sensibilidad hacia las personas que ya había desarrollado desde joven, aunque también reconoce una atracción temprana por la arqueología. Su formación en Trabajo Social supuso otro proceso de transformación. En un contexto marcado por la dictadura franquista, entró en contacto con profesorado progresista y con nuevos enfoques en sociología, psicología y educación sexual. Este espacio se fue configurando como un lugar de apertura intelectual y de cuestionamiento, que le permitió ir construyendo una mirada propia sobre lo social.
La entrada en la vida adulta se produjo de manera simultánea y acelerada: trabajo, matrimonio y maternidad en un corto periodo de tiempo. En 1972, tras dos años de noviazgo, se casó y ese mismo año nació su primera hija, Judith. En 1974 fue madre de Ramón, y en 1977, de María.
La maternidad, vivida con intensidad y orgullo, se combinó desde el inicio con su desarrollo profesional, sin sentirse «únicamente ama de casa» y manteniendo siempre un fuerte vínculo con su trabajo. Esta acumulación de roles se sostuvo en redes familiares, especialmente en el apoyo de su abuela.
Su trayectoria profesional se desarrolló en el ámbito del trabajo social —entonces denominado asistencia social—, en concreto en el centro Fernando Arce de educación especial en Torrelavega. Se incorporó en un momento en el que la integración educativa no existía y la educación especial estaba atravesada por enfoques y terminologías hoy superadas. Allí desempeñó una labor mediadora entre familias, alumnado e institución, gestionando conflictos «invisibles» y generando confianza con familias que, en muchos casos, mantenían a sus hijos fuera del sistema educativo.
En definitiva, abrió caminos donde no los había con el fin de favorecer la escolarización, mediar entre instituciones y hogares, y contribuir a construir una mirada más digna hacia las personas con diversidad funcional. Su trayectoria permite leer, en paralelo, la evolución histórica de la educación especial en Cantabria y España: de la invisibilización y el encierro doméstico a la progresiva institucionalización y el reconocimiento de derechos.
Paralelamente, su inquietud política y social se intensificó. Se interesó por la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), pasó por el Sindicato Unitario y posteriormente se afilió a Comisiones Obreras, en un entorno sindical fuertemente masculinizado, donde la presencia de las mujeres y sus espacios propios eran aún muy limitados.
A principios de los años 80 se divorció de mutuo acuerdo, en un contexto en el que la ley del divorcio acababa de aprobarse en España (1981). En paralelo, su experiencia vital se vio atravesada por la toma de conciencia feminista.
En ese recorrido vital también aparece una mirada crítica sobre su vida afectiva, atravesada por una educación emocional propia de su generación y por —según ella— una cierta tendencia a idealizar el amor. Con el tiempo, esa reflexión se ha ido transformando en una forma de situarse desde la autonomía, donde la independencia y el cuidado del propio espacio adquieren un valor central.
La dependencia económica, las limitaciones legales y sociales y la falta de espacios propios para las mujeres actuaron como detonantes en los años 80 para su implicación en el asociacionismo feminista en Torrelavega. Primero se vinculó a la asociación Mujeres del Hogar y Amas de Casa y, en 1980, impulsó junto a otras mujeres —como Rosa Pereda, Dolores Herrería, Esther García o Gloria Ruiz— la Asociación Feminista de Torrelavega, ocupando distintos roles, incluso la presidencia.
Desde ahí llevaron a cabo acciones como la huelga del pan, estudios sobre las necesidades de los barrios, y la creación del centro asesor de las mujeres en 1989. Se implicó activamente en la reivindicación de servicios públicos —guarderías, planificación familiar, espacios urbanos— y en acciones colectivas de información y apoyo que hoy forman parte de la historia del movimiento feminista en Cantabria.
En los años 80 y 90 participó en acciones colectivas como el encierro en un centro de salud de Torrelavega para exigir la creación de un servicio de planificación familiar, así como en movilizaciones en torno al derecho al aborto. En ese contexto, formó parte de iniciativas en las que varias mujeres se autoinculparon públicamente, en un clima de persecución hacia quienes habían participado en abortos, como forma de denuncia y visibilización de una realidad silenciada.
También participó en campañas como la del divorcio, en manifestaciones y celebraciones del 8M y en actos coordinados con movimientos de Madrid y Santander, hasta colaborar con entidades como Espacio Común.
Su trabajo en esta asociación le permitió conocer de cerca la realidad del maltrato y la desigualdad estructural que atravesaba a muchas mujeres de distintas clases sociales y edades: dependencia económica, miedo, aislamiento. Esa experiencia, a la vez transformadora y exigente, reforzó su convicción de que la independencia —económica, emocional y también en autonomía personal— es clave para la igualdad entre hombres y mujeres. A partir de ahí, fue tomando conciencia de una desigualdad que se repetía en muchas vidas y contextos, más allá de lo individual.
Con el paso del tiempo, su vida entró en otra etapa. En 1995 dejó la participación activa en el movimiento feminista para acompañar más de cerca a su hijo y, más adelante, a su nieto. Tras cuarenta años de trabajo, a los 61 años, se prejubiló. Este tránsito hacia el cuidado familiar no supuso una ruptura, sino una reordenación de su tiempo y sus prioridades. Reconoce el valor de la lucha feminista como herramienta de transformación personal y colectiva, pero también la importancia de sostenerse y encontrar equilibrio.
En la actualidad, continúa viviendo en Torrelavega, donde su vida cotidiana se articula en torno a la familia, la participación desde 2021 en espacios como UNATE y el disfrute de actividades como la danza oriental, el pilates, el piano o el dibujo. Comparte tiempo con su nieto Malik, en una vida que ahora se mide en lo cercano: los afectos, los ritmos tranquilos, lo cotidiano.
Al mirar su vida, María Ángeles no lo hace desde la nostalgia, sino desde una conciencia clara de los procesos vividos y de los aprendizajes adquiridos. Su trayectoria no ha sido un camino sin fisuras: también ha atravesado momentos difíciles —separaciones, enfermedades o frustraciones— que forman parte de una experiencia más compleja, lejos de cualquier relato idealizado. En esa mirada, se reconoce una vida sostenida por el cuidado, el compromiso y una forma de situarse ante lo vivido que ella misma resume así: «Tengo la suerte de ser positiva y mirar hacia delante».
Desde ahí, su reflexión en torno al feminismo se sitúa en ese lugar de equilibrio entre lo conquistado y lo pendiente: sabe que se ha avanzado, pero también que la igualdad requiere una vigilancia constante.




